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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– Escúchame -le contestó Lynley. Vio que sus ojos se abrían poco a poco y supo que no le hizo ni pizca de gracia. Lynley iba por una vía completamente diferente, y Dios sabía que ella tenía una buena razón para que se mantuviera la hipótesis de Matsumoto como asesino-. Quedó con un tipo para confesarle unos secretos. Es un dato que nos ha proporcionado la médium, a quien me parece que debemos creer, pese a su profesión. Aunque Yolanda estuvo después rondando por la casa de Jemima en Oxford Road, nos sirve por sus encuentros con ella. Gracias a ella sabemos que Jemima tenía que contarle una cosa a un hombre importante en su vida, y que la médium le sugirió citarse en «un lugar tranquilo», Jemima conocía ese cementerio, le habían sacado unas fotos allí. Ese fue el lugar que escogió.

– ¿Y Matsumoto estaba allí casualmente? -le reprochó Ardery.

– Seguramente la siguió.

– Muy bien. Pero es posible que no fuera la primera vez que la seguía. ¿Por qué iba a serlo? ¿Por qué sólo justo ese día? No tiene sentido. Si la acosaba, es probable que él fuera el hombre al que tenía que decirle la verdad, que la dejara en paz o que le denunciaría por acoso. Pero se imagina que la conversación irá por ahí y, como todos los acosadores chalados, va con un arma. Da igual la camisa amarilla o el esmoquin manchado, ¿cómo explicas que tuviera el arma en sus manos Thomas?

– ¿Cómo explica usted la sangre en las dos prendas? -intervino John Stewart.

El resto del equipo presente intercambió miradas. Fue por su tono, estaba tomando partido, y Lynley no quería que eso sucediera. No era su intención que la investigación se transformara en una intriga política.

– Matsumoto ve que ha quedado con alguien en el cementerio -dijo Lynley-. Se van a la capilla para hablar en privado.

– ¿Por qué? -preguntó Isabelle-. Ya están en un espacio íntimo. ¿Por qué buscan algo aún más privado?

– Porque sea quien sea el tipo con el que ella quedó, era el asesino -señaló Havers-. Así que es él quien lo propone: «Mejor vamos allí, al edificio». Jefa, tenemos que…

– Quizás están discutiendo -dijo Lynley, alzando la mano-. Uno de ellos se levanta, comienza a caminar. El otro le sigue. Entran, y es entonces cuando la asesina. Matsumoto lo ve. Espera a que Jemima salga para ver si está bien. Pero no sale, y entonces entra a investigar.

– Por el amor de Dios, ¿y él no se da cuenta de que el otro tiene sangre en la camisa?

– Puede que se haya dado cuenta. Quizás es la razón de que entre a investigar. Pero creo más bien que el otro tipo se debió de quitar la camisa y la escondió. Tuvo que haber hecho eso. No podía salir del cementerio con toda esa sangre cubriéndole.

– Matsumoto sí salió manchado de sangre.

– Lo que me hace pensar que no la mató, que no lo hizo él.

– Esto es una mierda -dijo Ardery.

– Jefa, no lo es. -Havers la interrumpió y por su tono parecía que esta vez iba en serio. Tendrían que escucharla y al Infierno las consecuencias-. Hay algo extraño en Hampshire. Tenemos que volver allá. Winnie y yo…

– ¡Oh, los dos tortolitos! -dijo John Stewart.

– Ya está bien, John -dijo Lynley automáticamente, olvidándose de que estaba ejerciendo de superintendente y no de inspector.

– ¡Vete a la mierda! -le soltó Havers a Stewart-. Jefa, aún quedan pistas por investigar en New Forest. Ese tipo, Whiting… Hay algo en él que me da mala espina. Hay contradicciones por todas partes.

– ¿Cómo cuáles? -le preguntó Isabelle.

Havers comenzó a hojear su desordenada libreta. Le dirigió una mirada a Winston, como diciéndole: «Ayúdame, tío». Winston se movió y salió en su ayuda

– Jossie no parece ser quien dice que es, jefa -dijo-. Él y Whiting están relacionados de algún modo. No hemos llegado al fondo, pero que Whiting supiera del aprendizaje de Jossie nos hace pensar que es quien le consiguió el puesto. Y eso sugiere que falsificó las cartas para el colegio técnico. No vemos qué otra persona podría haberlo hecho.

– Dios santo, ¿por qué lo habría hecho?

– Puede que Jossie le chantajeara con algo -dijo Nkata-. No sabemos con qué. Todavía.

– Pero podemos averiguarlo si nos deja -agregó Havers.

– Os quedáis aquí en Londres, tal como os he ordenado.

– Pero jefa…

– No. -Y se dirigió a Lynley-: Es igual de fácil que sea lo contrario, Thomas. Jemima queda con Matsumoto en el cementerio, entran en la capilla, tienen su charla, utiliza el arma y se escapa. El otro, el de la camisa amarilla, lo ve. Entra en el edificio. Va a ayudarla, pero su estado es irreversible. Se mancha con su sangre. Sabe que le pueden incriminar en cuanto salga a la luz el asesinato. Sabe que la Policía va a ir a por el primero que encuentre a la víctima, y no puede permitírselo. Y por eso huye.

– ¿Y entonces qué? -preguntó John Stewart-. ¿Esconde la camisa en el cubo Oxfam de la señora McHaggis? ¿Junto con el bolso? ¿Y qué pasa con el bolso? ¿Por qué llevárselo?

– Puede que Matsumoto se llevara el bolso. Puede que él lo pusiera en el cubo. Quizá quería que le echaran la culpa, para complicar aún más las cosas.

– Entonces… -señaló, agrio, Stewart-, dejadme que ordene las cosas. ¿Este Matsumoto y el otro tipo, sin saber de su existencia el uno del otro, pusieron ambos una prueba criminal en el mismo cubo? Maldita sea, señora. Dios Santo. ¿Qué es exactamente lo que cree que tiene sentido en todo eso? -Soltó un bufido burlón y miró a los demás. Su cara parecía estar diciendo: «vaca estúpida».

La de Isabelle se mantuvo pétrea como una roca.

– A mi despacho. Ahora -le dijo a Stewart.

Stewart dudó el tiempo suficiente como para hacer evidente su desdén. Él e Isabelle se clavaron las miradas antes de que la superintendente dejara la sala. Stewart se levantó de modo perezoso y la siguió.

Después, un silencio tenso. Alguien silbó levemente. Lynley se acercó al tablero para ver más de cerca la foto de la camisa amarilla. Notó que alguien se le acercaba y vio que Havers se le había unido.

– Usted sabe que ella está tomando las decisiones equivocadas -le dijo en voz baja.

– Barbara…

– Lo sabe. Nadie quiere tanto darle una patada y mandar a otra galaxia a este tío como yo, pero esta vez tiene razón.

Se refería a John Stewart. Lynley no podía estar más de acuerdo. La desesperación de Isabelle la estaba llevando a distorsionar los hechos para que encajaran de cara a acusar a Matsumoto, de tal modo que no hacía más que perjudicar la investigación. Se encontraba en la peor situación posible: su situación temporal en el cuerpo, su primer caso había degenerado en una confusión de circunstancias inconcebibles y con un sospechoso en el hospital porque le dio por huir, cuyo hermano, un afamado violonchelista, tiene contratado a una feroz abogado y, mientras tanto, la prensa se hace eco de la historia, Hillier se ve implicado y a él se le suma el abominable Stephenson Deacon para tratar de desviar la atención de la prensa, y todo con un montón de pruebas apuntando en varias direcciones. Lynley era incapaz de imaginar que las cosas pudieran empeorar aún más para Isabelle. El suyo no estaba siendo un bautismo de fuego, sino más bien un gran incendio.

– Barbara, no estoy muy seguro de qué es lo que quieres que haga -le dijo.

– Hable con ella. Le escuchará. Webberly lo haría, y ya hubiera hablado con Webberly si se hubiera dado una situación como la de ahora. Usted sabe que puede. Y si estuviera pasando por lo mismo que ella, nos escucharía. Somos un equipo por algo. -Se llevó las manos al pelo, cortado casi al cero, y las deslizó-. ¿Por qué nos ha hecho volver de Hampshire?

– Tiene pocos recursos. Todas las investigaciones carecen de medios.

– ¡Oh, maldita sea!

Havers se alejó.

Lynley fue a por ella, pero ya se había marchado. Regresó a la pizarra y se quedó mirando la camisa amarilla. Vio en ella lo que le quería decir y lo que debería haberle dicho a Isabelle. Se dio cuenta de que él tampoco estaba en una situación envidiable. Pensó en la mejor manera de utilizar la información que tenía delante.

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