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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– ¿Usó esa palabra? ¿Pánico?

– No. Pero pude notarlo en su voz.

– ¿Era miedo, quizá? ¿No pánico, sino sólo miedo? Llamaba desde un cementerio, después de todo. La gente se asusta en los cementerios.

Langer se encogió de hombros.

– No lo creo. Si me pregunta, creo que era pavor a enfrentarse a algo que ella se negaba a creer.

«Interesante», pensó Lynley.

– Continúe.

– Frazer, creo que ella quería estar convencida de que Frazer Chaplin era el único, si sabe a lo que me refiero, «el único». Pero también creo que ella sabía que, en realidad, no lo era.

– ¿Qué le hace llegar a esa última conclusión?

Langer sonrió levemente.

– Porque es la conclusión a la que siempre llegan, agente. Todas las mujeres que se quedan colgadas de ese tío.

* * *

Lynley adelantó rápidamente el encuentro con ese gran modelo de masculinidad del que antes hablaban. Se puso en camino hacia Saint James Place, hacia un cercano y oculto callejón sin salida donde el hotel Duke formaba una L con ladrillos rojos, hierro forjado, ventanas salientes y suntuosas franjas de hiedra que colgaban de los balcones del primer piso. Dejó el Healey Elliot bajo la vigilancia de un portero uniformado y entró en el silencio reservado que suele encontrarse en los centros religiosos. ¿Necesitaba alguna cosa?, le preguntó un botones que pasaba.

El bar, respondió. Una inmediata sonrisa de reconocimiento: la voz de Lynley y la manera en que la usaba le harían ser bienvenido siempre en cualquier establecimiento donde la gente habla en murmullos, se llama a los empleados «el equipo» y se tiene el buen gusto de beber jerez primero y oporto después.

– Si el caballero es tan amable de seguirme…

El bar estaba profusamente decorado con retratos navales y pinturas de castillos abandonados, sobre los que dominaba un retrato del Almirante Nelson en sus días posteriores a lo de la armada, como correspondía a una decoración de inspiración marítima. El bar comprendía tres zonas -dos de las cuales estaban separadas por una chimenea en la que, afortunadamente, no ardían leños- y estaba amueblado con sofás tapizados y mesas redondas de vidrio, ante las que a esa hora del día se reunían sobre todo ejecutivos. Todos saboreaban gin tonics, aunque había otros tipos duros que comenzaban a mostrar miradas vidriosas a causa de los martinis. Era, en principio, la bebida estrella de uno de los barmans, un italiano de marcado acento que le preguntó a Lynley si quería la especialidad de la casa, que, según le aseguró, ni la agitaba ni la removía, sino que más bien la emulsionaba hasta convertirla en un néctar milagroso.

Lynley se contuvo. Le pidió un agua con gas, una Pellegrino, si es que tenían. Con lima y sin hielo. Y preguntó si podía hablar con Frazer Chaplin. Le enseñó su identificación. El barman, de nombre Heinrich, nada italiano, apenas reaccionó a la presencia del policía, independientemente de su acento culto. Le dijo con un tono de indiferencia que Frazer Chaplin aún no había llegado. Se suponía, le dijo mirando un reloj impresionante, que tenía que llegar dentro de un cuarto de hora.

¿Frazer tenía un horario fijo?, le preguntó al barman. ¿O sólo venía como refuerzo cuando había más trabajo en el hotel?

Horario fijo, le contó.

– Bajo otras condiciones no hubiera aceptado el trabajo -apuntó Heinrich.

– ¿Por qué no?

– En el turno de noche es cuando hay más movimiento. Las propinas son mejores. Y también los clientes.

Lynley levantó una ceja, como buscando más información, que Heinrich estaba encantado de proporcionarle. Al parecer, Frazer se dejaba querer por mujeres de diferentes edades que frecuentaban el bar del hotel Duke casi todas las tardes. Muchas eran ejecutivas extranjeras, de paso en la ciudad por una razón u otra, y Frazer estaba aparentemente dispuesto a ofrecerles una razón más.

– Está buscando a la mujer que le cuide como él quiere -señaló Heinrich. Movió la cabeza, pero su expresión era de un inconfundible afecto-. Se considera un gigoló.

– ¿Le funciona?

– Todavía no -respondió Heinrich riendo-. Pero eso no le hace desistir al muchacho. Le gustaría tener un hotel boutique, como éste. Pero quiere que alguien se lo compre.

– Necesita mucho dinero, entonces.

– Así es Frazer.

Lynley reflexionó sobre ello y lo relacionó con los secretos que Jemima había querido contar. Para un hombre que sólo deseaba de una mujer su dinero, la noticia de que ella no podría entregarle lo que deseaba era una verdad dura y potente. Como también era posible que ella no quisiera nada más con él tras descubrir que estaba con ella por el dinero… Si es que ella lo tenía. Pero, de nuevo, y de modo exasperante, había otras verdades relacionadas con Jemima. Tenía un secreto que contarle a Paolo di Fazio: quería compartir su vida con Frazer Chaplin, pese a lo que Paolo sentía por ella. Y con gente como Abott Langer o Yukio Matsumoto… Seguro que si se hurgaba un poco saldrían verdades sin revelar por todas partes.

Lynley calculó la hora a la que Frazer Chaplin llegaba cada día al bar del hotel Duke: el irlandés empleaba noventa minutos en llegar desde la pista de hielo a su trabajo allí. ¿Le dio tiempo a correr hacia Stoke Newington, asesinar a Jemima Hastings y llegar a su otro trabajo? Lynley no entendió cómo. Además, Abott Langer le había sugerido que el tipo fue a Putney antes de ir hacia el hotel, y aunque no hubiera hecho ese camino, con el tráfico de Londres le hubiera resultado imposible. Y Lynley no se imaginaba al asesino cogiendo el transporte público para llegar al cementerio.

Cuando Frazer Chaplin apareció en el hotel, Lynley tuvo la extraña sensación de que ya había visto a ese hombre antes. El sitio exacto, permanecía en los límites de su memoria, no podía darle una ubicación a ese rostro. Pensó en los lugares donde había estado los últimos días, pero no daba con ello, así que se olvidó del tema por un rato.

No solía juzgar el estilo de otros hombres, pero pudo entender que Chaplin atraía a las mujeres a las que les gustaban los hombres misteriosos y salvajes, que tuvieran esa aura de peligro, una moderna actualización de Heathcliff y Sweeney Todd. Vestía una chaqueta de color crema y una camisa blanca donde lucía una pajarita roja, junto a unos pantalones negros. Viendo el conjunto, se entendía por qué se cambiaba en casa y no quería ir cargado con el uniforme o dejarlo en la pista de hielo. Su cabello era casi negro, como el de Abott Langer, pero, a diferencia de éste, su peinado era más moderno. Parecía recién duchado y afeitado. Tenía las manos bien cuidadas y llevaba un anillo de ópalo en su anular izquierdo.

Se sentó junto a Lynley, después de que el barman le dijera que éste quería verle. Lynley había escogido una mesa bastante cercana a la reluciente barra de caoba. Frazer se dejó caer en una de las sillas, extendió su brazo y dijo:

– Heinrich me ha comentado que quiere hablar conmigo. ¿Tiene alguna pregunta más que hacerme? Ya me interrogaron los otros dos polis.

Lynley se presentó y le dijo:

– Usted es la última persona con la que habló Jemima Hastings, señor Chaplin.

Chaplin le respondió con un tono cadencioso que, pensó Lynley, debía atraer a las mujeres mucho más que su masculina presencia.

– Lo soy -contestó, pero de modo afirmativo en vez de una pregunta-. ¿Y cómo lo sabe, inspector?

– Por los registros de su teléfono móvil -le contó.

– ¡Ah! Bueno, creía que la última persona en hablar con Jemima había sido el tipo que la mató, a no ser que se la cargara sin preliminares.

– Al parecer le llamó bastantes veces en las horas previas a su muerte. También llamó a Abott Langer, buscándole a usted, según su versión. Abott cree que ella estaba enamorada de usted, y no es la única persona que lo piensa.

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