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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Las objeciones se plantearon antes de que ella pudiera pensarlas. Mark no había presentado ningún síntoma de depresión. Tenía su trabajo, sus amigos y su nuevo hogar. Si se hubiera propuesto hacer una cosa así, ella lo habría sabido… Pero lo cierto era que había sospechado esa posibilidad, que muy pronto le había pasado por la mente, cuando él estaba en el hospital, e incluso había vuelto a pensarlo aquella misma mañana.

– ¿Estás segura? ¿No hay nada en los recuerdos implantados de mi hermana que pudiera apuntar hacia impulsos suicidas? De acuerdo. He de creer que no me mentirías en una cosa así. Vamos. Llévame a casa.

Regresaron al coche, y él se acomodó en el asiento del pasajero. Karin puso el motor en marcha.

– Espera un momento -le pidió Mark.

Bajó del vehículo, corrió al destartalado porche y arrancó el letrero de «PROHIBIDO EL PASO». Corrió de nuevo al coche y, una vez dentro, miró fijamente la carretera sin volver la vista atrás.

Karin le llevó a casa, la distancia entre ellos aumentando conforme avanzaban. Ella titubeó de nuevo respecto a la decisión de administrarle la olanzapina. Ahora le gustaba Mark, por lo menos un poco. Mejor aún, a él le gustaba lo que ella había sido. Sabía cómo volvería a ser si se curaba. Quizá Mark estuviera mejor tal como estaba ahora, quizá estar bien significaba algo más que cordura oficial. El Mark de antes seguramente habría dicho lo mismo. Pero, cediendo a la razón, Karin le dijo que necesitaba ver de nuevo al doctor Hayes.

– Han descubierto algo, Mark, un medicamento que podría contribuir a la solución del problema. Te haría sentir un poco más… equilibrado.

– Estar equilibrado sería muy útil en estos momentos. -Pero en realidad no la escuchaba. Estaba mirando a la derecha, hacia el río, el futuro puesto de avanzada natural, el lugar de su accidente-. ¿Salvar a las aves, dices? -Asintió estoicamente ante la absoluta insensatez de la especie humana-. Salvar a las aves y matar a la gente.

Encendió la radio del coche. Estaba sintonizada en una emisora especializada en ecologismo militante que ella escuchaba por el placer de confirmar sus temores más profundos. El presidente había ordenado que medio millón de soldados se vacunaran contra la viruela. Ahora los radioyentes llamaban para dar consejos para protegerse ante la inminente propagación de la enfermedad.

– Guerra biológica -canturreó Mark. Se volvió, con una incomprensión absoluta en el semblante-. Ojalá hubiera nacido sesenta años antes.

Estas palabras desconcertaron a Karin.

– ¿Qué quieres decir, Mark? ¿Por qué?

– Porque de haber nacido sesenta años antes, ahora estaría muerto.

Llegaron a la urbanización River Run y Karin detuvo el vehículo ante la casa.

– Pediré una cita con el doctor Hayes. ¿De acuerdo, Mark? ¿Mark? ¿Me has oído?

Él salió de la neblina que le envolvía, vacilante, el pie derecho fuera del coche.

– Lo que tú digas. Pero hazme un pequeño favor, ¿quieres? Si mi auténtica hermana aparece alguna vez… -Se tamborileó en la frente con dos dedos-. ¿Crees que aún podrás tenerme un poco de afecto?

* * *

«El yo se presenta como completo, volitivo, encarnado, continuo y consciente.» O así lo escribió Weber en Un kilo y pico de infinito. Pero incluso entonces, antes de que supiera nada, sabía cómo fracasaría cada uno de esos requisitos previos.

Completo: el trabajo de Sperry y Gazzaniga con pacientes de comisurotomía partió esa ficción por la mitad. Epilépticos a los que se había cortado el cuerpo calloso, como último recurso para tratar su enfermedad, acabaron por habitar dos hemisferios cerebrales distintos, sin conexión. Dos mentes divididas en el mismo cráneo, la derecha intuitiva y la izquierda modeladora, cada hemisferio utilizando sus propios preceptos, ideas y asociaciones. Weber había observado las personalidades de las dos mitades cerebrales de un sujeto puestas a prueba de manera independiente. La izquierda afirmaba creer en Dios y la derecha se manifestaba atea.

Volitivo: en 1983, Libet demostró la falsedad de esta creencia, incluso en las funciones cerebrales básicas. Pidió a los sujetos que observasen un reloj que contaba microsegundos y, cuando decidieran alzar un dedo, tomaran nota. Entretanto, unos electrodos registraban el potencial de preparación e indicaban la actividad iniciadora del movimiento muscular. La señal empezaba un tercio de segundo antes de la decisión de mover el dedo. El nosotros que efectúa la volición no es el que creemos que somos. Nuestra voluntad era uno de esos personajes secundarios de comedia clásica: el chico de los recados que se cree el director general.

Encarnado: pensemos en la autoscopia y la experiencia extracorporal. Unos neurocientíficos de Ginebra llegaron a la conclusión de que los acontecimientos eran consecuencia de disfunciones paroxísticas cerebrales de la confluencia temporoparietal. Una pequeña corriente eléctrica en el lugar apropiado de la corteza parietal derecha bastaba para hacer flotar a cualquiera hasta el techo y mirar su cuerpo abandonado allá abajo.

Continuo: ese hilo estaba listo para romperse al menor tirón. Desrealización y despersonalización. Ataques de ansiedad y conversiones religiosas. El error en la identificación, el continuo de fenómenos similares al síndrome de Capgras, unos fenómenos que Weber había presenciado durante toda su vida sin percatarse del todo. El amor eterno revocado. Filosofías de vida abandonadas con indignación. El pianista al que entrevistó y que se había despertado una mañana tras una prolongada enfermedad, sin una patología discernible, todavía en condiciones de tocar, pero incapaz de sentir la música ni mostrar interés por ella…

Consciente: allí estaba su mujer, dormida en la cama a su lado.

Esto era lo que pensaba mientras permanecía despierto al amanecer, escuchando la amplia gama de melodiosos trinos de un sinsonte: en cuanto al yo, tal como el yo se describe a sí mismo, nadie tenía tal cosa. Mentir, negar, reprimir, confabular (como síntoma de alienación): estas eran las patologías. Eran la marca de la conciencia que trataba de mantenerse intacta. ¿Qué era la verdad comparada con la supervivencia? Flotante o roto o dividido o un tercio de segundo rezagado, algo insistía aún: Yo. El agua cambiaba siempre, pero el río permanecía inmóvil.

El yo era una pintura trazada sobre esa superficie líquida. Un pensamiento enviaba un potencial de acción a lo largo de un axón. Un poco de glutamato saltaba la brecha, encontraba un receptor en la dendrita diana y desencadenaba un potencial de acción en la segunda célula. Pero entonces se producía el auténtico «encendido»: el potencial de acción en la célula receptora lanzaba un bloque de magnesio desde otra clase de receptor, el calcio penetraba y se desencadenaba el infierno químico. Los genes se activaban, produciendo nuevas proteínas, que fluían de regreso a la sinapsis y la remodelaban. Y eso constituía un nuevo recuerdo, el cañón por el que fluía el pensamiento. Espíritu a partir de la materia. Cada estallido de luz, cada sonido, cada coincidencia, cada trayectoria al azar por el espacio cambiaba al cerebro, alterando las sinapsis, incluso añadiendo algunas, mientras que otras se debilitaban o decaían por falta de actividad. El cerebro era una serie de cambios para reflejar el cambio. Utilizar o perder. Utilizar y perder. Uno elegía, y la elección le deshacía.

Con la ciencia sucedía lo mismo que con las sinapsis. En la década de 1970, cuando se descubrió la potenciación, en el transcurso de cinco años aparecieron como una docena de artículos sobre el tema. En el lustro siguiente, casi un centenar. Se encienden juntas, se conectan mutuamente. A comienzos de los años noventa, un millar de trabajos o más. En la actualidad más del doble de esa cifra, y cada cinco años se duplican. Más artículos de los que cualquier investigador sería capaz de integrar. La ciencia podía campar a sus anchas, con la sinapsis expuesta a la luz pública. La sinapsis ya era ciencia. La máquina más pequeña que quepa imaginar para comparar y conjuntar. Condicionamiento clásico y operante, escrito en sustancias químicas, capaz de aprender cuanto hay en el mundo y hacer que surja un tú por encima de todo ello.

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