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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Barbara no podía entender por qué Lynley no se posicionaba. Podía entender por qué no quería hacerlo delante del resto del equipo después de que el maldito John Stewart apenas necesitara un empujón para convertirse en el señor Christian, tras amotinarse contra la superintendente Bligh. [24] Pero ¿por qué no hablar con ella en privado? Esto era lo que no entendía. Lynley no era de los tipos que se acobardaban, y la prueba eran sus mil y una peleas con Hillier; sabía que no le asustaba un posible enfrentamiento con Isabelle. Si fuera el caso, ¿qué le detenía? No podía imaginárselo. Lo que sí sabía era que por alguna razón no había sido él mismo cuando necesitaban que fuera justo esa persona, el que siempre había sido, para ella y para todos los demás.

Que no fuera el Thomas Lynley que ella conocía y con el que había trabajado durante años le molestaba mucho más de lo que quería reconocer. Mostraba cuánto había cambiado y cuánto las cosas que le importaban ya no eran significativas para él. Era como si estuvieran flotando en una especie de vacío infinito, perdidas en caminos que eran cruciales pero indefinidos.

Barbara no quería darle más vueltas. Sólo quería llegar a casa. Como Winston les había llevado a New Forest, tuvo que coger la abarrotada Northern Line en el peor momento del día, con el peor tiempo del mundo, aplastada contra las puertas del vagón, preguntándose por qué demonios la gente no se movía por el pasillo hacia dentro mientras la empujaban y daba con la enorme espalda de una mujer chillando a su teléfono móvil «más vale que llegues a casa, y esta vez lo digo en serio, Clive, joder, o saco el cuchillo y te la corto», para después caer sobre la pestilente axila de la camiseta de un adolescente que iba escuchando en sus cascos una música ruidosa y detestable.

Para empeorar las cosas, llevaba la bolsa de viaje consigo. Cuando finalmente llegó a estación Chalk Farm, tuvo que dar un tirón para sacarla del vagón y, con el movimiento, una de las asas se rompió. Maldijo, golpeó las puertas y se raspó un tobillo con las hebillas. Maldijo de nuevo.

Caminó como pudo desde la estación, preguntándose cuándo comenzaría la tormenta que se llevara el polvo de las hojas de los árboles y limpiara el aire cargado de contaminación. Se puso de peor humor mientras cargaba con su bolsa y descubrió que la razón de su enfado tenía nombre y apellidos: Isabelle Ardery. Pero pensar en ella le llevó a acordarse de Thomas Lynley, y Barbara ya había tenido suficiente por un día.

Necesitaba una ducha. Necesitaba un pitillo. Necesitaba una copa. Maldita sea, necesitaba una vida.

Cuando llegó a casa, estaba sudando y le dolían los hombros. Intentó convencerse de que se debía al peso de la bolsa, pero sabía que era simple y llanamente la tensión. Cruzó la puerta de su casa con un alivio que no había sentido en años al llegar. Ni siquiera le importaba que dentro hiciera tanto calor como en un horno. Abrió las ventanas y revolvió el cajón en busca de su pequeño abanico. Encendió un cigarrillo, aspiró fuerte, bendijo que existiera la nicotina, se sentó en una de las sencillas sillas de la cocina y miró su extremadamente humilde morada.

Había dejado tirada su bolsa en la puerta, así que no había visto lo que había en el sofá cama. Pero ahora, sentada frente a la mesa de la cocina vio la falda en forma de A, la prenda que mejor le queda a una mujer con una figura como la suya, según Hadiyyah. La habían arreglado. Le habían subido el dobladillo, la habían planchado y el conjunto completo estaba sobre la cama: la falda, su nueva, fresca y entallada blusa, medias finas, un pañuelo e incluso una pulsera gruesa. Y también habían cepillado los zapatos. Brillaban. Un hada buena había pasado por su casa.

Barbara se levantó y se acercó a la cama. Tenía que reconocer, que todo quedaba bien como conjunto, sobre todo la pulsera, un complemento que jamás se hubiera comprado, y mucho menos atrevido a usar. La cogió para verla más de cerca. Llevaba atado un lazo de color lila y una etiqueta de regalo.

En una de las caras de la nota se podía leer un «¡Sorpresa!», junto a un «¡Bienvenida a casa!», y el nombre de quien le había hecho el regalo, como si no supiera el nombre de quien había escogido todas esas prendas para ella: Hadiyyah Khalidah.

El humor de Barbara cambió repentinamente. Increíble, pensó, cómo alguien tan joven, esa consideración… Apagó el cigarrillo y lo tiró en el pequeño lavabo. Un cuarto de hora después se había duchado, refrescado y vestido. Se puso algo de colorete en la cara, en un gesto que recompensaba la insistencia de Hadiyyah respecto a que se maquillara, y salió del búngalo. Fue al piso inferior, que daba directamente al césped quemado por el verano.

Las ventanas de estilo francés estaban abiertas y se podía escuchar cómo cocinaban, y las conversaciones del interior. Hadiyyah estaba hablando con su padre y pudo notar en su voz que estaba nerviosa.

– ¿Hay alguien en casa? -gritó mientras llamaba a la puerta.

– ¡Barbara! ¡Ya has vuelto! ¡Genial! -respondió Hadiyyah con otro grito.

Barbara notó a Hadiyyah distinta cuando la vio entrar por la puerta. Más alta, aunque no tenía sentido, ya que Barbara tampoco había estado fuera tanto tiempo como para que la pequeña creciera tanto.

– ¡Oh! ¡Es genial! -gritó Hadiyyah-. ¡Papá! ¡Barbara está aquí! ¿Puede quedarse a cenar?

– No, no -tartamudeó Barbara-. Por favor, no lo hagas, pequeña. Sólo he venido a darte las gracias. Acabo de regresar. He visto la falda. Y el resto. Y menuda sorpresa tan bonita ha sido encontrarlo.

– Lo cosí yo misma -dijo orgullosa Hadiyyah-. Bueno, quizá la señora Silver me ayudó un poco porque me torcía cosiendo. Pero ¿te sorprendió? También la planché. ¿Viste la pulsera? -Daba saltitos-. ¿Te gustó? Cuando la vi le pregunté a papá si podíamos comprarla, porque ya sabes que tienes que usar complementos, Barbara.

– Tengo todo lo que me dices grabado a fuego -le contestó reverencialmente-. No podría haber encontrado nada tan perfecto como esto.

– Es bonito el color, ¿verdad? -añadió Hadiyyah-. Y gran parte de lo que la hace tan bonita es el tamaño. ¿Sabes?, he aprendido que el tamaño de un accesorio depende del de la persona que lo lleva. Pero no tiene que ver con su altura o su peso, sino con sus medidas, sus huesos y su tipo de cuerpo, ¿sabes? Así que, si miras tus muñecas, como si las compararas con las mías, lo que puedes ver es…

– Khushi. -Azhar se acercó a la puerta de la cocina, secando sus manos en una toallita.

Hadiyyah se giró hacia él.

– ¡Barbara ha visto la sorpresa! -le anunció-. Le ha gustado, papá. ¿Y qué te ha parecido la blusa, Barbara? ¿Te ha gustado la blusa nueva? Ojalá la hubiera escogido yo, pero no lo hice, fue papá, ¿verdad, papá? Yo quería otra diferente.

– No me lo digas. Alguna con un lazo en el cuello.

– Bueno… -Movió su pie, como si hiciera un poco de claqué en la puerta de entrada-. No exactamente. Pero tenía volantes. No muchos, la verdad. Pero tenía uno muy bonito que caía en la parte de delante y que tapaba los botones y me gustaba muchísimo. Me pareció preciosa. Pero papá me dijo que jamás llevarías volantes. Le expliqué que en moda se trata de expandir los horizontes de cada uno, y me contestó que tampoco hay que exagerar y que la blusa entallada era mucho mejor. Le respondí que el cuello de la blusa debería tener la misma forma de tu mandíbula y que tu cara es redonda, ¿no?, no tan angulosa como la camisa. Y él dijo, vamos a probar, y siempre puedes cambiarla si no te gusta. ¿Y sabes dónde la compramos?

– Khushi, khushi -le dijo Azhar cariñosamente-. ¿Por qué no invitas a Barbara a entrar?

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[24] Referencia al motín de la Bounty.

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