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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Como apenas conocía Londres, no tenía ni idea de adónde iban mientras se dirigían hacia el suroeste junto al río. Sólo cuando vio la esfera dorada del lejano obelisco supo que estaban llegando al Royal Hospital, con lo que se suponía que estaban en Chelsea. Se fijó en que los amplios parques de césped de Ranelagh Gardens, secos a causa del tiempo, aunque hasta allí se habían acercado algunos valientes: a esa hora de la tarde estaba a punto de comenzar un partido de fútbol.

Justo al pasar los jardines, Lynley giró a la derecha. Continuó por la calle Oakley y giró esta vez a la izquierda, y de nuevo a la izquierda. Estaban oficialmente en el barrio de Chelsea, conocido por sus altos edificios de ladrillos rojos, sus rejas de hierro forjado y sus espesos árboles. Lynley le indicó un sitio libre para que aparcara su coche y esperó a que encajara el automóvil. Vio de nuevo el río cercano, también un pub, al lado de donde él había aparcado. Le dijo que sería un minuto y entró. Tenía un trato con el dueño, le explicó al regresar. Cuando no había un sitio libre donde dejar el coche en Cheyne Row, algo que era usual, lo aparcaba delante del pub, y el barman le guardaba las llaves.

– Es por ahí -le dijo, y fueron hacia una de las casas, la que se encontraba en la esquina de Cheyne Row y Losdship Place.

Pensaba que el edificio, como muchos otros, había sido dividido, porque no se imaginaba que alguien pudiera ser dueño de toda esa carísima propiedad en esa zona de la ciudad de Londres. Pero se dio cuenta de que estaba equivocada al llegar a la puerta de entrada, y cuando Lynley llamó al timbre, un perro soltó varios ladridos y se calmó con la profunda voz de un hombre que le dijo: «¡Ya es suficiente! Siempre piensas que tratan de invadirnos», mientras abría la puerta. Vio que el perro corrió hacia Lynley, un dachsund de pelo largo que más que atacarle se le enrolló en las piernas, como si quisiera llamar su atención.

– Vigile con Peach -le dijo el hombre a Isabelle-. Quiere comida. De hecho, siempre y únicamente quiere comida. Y con un gesto a Lynley, siguió:

– Señor Asherton -soltó mascullando, como si Lynley prefiriese que le llamara de otra manera, pero no quisiera ser menos formal con él-. Estaba preparando unos gin tonics. ¿Quieren uno? -dijo con una sonrisa, mientras aguantaba con la puerta abierta.

– Planeando confundirlos, ¿no? -le preguntó Lynley mientras le indicaba a Isabelle que fuera adentro delante de él.

El hombre se rió.

– Supongo que los milagros existen -contestó antes de saludar con un «es un placer, superintendente», cuando Lynley le presentó a Isabelle.

Se llamaba Joseph Cotter. No parecía ser un criado, pese a que preparaba las bebidas de otra persona, pero tampoco parecía ser el principal ocupante de la casa. Era alguien a quien aparentemente se «encontrarían en el piso superior», como señaló Joseph Cotter. Fue hacia una habitación que se encontraba en el lado izquierdo de la casa.

– ¿Gin tonic, entonces, señor? -le dijo por encima de su hombro-. ¿Superintendente?

Lynley dijo que se tomaría uno encantado. Isabelle lo rechazó.

– Pero un vaso de agua sería estupendo -contestó.

– Ahora se lo traigo -le dijo.

El dachshund había estado olisqueándoles los pies, como si esperara que en sus zapatos hubieran traído algo comestible. Isabelle podía oír sus pezuñas contra los peldaños de madera mientras iba subiendo por las escaleras de la casa.

Ellos hicieron lo mismo. Se preguntó dónde demonios estaban yendo y qué quería decir Cotter cuando los invitó a ir arriba. Subieron planta por planta, cada una cubierta con negros paneles que tapaban las paredes de color crema donde colgaban docenas de fotografías en blanco y negro, muchas de ellas retratos, aunque también había algunos e interesantes paisajes dispersos entre ellos. En el último piso de la casa -Isabelle se había perdido contando los tramos que habían subido- sólo había dos habitaciones, sin pasillo, aunque allí se veían muchas más fotos y en esa parte de la casa colgaban incluso del techo. Parecía que estuvieran en un museo fotográfico.

– ¿Deborah? ¿Simon? -gritó Lynley.

– ¿Tommy? ¡Hola! -repuso una voz de mujer.

– Aquí, Tommy -dijo una voz masculina-. Vigila con el charco de allí, querida.

– Deja que lo vea, Simon -contestó la otra voz-. Lo único que conseguirás es liarlo todo más.

Isabelle entró en la habitación delante de Lynley, que estaba iluminada principalmente por un enorme tragaluz que ocupaba gran parte del techo. Debajo, una mujer pelirroja estaba arrodillada recogiendo agua.

Su compañero, de cara demacrada, estaba sentado al lado, con unas cuantas toallas en la mano. Se las pasó a ella y le dijo:

– Dos más y creo que ya estará limpio. Dios, menudo desastre.

Podría haberlo dicho también de la propia habitación, que parecía la guarida de un científico loco, con las mesas de trabajo llenas de archivos y con los documentos esparcidos a causa de los dos ventiladores situados en las ventanas de la habitación, con los que intentaban sin éxito mitigar el calor. La habitación estaba cubierta de estanterías donde se agolpaban diarios y volúmenes, archivadores, tubos y vasos y pipetas; había tres ordenadores, pizarras, aparatos de vídeo, monitores de televisión. Isabelle no podía creer que alguien pudiera trabajar en ese lugar.

Tampoco, aparentemente, Lynley, que tras echar un vistazo a la habitación dijo:

– ¡Ah!

Intercambió una mirada con el hombre, al que le presentó como Simon Saint James. La mujer era la esposa de Saint James, Deborah, e Isabelle reconoció su nombre porque ella había sido quien sacó la fotografía de Jemima Hastings. También reconoció a Saint James. Había sido durante mucho tiempo un experto testigo, evaluador de los datos forenses que tanto trabajaba para la defensa como para la fiscalía cuando se juzgaba algún caso de homicidio. Pudo adivinar por su trato que Lynley los conocía muy bien y se preguntó por qué quería que ella los conociera.

– Sí, como puedes ver -le dijo Saint James a Lynley en respuesta a esa expresión de sorpresa. Usó un tono distintivo, como si se dijeran entre ellos algo sobre el estado de la habitación.

Más allá del despacho, una segunda puerta conducía a una oscura habitación, de allí venía el agua.

– Arreglado -señaló Deborah Saint James cuando acabó de fregar. Había tirado casi cinco litros de líquido-. Una nunca tiene que fregar cuando el recipiente está casi vacío, ¿te das cuenta? -señaló.

Tras acabar con ello, se puso de pie y dejó caer su cabello hacia atrás. Del bolsillo del peto que vestía (era de lino, color verde oliva, algo arrugado y lo llevaba de un modo que en otra mujer habría quedado ridículo) sacó una enorme pinza del pelo. Era ese tipo de mujer que podía recogerse la melena en un momento y que pareciera cuidadosamente despeinada. No era precisamente guapa, pensó Isabelle, pero en su naturalidad residía su atractivo.

Lynley no escondía que también le parecía atractiva.

– Deb -la saludó, y la abrazó tras besarle en la mejilla. Los dedos de Deborah le rozaron brevemente la nuca.

– Tommy-le contestó.

Saint James lo vio, pero su cara permaneció impasible. Apartó la mirada de su esposa y de Lynley y la dirigió hacia Isabelle para preguntarle, en voz baja:

– ¿Cómo lleva el trabajo? Me atrevería a decir que se ha lanzado con los pies por delante.

– Supongo que es mejor que tirarse de cabeza -le contestó ella.

– Papá nos está preparando unas bebidas -señaló Deborah-. ¿Os ha ofrecido…? Bueno, por supuesto que lo habrá hecho. Pero no las tomemos aquí, debe de hacer fresco en el jardín. A no ser… -Echó una mirada a Lynley e Isabelle-. ¿Se trata de trabajo, Thomas?

– Podemos trabajar tanto aquí como en el jardín.

– ¿Conmigo? ¿Con Simon?

– Sólo Simon, esta vez. -Se dirigió a Saint James-. Si tienes un rato. No tardaremos mucho.

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