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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– Sólo es que él dijo…

– ¿Estarías de acuerdo en entregar tus hijos a otra persona? ¿Lo estarías? ¿Crees que soy ese tipo de madre?

– Ya sé que has intentado ser una muy buena madre. Sé que lo has intentado. Los chicos te adoran.

– ¿Intentado? ¿Intentado? -De repente Isabelle se escuchó a sí misma y quiso clavarse el puño en la cabeza, cuando se dio cuenta de que había comenzado a hablar como Sandra, con su exasperante costumbre de decir dos veces las palabras y las frases, un tic nervioso que siempre le hizo pensar que aquella mujer actuaba como si creyera que el mundo estaba parcialmente sordo y necesitado de sus constantes repeticiones.

– ¡Oh! No lo estoy diciendo bien, no lo estoy diciendo…

– Debo volver al trabajo.

– Pero ¿vendrás? ¿Lo pensarás? No se trata de ti ni se trata de Bob. Se trata de los chicos. De los chicos.

– No te atrevas a decirme de qué mierda se trata.

Isabelle colgó de golpe el teléfono. Maldijo y dejó caer la cabeza entre sus manos. «No lo haré, no lo haré», se dijo a sí misma. Y entonces se echó a reír, aunque incluso a ella le pareció que sonaba histérica. Era esa maldita manía de decir dos veces las palabras. Pensó que se iba a volver loca.

– Eh…, ¿jefa?

Alzó la cabeza, pese a que sabía de antemano que la deferencia del tono que la había interrumpido provenía del agente John Stewart. Se quedó allí parado con una expresión en la cara que decía que había escuchado gran parte de su conversación con Sandra.

– ¿Qué es eso?-le espetó ella.

– El cubo Oxfam.

Tardó un rato en centrarse: Bella McHaggis y su jardín reciclado.

– ¿Qué pasa con él? -le preguntó a Stewart.

– Hay algo más que un bolso dentro. Hay algo que queremos que vea.

* * *

Lynley se encontró con que el polideportivo Queen Ice & Bowl estaba haciendo su agosto a causa de la persistente ola de calor, especialmente en la pista de patinaje. Debía de ser el lugar más fresco de Londres y parecía que todo el mundo, desde los más pequeños hasta los pensionistas, trataban de aprovecharse de ello. Había quienes simplemente se agarraban a la reja y patinaban como podían. Otros, más aventureros, se tambaleaban por la pista sin ningún tipo de ayuda, mientras los más expertos trataban de esquivarlos. En el centro, los futuros olímpicos practicaban saltos y volteretas con mayor o menor destreza; por otro lado, tratando de hacerse un hueco en la zona, los instructores enseñaban a sus patosos estudiantes, a través de bravos intentos por parecerse a Torvill y Dean. [22]

Lynley tuvo que esperar para hablar con Abott Langer, ya que estaba dando clase en mitad de la pista. El tipo que alquilaba los patines le había indicado quién era, refiriéndose a Langer como «el imbécil del pelo». Lynley no supo con certeza qué quería decir hasta que echó un vistazo al instructor. Entonces se dio cuenta de que no había mejor descripción. Jamás había visto en persona a uno de esos calvos peinados como ensaimadas. Nunca.

El caso es que no importaba, Langer sabía patinar. Sin apenas esfuerzo, dio un salto que lo elevó del hielo, según pudo observar Lynley, mostrándole a un joven alumno, que debía rondar los diez años, lo fácil que era. El chico lo intentó y aterrizó en el hielo con su trasero. Langer se deslizó y le levantó con ayuda de sus pies. Acercó su cabeza a la del crío, hablaron un rato y Langer volvió a saltar una segunda vez. Era muy bueno. Elegante. Fuerte. Lynley se preguntó si también era el asesino.

Cuando acabó la clase, interceptó al profesor de patinaje mientras se despedía de su alumno y ponía las protecciones a las cuchillas de sus patines.

– ¿Puedo hacerle un par de preguntas? -Se le acercó educadamente y le enseñó su identificación.

– Ya he hablado con los otros dos oficiales -contestó Langer-. El tipo negro y una mujer regordeta. No veo qué más podría añadir.

– Hay algunos cabos sueltos. No le llevará mucho tiempo. -Señaló la cafetería que dividía la pista de patinaje y la bolera-. Vayamos a por un café, señor Langer. -Permaneció allí hasta que Langer no tuvo más remedio que aceptar mantener esa conversación.

Lynley compró dos cafés y los llevó a la mesa donde Langer dejaba caer su musculoso cuerpo. Estaba toqueteando un salero. Sus dedos eran delgados pero fuertes, y sus manos eran grandes, como el resto de su cuerpo.

– ¿Por qué les mintió a los otros oficiales, señor Langer? -le preguntó Lynley sin preámbulos-. Debería saber que comprobamos la información que se nos da.

Langer no contestó. Un tipo listo, pensó Lynley. Esperaba más.

– No hay ex mujeres, no hay niños. ¿Por qué mentir sobre algo tan fácil de averiguar?

Langer abrió en un momento dos sobres de azúcar que vertió en su café. No lo removió.

– No tiene nada que ver con lo que le sucedió a Jemima. No he tenido nada que ver con eso.

– Sí, claro, qué iba a decir. Cualquiera diría lo mismo.

– Es un asunto de coherencia. Sólo eso.

– Explíquese.

– Le digo a todo el mundo lo mismo. Tres ex mujeres. Niños. Hace que las cosas sean más sencillas.

– ¿Es importante para usted?

Langer apartó la mirada. Desde donde estaban sentados, se veía la pista de hielo: esas pequeñas y jóvenes figuras femeninas saltando con sus mallas de colores y sus cortísimas faldas.

– No quiero implicarme -dijo-. Me parece que las ex mujeres y los niños ayudan.

– ¿Implicarse con?

– Soy profesor. Es todo lo que hago con ellas, sea cual sea su edad. A veces alguna muy joven o no tanto, o cualquiera de ellas, muestra demasiado interés, sólo porque hay algo de roce en la pista. Es estúpido, no significa nada y no me aprovecho de ello. Las ex mujeres lo hacen imposible.

– ¿Jemima Hastings también?

– Le di lecciones a Jemima. Hasta ahí llegó todo. Ella me utilizó, más bien.

– ¿Para qué?

– Ya le conté esto a los otros. No les mentí. Ella estaba interesada en Frazer.

– Le llamó el día que murió asesinada. No lo mencionó a los otros detectives, junto a lo de sus ex mujeres y sus hijos.

Langer cogió su café.

– No recordaba la llamada.

– ¿Y ahora se acuerda?

Parecía reflexivo.

– Sí, la recuerdo. Estaba buscando a Frazer.

– ¿Había quedado con él en el cementerio?

– Prefiero pensar que le estaba poniendo a prueba. Lo hacía a menudo. Todas las chicas con las que salía acababan haciendo lo mismo. Jemima no era la primera y no habría sido la última. Siempre ha sido de este modo desde que trabaja aquí.

– ¿Una mujer poniéndole a prueba?

– Una mujer que apenas confiaba en él, que quería asegurarse de que iba por el buen camino. Casi siempre se desviaba.

– ¿Y Jemima?

– Era un asunto de los suyos, como cualquier otro, pero no lo sé, ¿debería? Además, ese día no podía ayudarla, tendría que haberse dado cuenta antes de llamarme.

– ¿Por?

– Por la hora. Él no está aquí a esa hora. Si lo hubiera pensado, sabría que él no está aquí. Pero no contestaba al móvil, me dijo. Le estuvo llamando varias veces, pero él no contestaba. Quería saber si estaba todavía aquí, donde, tal vez, no podía oír el teléfono… con todo el ruido. -Señaló el barullo de alrededor-. Pero, insisto, ella tendría que haber sabido que él ya se había ido a casa. De todas maneras, eso es lo que le dije.

«A casa», se repitió Lynley.

– ¿No se fue de aquí directamente al hotel Duke?

– Siempre va primero a su casa. No quiere guardar aquí su uniforme del hotel, porque se puede ensuciar, pero, conociendo a Frazer, puede ser por otras razones. -Hizo un gesto obsceno con las manos, una indicación del acto sexual-. Parece que ha estado trabajándose a alguien de camino entre la pista y el hotel. O allá, en casa, incluso. No me sorprendería. Sería muy propio de él. De todas maneras, Jemima dijo que le había estado dejando mensajes y sentía pánico.

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[22] Jayne Torvill y Christopher Dean son los más famosos patinadores sobre hielo del Reino Unido. Consiguieron el oro para su país en 1984, durante los Juegos Olímpicos de invierno de Sarajevo.

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