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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Había visto por televisión la rueda de prensa preventiva de la Policía que ofrecieron juntos Stephenson Deacon y el director de Relaciones Públicas. Tenía que reconocer que los de la oficina de prensa eran tan fríos y delicados como una escultura de mármol, pero era evidente que con tantos años a sus espaldas habían refinado el sutil arte de dosificar la información que pretendidamente era clara, aunque lo último que desearan era ofrecer detalles incriminatorios de un oficial o de una acción cometida por la Metropolitana. Deacon y el propio Hillier aparecieron ante las cámaras. Hillier llevaba su discurso preparado: el accidente en la avenida Shaftesbury fue desafortunado, inesperado, inevitable y cualquier otra palabra con un prefijo negativo sacada del diccionario. Pero los oficiales no iban armados, remarcó, se habían identificado clara y repetidamente como policías, y si el sospechoso huye de la Policía cuando se le quiere interrogar, esos policías van a ir a por él, por razones obvias. En una investigación de asesinato, la seguridad de la gente está por encima de otras consideraciones, sobre todo cuando alguien trata de esquivar a la Policía. Hillier no hizo públicos los nombres de los policías a los que se refería. Eso vendría más tarde, como bien sabía Isabelle, en el desafortunado caso de que fuera necesario echar a alguien a los leones.

Isabelle tuvo una clara idea de quién se trataría. Más tarde llegaron las preguntas de los periodistas, pero no las escuchó. Regresó al trabajo, y seguía allí cuando le pasaron una llamada de Sandra Ardery. No llamaba desde su móvil; una opción inteligente por parte de Sandra, pensó Isabelle, ya que hubiera reconocido el número y no habría contestado. Al revés, la llamada llegó por la centralita y acabó en la línea de Dorothea Harriman. Se acercó personalmente a darle las buenas noticias: Sandra Ardery estaría muy agradecida si pudiera «charlar un rato con usted, jefa. Dice que es por lo de los niños». El tono en que dijo eso señalaba la infundada seguridad de Harriman de que Isabelle iría corriendo a hablar con cualquiera que tuviera algo que decir sobre «los niños».

Isabelle tuvo ganas de descolgar el teléfono y ladrarle «¿Qué?», pero se contuvo. No tenía nada en contra de la mujer de Bob, quien al fin y al cabo había tenido un papel heroico al mantenerse neutral en sus disputas con el que había sido su marido. Asintió con la cabeza a Harriman y cogió la llamada.

La voz de Sandra era susurrante, como siempre. De alguna manera, hablaba como si estuviera haciendo una mala imitación de Marilyn Monroe o estuviera exhalando nubes de humo, aunque ella no se permitía ese placer, que Isabelle supiera.

– Bob me ha dicho que trató de localizarte antes -le dijo Sandra-. ¿Te dejó un mensaje en el móvil? Le dije que probara en el despacho, pero… Ya conoces a Bob.

Ah, sí, pensó Isabelle.

– He estado liada con cosas del trabajo. Hemos tenido un incidente con un tipo en la calle.

– ¿Estás metida en ese lío? ¡Qué horror! Vi la rueda de prensa. Interrumpió mi programa.

Su programa era sobre medicina, como bien sabía Isabelle. No una serie sobre hospitales, sino más bien una intensa incursión científica en la enfermedad, la debilidad y otras muchas aflicciones, mortales y cualquier de otro tipo. Sandra lo veía religiosamente y tomaba abundantes notas, como si así controlara la salud de los niños. Como resultado, regularmente los llevaba al pediatra en un ataque de pánico; el más reciente, cuando a la más pequeña le salió de repente una roncha en el brazo y Sandra creía firmemente que se trataba de un brote de algo llamado mal de Morgellons. La obsesión de Sandra con ese programa era de lo único de lo que Isabelle y Bob Ardery podían reírse juntos.

– Sí, estoy metida en un caso relacionado con ese incidente -le contó Isabelle-, por eso no he podido…

– ¿No tenías que haber estado en la rueda de prensa? ¿No es así como se hace?

– No se hace de una manera particular. ¿Por qué? ¿Me está controlando Bob?

– Oh, no, no. -Eso significaba que sí que la estaba controlando, significaba que probablemente había llamado a su mujer y le había dicho que encendiera rápidamente la televisión porque su ex por fin la había cagado de verdad esta vez y la prueba estaba en ese momento siendo retransmitida para consumo del público-. De todas maneras, no llamo por eso.

– ¿Por qué me llamas? ¿Están bien los chicos?

– Oh, sí, sí. No has de preocuparte. Están tan bien como el tiempo. Un poco ruidosos, normal, algo traviesos…

– Tienen ocho años.

– Claro, claro. No quería insinuar… Isabelle, no te preocupes. Adoro a esos niños. Ya lo sabes. Tan sólo son radicalmente diferentes a las chicas.

– No les gustan las muñecas ni los juegos de té, si es eso a lo que te refieres. Pero no era lo que esperabas de ellos, ¿verdad?

– Para nada, para nada. Son encantadores. Ayer fuimos de excursión, por cierto, los chicos, las chicas y yo. Pensé que les podría gustar la catedral de Canterbury.

– ¿Fuisteis? -«Una catedral», Isabelle pensó para sus adentros. Para chavales de ocho años-. No pensaría…

– Bueno, por supuesto, por supuesto, tienes razón. No fue tan tranquilo como esperaba. Pensé que la parte de Thomas Beckett funcionaría. Sabes lo que quiero decir. ¿Un asesinato en el altar mayor? ¿Esos obispos rebeldes? Y funcionó, en parte. Al principio. Pero mantener su atención fue complicado. Creo que hubieran preferido un viaje a la playa, pero me preocupa tanto la exposición solar…, con el agujero de la capa de ozono, el calentamiento global y la creciente alarma de cáncer de piel. Y ellos no quieren ponerse protección, Isabelle, cosa que, por otra parte, entiendo. Las chicas enseguida se lo pusieron, pero, por la manera en que reaccionan, cualquiera podría pensar que intento torturar a los chicos. ¿Nunca lo usas?

Isabelle tomó aire profundamente.

– Quizá no de manera tan regular como debería haber hecho. Ahora… -dijo.

– Pero es crucial usarlo. Seguro que ya lo sabes…

– Sandra. ¿Hay algo en concreto por lo que me hayas llamado? Tengo un montón de cosas que resolver aquí, ¿sabes?, así que si sólo has llamado para charlar…

– Estás ocupada, estás ocupada. Claro, estás ocupada. Sólo quería decirte que vengas a comer. Los chicos quieren verte.

– No creo que…

– Por favor. Tengo planeado llevar a las niñas a casa de mi madre, así podrás estar a solas con los chicos.

– ¿Y Bob?

– Y a Bob, naturalmente. -Se calló un momento y dijo impulsivamente-: Intenté hacérselo ver, Isabelle. Le expliqué que era justo. Que necesitabas tiempo con ellos. Le conté que os haría la comida y que la tendríais lista, y así podríamos irnos a casa de mi madre. Os dejaríamos a ti con ellos y sería como estar en un restaurante o un hotel, sólo que en nuestra casa. Pero… Me temo que no lo ve de esa manera. Él no quiere. Lo siento tanto, Isabelle. Ya sabes que tiene buenas intenciones.

«No tiene buenas intenciones en absoluto», pensó Isabelle.

– Por favor, ven, ¿lo harás? Los chicos… Creo que están atrapados en medio, ¿tú no? No lo entienden. Bueno, ¿cómo podrían?

– Seguro que Bob se lo ha explicado todo. -Isabelle no se molestó en esconder su amargura.

– No lo ha hecho, no lo ha hecho. Ni una palabra, ni una palabra. Sólo que mamá está en Londres, ajustándose a su nuevo trabajo, tal y como acordasteis.

– Yo no acordé nada. ¿De dónde demonios sacaste la idea de que yo estuve de acuerdo?

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