Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Hubo quien argumentó que cuando los chicos robaron el cepillo de la tienda de todo a cien en Barriers eran plenamente conscientes de lo que iban a hacer con él. Pero, en mi opinión, sugerir que lo habían razonado y pensado va más allá de lo que eran capaces. No niego que quizá mi resistencia a creer en tal grado de premeditación se debe a una tendencia personal de rehusar que en la cabeza y el corazón de niños de diez y once años pueda darse ese potencial de pura maldad. Tampoco negaré que prefiero creer que el uso del cepillo se debió a un acto impulsivo. Lo que sí comparto es que el hecho de haberlo usado explica muchas cosas sobre los chicos: aquellos que abusan y violan han sufrido abusos y violaciones en el pasado, no una vez, sino repetidamente.
Cuando el cepillo salió a la luz en los interrogatorios, ninguno de los chicos se atrevió a hablar sobre el tema. Escuchando las grabaciones, sus reacciones varían: desde Ian, que afirma que en la vida había visto ese cepillo, a la impostura de inocencia de Reggie cuando decía «Mickey lo debió de haber robado de esa tienda, pero no lo sé, yo no sé… Nunca cogería un cepillo, mami. Tienes que creer que nunca cogería un cepillo», o a la de Michaeclass="underline" «No teníamos un cepillo, no teníamos un cepillo, no lo teníamos, no lo teníamos», en lo que parece un ataque de pánico ligado a cada negación. Cuando a Michael se le dice suavemente que «sabes que uno de vosotros cogió el cepillo, hijo», asegura que «Reggie pudo ser, quizá, pero no lo vi» o «no sé lo que pasó con el cepillo, no lo sé».
Sólo cuando se habla de la presencia del cepillo en la zona de Dawkins (junto a las huellas en él, sumado a la sangre y a los restos fecales en su mango), las reacciones de los chicos se intensifican. Michael comienza con un «yo nunca… Te dije y dije que yo nunca… Yo nunca cogí un cepillo… no había cepillos», y continúa con un «fue Reggie quien le hizo eso al bebé… Reggie quería… Ian lo cogió de sus manos…, les dije que pararan y Reggie lo hizo». Reggie, por su parte, dirige todos sus comentarios a su madre, diciendo: «Mamá, yo nunca… haría daño a un bebé. A lo mejor le pegamos una vez, pero nunca… Le quité el mono que llevaba puesto porque estaba todo asqueroso, y por eso… Estaba llorando. Mamá, estaba llorando, sabía que no había que pegarle si estaba llorando». Durante su testimonio, Rudy Arnold está callado, pero se puede oír a Laura, entre lamentos, quejarse: «Reggie, Reggie, ¿qué nos has hecho?», mientras la asistente social, calmada, le ofrece un vaso de agua, quizá para tratar de hacerla callar. En lo que se refiere a Ian, finalmente se pone a llorar cuando se le señala el alcance de las heridas de John Dresser. Junto a él, se pueden escuchar los lamentos de su abuela: «Jesús, sálvalo. Señor, sálvalo». Eso hace pensar que la mujer acepta la culpabilidad del chico.
Es en este momento de la aparición del cepillo en los interrogatorios (tres días después de que se encontrara el cuerpo del pequeño) cuando los chicos confiesan plenamente el crimen. Uno de los horrores que se suman al asesinato de John Dresser es que cuando confiesan el espantoso crimen, sólo uno de ellos tiene a su padre presente. Rudy Arnold estaba sentado junto a su hijo. Ian Barker sólo tenía a su abuela, y Michael Spargo estaba acompañado únicamente por una asistente social.
Capítulo 23
Quienquiera que hubiera matado a Jemima Hastings, en el momento del asesinato vestía una camisa amarilla. Lynley se enteró del detalle de la prenda mientras regresaba a New Scotland Yard, donde el equipo ya estaba reunido en la sala de juntas. Allí, una foto de la camisa, que se encontraba en manos del equipo forense, coronaba uno de los tableros.
Lynley se fijó en que Barbara Havers y Winston Nkata acababan de llegar de New Forest y también en la expresión de la mujer, que decía claramente que no le hacía ninguna gracia haber sido requerida de nuevo en Londres, fuera por la camisa amarilla manchada de sangre o por cualquier otra cuestión. Se aguantaba las ganas de decir cuatro cosas, o más bien, las ganas de discutir con la actual superintendente. Nkata, por su parte, parecía bastante conforme al respecto, tratando de hacer lo más fácil posible la situación, algo que desde siempre formaba parte de su carácter. Se sentó en la parte de atrás de la sala y sorbió algo de un vaso de plástico. Le hizo un gesto con la cabeza a Lynley y se giró hacia Havers. Como Lynley, sabía que ella se moría de ganas de hacer lo contrario de lo que Isabelle Ardery le encargara.
– … todavía inconsciente -estaba explicando Ardery-. Pero el cirujano nos ha indicado que mañana ya estará consciente. Cuando suceda, es nuestro. -Eso hizo que Lynley se metiera en situación-: La camisa estaba aplastada en el cubo Oxfam. Tiene una mancha de sangre considerable en la parte delantera, en el lado derecho, y en la manga y puño derecho. Se encuentra en el Departamento Forense, pero, por el momento, partimos de la idea de que la sangre es de la víctima, ¿de acuerdo? -No esperó a la respuesta de Lynley-. Bien. Vamos a ordenar un poco los datos. Tenemos dos pelos de una persona de origen oriental en la mano de la víctima, no hay heridas de defensa, la carótida está rasgada y un tipo japonés con el arma del crimen y con sangre de Jemima en su ropa. ¿Tienes algo nuevo que añadir, Thomas?
Lynley resumió lo que le había explicado Yolanda. También la información que le dio Abott Langer, el barman Heinrich y Frazer Chaplin. Sabía que iba a poner en tela de juicio la tesis de Isabelle, pero no había más salida. Lynley concluyó su intervención diciendo, mientras miraba a la enorme foto de la camisa:
– Creo que tenemos a dos individuos que estuvieron en contacto con Jemima en el cementerio Abney Park, jefa. En el armario de Matsumoto no había ninguna prenda que se pareciera a esa camisa. Suele vestir de blanco y negro, no de colores, y aunque ése no fuera el caso, lo que llevaba ese día, un esmoquin, también estaba manchado de su sangre, como acabas de decir. Es imposible que vistiera un esmoquin y la camisa amarilla. Así que, con esta otra prenda manchada y el hecho de que Jemima fuera al cementerio a hablar con un hombre nos encontramos con que tenemos a dos tipos en vez de uno.
– Es lo que me había imaginado -soltó rápidamente Barbara Havers-. Así que, jefa, habernos hecho venir a Winnie y a mí a Londres…
– Uno de ellos mató a Jemima y el otro… ¿qué hizo? -preguntó John Stewart.
– Vigilarla, sospecho -señaló Lynley-. Algo en lo que Matsumoto, que se creía su ángel de la guarda, falló miserablemente.
– Para un momento, Thomas -dijo Ardery.