Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– ¿Me equivoco si digo que la otra persona es Paolo di Fazio? -preguntó Chaplin.
– Mi experiencia me dice que si el río suena, agua lleva -contestó Lynley-. ¿A qué se debió su llamada a Jemima Hastings, señor Chaplin?
Frazer golpeó con sus dedos la mesa de cristal. Cogió unos frutos secos de un bol plateado que había al lado y se los puso en la palma de la mano.
– Era una chica estupenda. Eso se lo puedo decir a usted y a cualquiera que me pregunte. Pero pese a que podría haberla visto alguna vez fuera…
– ¿Fuera?
– Fuera de los apartamentos de la señora McHaggis. Pese a que podría haberla visto alguna vez en el pub, en High Street, quizá comimos o fuimos al cine, no pasamos de eso. También le digo que a ojos de los demás podría parecer que estábamos juntos. Si le soy sincero, la propia Jemima podría haberlo pensado. Todas las veces que vino a la pista de hielo, sus citas con la gitana que lee las manos, este tipo de cosas que hacen pensar que nos estábamos viendo. Pero ¿más allá de ser agradable con ella? ¿Más allá de ser agradable con alguien con quien compartía apartamento? ¿Más que tratar de tener o mantener una amistad…? Eso son imaginaciones, inspector.
– ¿De quién?
– ¿Cómo?
– ¿Imaginaciones de quién?
Se metió los frutos secos en la boca y luego lanzó un suspiro.
– Inspector, Jemima sacó conclusiones. ¿No le ha pasado nunca con ninguna mujer? La estás invitando a una cerveza y, de repente, te ves casado, con hijos y en medio del campo en una casa con rosales en el jardín. ¿No le ha pasado alguna vez?
– No que yo recuerde.
– Pues tiene suerte, porque a mí sí que me ha sucedido.
– Hábleme de la llamada que le hizo el día que murió.
– Le juro por el Espíritu Santo que no recuerdo haberla llamado. Y si lo hice fue, como dice, porque me estuvo llamando ella, porque no le cogía el teléfono para evitarla. O al menos eso intentaba. Ella me perseguía. No voy a negarlo. Pero de ningún modo le daba pie a la muchacha.
– ¿Y el día de su muerte?
– ¿Qué pasa?
– Dígame dónde estuvo. Qué hizo. Qué vio.
– Ya se lo he contado a los otros dos…
– Pero no a mí. Y a veces hay detalles que se pueden perder u olvidar cuando se escribe el informe. Sígame la corriente.
– No hay nada más que añadir. Hice mi turno en la pista de hielo, fui a casa a ducharme y a cambiarme. Vine aquí. Es lo que hago cada día, por Dios. Cualquiera se lo puede confirmar, así que puede dejar de pensar en que me escabullí de algún modo para matar a Jemima Hastings. Sobre todo porque no tenía una maldita razón para hacerlo.
– ¿Cómo viene hasta aquí desde la pista de hielo, señor Chaplin?
– Tengo una moto.
– Tiene una moto…
– Sí. Y si está pensado que me dio tiempo a zafarme del tráfico, llegar a Stoke Newington y regresar aquí… Bien, lo mejor es que me acompañe. -Frazer se levantó, cogió unos cuantos frutos secos más y se los metió en la boca. Habló un segundo con Heinrich, y Lynley le siguió fuera del bar y del hotel.
Al fondo del callejón estaba Saint James Place, donde Frazer Chaplin había aparcado su moto. Era una Vespa, el tipo de motos que se pueden ver zigzagueando por las calles de cualquier ciudad italiana. Pero, al contrario que esas motos, la de Chaplin no estaba pintada de un inconfundible y chillón verde lima, sino que también estaba cubierta de pegatinas de color rojo que publicitaban un producto llamado Dragon Fly Tonics, convirtiendo la moto en una suerte de tablón de anuncios móvil no muy diferente de los taxis negros que de vez en cuando se veían por la ciudad.
– ¿Cree que estoy lo suficientemente loco como para ir a Stoke Newington en esto? -dijo Chaplin-. ¿Como para dejarla aparcada por ahí y en un momento matar a Jemima? ¿Por quién me toma, hombre, por un loco? ¿Sería capaz de olvidar que has visto una cosa así aparcada por ahí? Yo no lo haría y creo que nadie podría olvidarse. Haga una maldita foto si quiere. Enséñela por ahí. Pregunte por la calle y por las casas, y verá que tengo razón.
– ¿Razón con respecto a qué?
– Con respecto a que yo no maté a Jemima.
Cuando la Policía le pregunta en la grabación a Ian Barker: «¿Por qué desnudaste al bebé?», no responde. Su abuela teje detrás de ellos, una silla está tirada en el suelo y alguien golpea la mesa. «Sabías que el bebé estaba desnudo, ¿verdad? Cuando lo encontramos estaba desnudo. Lo sabías, ¿verdad, Ian?». Ésas son las siguientes preguntas, a las que les sigue: «Le dejasteis desnudo antes de que le golpearas con el cepillo del pelo. Tus huellas están en ese cepillo, por eso lo sabemos. ¿Por qué estabas enfadado, Ian? ¿Qué te había hecho Johnny para que te enfadaras así? ¿Le querías castigar con el cepillo?».
Finalmente, Ian dice: «No le hice nada a ese niño. Pregúntale a Reggie. Pregúntale a Mickey. Mickey fue el que le cambió el pañal. Él era el que sabía cómo. Tiene hermanos. Yo no. Y Reggie fue quien mangó los plátanos, ¿eh?».
Michael responde a lo del cepillo: «Yo nunca, nunca. Ian me dijo que se había cagado. Ian dijo que se suponía que yo tenía que cambiarle. Pero yo nunca». Cuando se le pregunta por los plátanos, se pone a llorar. En última instancia, dice: «Tenía caca, sí. Ese bebé estaba en la mugre del suelo… Estaba allí tumbado…». Sus lloros se convierten en gemidos.
Reggie Arnold se dirige a su madre, como antes, diciéndole: «Mami, mami, no había ningún cepillo. Nunca dejé desnudo al bebé. Nunca le toqué. Mami, nunca toqué a ese bebé. Mickey le golpeó, mamá. Él estaba en el suelo y le dio en la cara porque… Mamá, debió de caerse. Y Mickey le golpeó».
Cuando se entera de la acusación de Reggie, seguida de la de Ian, Michael Spargo finalmente comienza a contar el resto de la historia en lo que parece un intento de defenderse contra lo que cree que es un ataque de los otros dos chicos echándole toda la culpa a él. Admite que le dio con el pie a John Dresser, pero asegura que sólo fue para darle la vuelta al crío, «para ayudarle a respirar mejor».
De aquí en adelante, los detalles escabrosos comienzan poco a poco a salir: los golpes al pequeño John Dresser con los pies, el uso de tubos de cobre como espadas o látigos, y, en último término, de bloques de hormigón abandonados. Michael no quiere contar enteramente ciertas partes de la historia (los detalles exactos de lo que pasó con los plátanos o el cepillo, por ejemplo), y los otros dos chicos también guardan silencio sobre esas pruebas cuando se les pregunta. Pero la autopsia del cuerpo de John Dresser, sumada a la angustia que revelan los chicos cuando el asunto del cepillo aparece, indica el componente sexual del crimen y su horrible violencia confirma la profunda rabia que los chicos descargaron en los últimos minutos de vida del pequeño.
Una vez obtenida la confesión de los chicos, la acusación de la Corona [23] tomó la inusual y polémica decisión de no presentar al juez durante el juicio posterior el listado completo de las heridas que sufrió John Dresser tras su muerte. Su razonamiento tenía una doble intención. Primero, los chicos habían confesado y tenían las grabaciones de las cámaras de vigilancia, disponían de testigos y de abundantes pruebas forenses, y todas ellas inculpaban sin ninguna duda a Ian Barker, Michael Spargo y Reggie Arnold. Segundo, sabían que Donna y Alan Dresser estarían en el juicio, estaban en su derecho, y el CPS no quiso alimentar la agonía de los padres revelándoles toda la brutalidad con la que se ensañaron con su hijo antes y después de muerto. ¿No era suficiente, pensaron, saber que su hijo casi recién nacido había sido raptado, llevado a rastras por el pueblo, apedreado con trozos de hormigón y abandonado en un lavabo portátil? Además, tenían las confesiones completas de al menos dos de los chicos (Ian Barker sólo se atrevió a confesar que sí estaba en Barriers ese día y que vio a John Dresser, antes de mantener firmemente durante el resto de los interrogatorios que «quizá hice algo y quizá no») y más que eso les pareció innecesario de cara a una condena. Se podría discutir, sin embargo, la existencia de una tercera razón, debido al silencio de la fiscalía en torno a las heridas internas de John Dresser: si la existencia de esas heridas se hubiera hecho pública, aparecerían las consiguientes preguntas sobre el estado mental de los asesinos, y esas preguntas hubieran llevado ineluctablemente al jurado a considerar el decreto del Parlamento de 1957 que declara que una persona «no debe ser condenada a muerte si sufre de una anomalía mental…, pues sustancialmente disminuye la responsabilidad mental de sus actos en el momento del crimen». «Anomalía mental» es aquí el concepto clave, y las nuevas heridas de John indicaban una profunda anomalía en los tres asesinos. Pero un veredicto de homicidio habría sido impensable, considerando el ambiente en el que fueron juzgados los chicos. El tribunal fue trasladado en varias ocasiones y, mientras tanto, el asesinato pasó de ser un asunto nacional a uno internacional. Shakespeare dijo que «la sangre llama a la sangre», y esta situación era el mejor ejemplo.
[23] Crown Prosecutors Service (CPS) es el equivalente en el Reino Unido a la acusación fiscal en España.