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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Hadiyyah se rió y se tapó la boca con las manos.

– ¡Estoy tan nerviosa! -Fue hacia dentro-. ¡Tenemos limonada recién hecha para beber! ¿Quieres un poco? Estamos de celebración, ¿no es cierto, papá?

– Khushi.

Intercambiaron algún tipo de mensaje y Barbara se dio cuenta de que estaba en medio de una conversación privada. Su presencia claramente la había interrumpido.

– Bueno, pues me voy -dijo Barbara-. Sólo quería daros las gracias en persona. Ha sido un detalle muy amable. ¿Puedo pagarte la blusa?

– Ni hablar -contestó Azhar.

– Es un regalo -explicó Hadiyyah-. La hemos comprado en Camden Town, Barbara. No en Stables ni otro sitio así.

– Por el amor de Dios. -Su experiencia le había enseñado lo que Azhar sufría cuando Hadiyyah se iba al laberinto de calles entre Stables y Camden Lock Market.

– … pero sí fuimos al mercado de la calle Inverness y fue estupendo. No había estado nunca allí.

Azhar sonrió. Le dio un par de toquecitos a su hija en la nuca y movió la cabeza en un gesto de ternura.

– Como parloteas esta noche -le dijo a su hija, para luego dirigirse a Barbara-: ¿Te quedarás a cenar, Barbara?

– ¡Oh! ¡Quédate Barbara! -le pidió Hadiyyah-. Papá está haciendo pollo saag masala y también hay dal y pan chapati y champiñones dopiaza. No me suelen gustar los champiñones, ¿sabes?, pero me encanta cómo los cocina papá. ¡Oh! Y también hay arroz pilau con espinacas y zanahorias.

– Menudo festín -dijo Barbara.

– ¡Lo es, lo es! Porque… -Se tapó de nuevo la boca con las manos. Sus ojos brillaban sobre ellas-. ¡Oh! Desearía y desearía poder decir más -soltó tras las palmas de las manos-, sólo que no puedo. Lo prometí.

– Entonces no debes -le contestó Barbara.

– Pero eres una buena amiga, ¿verdad papá? ¿Puedo…?

– No puedes. -Azhar le sonrió a Barbara-. Ya hemos estado hablando aquí durante largo rato. Barbara, insistimos en que te quedes a cenar

– Hay un montón de comida -anunció Hadiyyah.

– Visto así -le contestó Barbara-. No puedo hacer nada más que ir directa a la mesa.

Los acompañó dentro de la casa y sintió una calidez que nada tenía que ver con la temperatura, la cual apenas había disminuido, debido a que el calor de la cocina se había extendido por el piso. De hecho, apenas notaba el horroroso bochorno del día que terminaba. En cambio, sí percibió cómo fue mejorando su humor, ya no estaba pensando en qué le había sucedido a Thomas Lynley. Sus preocupaciones sobre la investigación se desvanecieron.

* * *

La confrontación con John Stewart dejó a Isabelle revuelta, una reacción que no esperaba tener. Estaba acostumbrada a vérselas con hombres en el cuerpo, pero eran casos de sexismo encubierto, de maliciosas insinuaciones cuya interpretación podía atribuir, convenientemente, a que tenía la piel muy fina o a que había malinterpretado lo que le decían. El asunto de John Stewart era diferente. Las insinuaciones maliciosas no eran su estilo. Al menos, Isabelle pensó que éste era un caso que tenía que resolverse de manera privada, pues Stewart sabía muy bien que cualquier movimiento contra él acabaría como una lucha de la palabra de uno contra la de otro ante sus superiores. Y lo último que ella quería era denunciar ante sus superiores a alguien por acoso sexual o algún otro tipo de acoso. Se dio cuenta de que John Stewart era listo como el demonio. Sabía que el hielo por donde ambos pisaban era muy frágil, y estaría encantado de llevársela consigo hasta el centro del lago.

Se preguntó cómo podía ser tan corto de miras como para entrar en guerra con alguien que podría ser elegida como su superior. Pero esa idea le duró poco cuando lo vio desde el punto de vista de John Stewart: claramente, no esperaba que la ascendieran. Después de todo, no podía culparle por creer que pronto le dirían dónde estaba la puerta de salida.

Vaya desastre, pensó. ¿Cómo habían empeorado tanto las cosas?

Dios, cómo deseaba una copa.

Sin embargo, se armó de valor para no tomarla, ni siquiera para mirar dentro de su bolso, donde, como pequeños bebés, anidaban los botellines de alcohol. No necesitaba eso. Simplemente lo quería. Querer no era necesitar.

Llamaron a la puerta y se movió de la ventana, donde había estado contemplando una vista a la que apenas había prestado atención. Dijo que entraran y Lynley apareció. Llevaba un sobre en las manos.

– Me excedí esta mañana -dijo-. Lo siento de veras.

– Tú y todos los demás -rió ella.

– Aun así…

– No pasa nada, Thomas.

No dijo nada por un momento. La observó. Agarró bien el sobre con sus manos, como si diera a entender que estaba a punto de irse. Al final, soltó:

– John… -Pero dudó, quizá porque no encontraba la palabra adecuada.

– Sí, es muy complicado mantenerle en su sitio, ¿verdad? -contestó ella-. Esa es la mejor definición de la esencia de John Stewart.

– Supongo. Pero yo no debería haberle regañado, Isabelle. Fue una reacción imbécil, lo siento.

– Como he dicho antes, no pasa nada -dijo, girándose hacia él.

– No eres tú -añadió Lynley-. Tendrías que saberlo. Él y Barbara han tenido problemas durante años. Tiene problemas con las mujeres. Temo que su divorcio… le haya trastornado. No ha podido superarlo y es incapaz de darse cuenta de que lo que sucedió también pudo ser culpa suya.

– ¿Qué sucedió?

Lynley entró y cerró la puerta tras de él.

– Su mujer tuvo una aventura.

– No me sorprende nada lo que me estás contando.

– Ella tuvo una historia con otra mujer.

– No puedo culparla. Ese tipo haría que Eva cambiara a Adán por la serpiente.

– Ahora son pareja y tienen la custodia de las dos hijas de John -dijo, y mientras le explicaba esto la observaba firmemente.

Ella apartó la mirada.

– No me da ninguna pena.

– Nadie puede culparte, pero a veces es bueno saber estas cosas. Dudo que aparezca en su expediente.

– Tienes razón, no sale. ¿Crees que tenemos algo en común, John Stewart y yo?

– La gente que se lleva mal suele tenerlo. -Y entonces, cambió de tema-: ¿Quieres venir conmigo, Isabelle? Tendrás que coger tu coche, porque no regresaré por aquí. Hay alguien a quien quiero que conozcas.

– ¿De qué se trata? -dijo ella, frunciendo el ceño.

– En realidad, no es nada importante. Pero como ya hemos acabado la jornada… Podemos ir a comer algo, si quieres. A veces hablar o discutir sobre el caso hace aparecer detalles que no salieron antes.

– ¿Es eso lo que quieres? ¿Discutir?

– Hay cosas en las que no nos ponemos de acuerdo, ¿no es cierto? ¿Vienes conmigo?

Isabelle echó una ojeada a la oficina, pensó: «¿Por qué no?», y le dijo que sí con un gesto seco.

– Dame un minuto para coger mis cosas. Te veré abajo.

Cuando la dejó, Isabelle aprovechó para ir rápidamente al servicio. Se miró en el espejo y vio que el día había hecho mella en su rostro, sobre todo entre sus ojos, donde una profunda línea se estaba convirtiendo en ese tipo de incisión vertical que iba a ser permanente. Pensó en retocar su maquillaje, por lo que abrió el bolso y echó una mirada a sus adormecidos bebés.

Sabía que sería cuestión de segundos beberse uno de ellos. O todos ellos. Pero cerró el bolso firmemente y fue en busca de su colega.

Lynley no le dijo dónde iban a ir. Simplemente la saludó cuando apareció y le dijo que se mantuviera a la vista. Esas fueron las únicas palabras que intercambiaron antes de subir a su Healey Elliot y poner en marcha el motor para salir a la calle desde el aparcamiento subterráneo. Condujo hasta el río. Cumplió su promesa. Se mantuvo bien cerca. Se sintió extrañamente cómoda. No podía saber por qué.

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