Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Gina miró el pequeño paquete envuelto en papel, pero no lo cogió. Sus arqueadas cejas se juntaron.
– ¿Qué es esto?
Meredith no había tenido ni un minuto para pensar que lo que había encontrado podría no pertenecer a Gina. Lo había descubierto en su cuarto, por lo tanto dedujo que era suyo. Lo recogió de su mano y lo desenrolló hasta que apareció algo dorado de forma circular. De nuevo, lo sujetó y se lo enseñó a Gina. La chica lo cogió y lo aguantó en la palma de su mano.
– ¿Crees que es de verdad, Meredith?
– ¿De verdad?
– De oro. -Gina se quedó mirándolo de cerca-. Es oro, ¿no? Mira qué gastado está. Parece tener la forma de una cabeza. Y tiene unas letras grabadas en él. -Lo miraron con detenimiento-. Creo que es una moneda. Como una medalla, una especie de trofeo. ¿Tienes una lupa?
Meredith se acordó de que su madre usaba una pequeña para introducir el hilo de su máquina de coser. Fue a buscarla y volvió con ella. Gina miró a través de ella para averiguar qué estaba dibujado en el anillo.
– La cabeza de un tipo, bien. Lleva puesta una de esas coronas antiguas.
– ¿Como la que un rey llevaría en una batalla, sobre su armadura?
Gina asintió.
– También hay palabras grabadas, pero no consigo entender lo que pone. No parece que sea inglés.
Meredith pensó. Una moneda o una medalla, presumiblemente de oro, un rey, palabras en un idioma extranjero. Pensó también en dónde vivían, en New Forest, un sitio que tiempo atrás era zona de caza de Guillermo, el Conquistador. No hablaba inglés. Nadie en la corte hablaba entonces inglés. Su idioma era el francés.
– ¿Es francés? -preguntó.
– No estoy segura. Échale un vistazo. No es fácil leer lo que pone.
No lo era. Las letras estaban muy borrosas por el tiempo y el uso. Era ilegible, como cualquier moneda que pasase de mano en mano.
– Espero que tenga algún valor -dijo Gina-. Sólo porque es de oro, si es que es de oro de verdad. Supongo que puede ser de cualquier otro material.
– ¿De qué? -dijo Meredith.
– No sé. ¿Latón? ¿Bronce?
– ¿Por qué iba a esconder nadie una moneda de latón? ¿O de bronce? Debe de ser de oro. -Levantó la cabeza-. La única pregunta es que si no es tuya…
– ¿Sinceramente? No la había visto en mi vida.
– Entonces, ¿cómo acabó en tu habitación?
– La verdad, Meredith, si entraste en mi habitación tan fácilmente…
– Otra persona pudo haber hecho lo mismo. Y dejar la moneda detrás del lavamanos.
– ¿Ahí la encontraste? -Gina parecía tranquila, reflexionando sobre el asunto-. Bueno, o bien quien tenía alquilada la habitación antes escondió la moneda, se marchó corriendo y se olvidó de ella… o bien alguien la puso allí mientras yo ocupaba la habitación.
– Tenemos que averiguar quién ha sido -dijo Meredith.
– Estoy de acuerdo.
Capítulo 22
Lynley contestó la llamada de Isabelle Ardery en cuanto salió de El Paraíso Médium. Por suerte, había puesto el teléfono en vibración, porque si no, no hubiese podido oírlo, debido a la música turca que sonaba en la tienda.
– Espera, tengo que salir de aquí -dijo.
– … ha sido el trabajo más rápido que ha logrado hacer -murmuraba Isabelle Ardery cuando Lynley activó de nuevo el teléfono nada más llegar a la calle.
A la pregunta de Lynley, le repitió lo que le había estado diciendo: el inspector John Stewart, en un alarde admirable de lo que era capaz de hacer cuando no complicaba deliberadamente las cosas, había rastreado todas las llamadas entrantes y salientes del móvil de Jemima Hastings los días previos a su muerte, el día en que murió y también los días siguientes.
– Tenemos una llamada hecha desde el estanco el mismo día en que fue asesinada -dijo Ardery.
– ¿Jayson Druther?
– Lo confirmó. Dijo que llamó por un pedido de puros cubanos. No los encontraba. Su hermano también llamó, y también Frazer Chaplin y… Te anuncio que me he dejado lo más suculento para el final. Gordon Jossie también la llamó.
– Estuvo también allí…
– Estaba su número, ahí mismito. El mismo que aparecía en las postales que colocó en los alrededores de la galería y del Covent Garden. Interesante, ¿no?
– ¿Qué es lo que hemos conseguido de las torres de telefonía móvil? -preguntó Lynley-. ¿Nada todavía?
Pretendían rastrear la localización de las llamadas al teléfono de Jemima en el momento en que se hicieron, y situar la conexión del móvil sólo se podía conseguir desde esas torres. No podían dar con la ubicación exacta de la llamada, pero les acercaría al lugar concreto.
– John está en ello. Va a llevarle algo de tiempo.
– ¿Llamadas tras su muerte?
– Había mensajes de Yolanda, de Rob Hastings, Jayson Druther, de Paolo di Fazio.
– ¿Nada de Abott Langer o Frazer Chaplin? ¿Nada de Jossie?
– Nada. No después de su muerte. Me da la sensación de que alguno de estos tipos sabía que ya no tenía sentido llamarla, ¿no crees?
– ¿Y qué puedes decirme de las llamadas que hizo el día que murió?
– Tres a Frazer Chaplin, antes de la que recibió de él; y una a Abott Langer. Sería preciso hablar con ellos otra vez.
Lynley le dijo que se pondría a ello. Estaba a pocos metros de la pista de hielo.
Le explicó lo que Yolanda le había dicho de su último encuentro con Jemima. Si ésta había acudido a la médium en busca de consejo sobre secretos que tenían que salir a la luz, Lynley creía que esos secretos tenían que ver con un hombre. En tanto que Jemima podría haberse enamorado del irlandés, si la médium no le había mentido, no era descabellado que él fuera el destinatario de uno de esos secretos que necesitaba sacarse de encima. Le señaló a la superintendente que, por supuesto, no obviaba que había otros potenciales destinatarios del mensaje de Jemima: Abott Langer podía ser uno, como también Paolo di Fazio, Jayson Druther, Yukio Matsumoto y todo hombre que hubiera sido importante en su vida, como Gordon Jossie, además de su hermano Rob.
– Habla primero con Chaplin y Langer -le dijo Ardery cuando terminó-. Seguiremos escarbando hasta el final. -Se quedó callada por un momento, antes de añadir-: ¿Secretos que han de salir a la luz? ¿Eso es lo que te contó? ¿Te das cuenta de que Yolanda te está contando su propia versión, Thomas?
Lynley estuvo pensado lo que Yolanda le dijo sobre él, sobre su aura, sobre el regreso a su vida de una mujer, una mujer que se había ido, pero no del todo, que jamás había podido olvidar. Tenía que admitir que no sabía cuánto de lo que Yolanda había dicho se basaba en su intuición, en haber observado las sutiles reacciones de su interlocutor mientras hablaba, y en lo que le llegaba del «más allá». Pensó en que se podían restar de todas las cosas que predecía aquellas que no estuvieran basadas en hechos, y dijo:
– Pero cuando hablaba de Jemima, jefa, no hizo ninguna predicción. Sólo explicaba lo que Jemima le había contado.
– Isabelle -le corrigió-. No es jefa. Llámame Isabelle, Thomas.
Se quedó callado por un momento, recapacitando.
– Isabelle, entonces -dijo finalmente-. Yolanda me ha explicado lo que Jemima le contó.
– Pero a ella le interesa desviarnos de nuestro camino si es que escondió el bolso en el cubo.
– Cierto. Pero cualquier otra persona podía haberlo dejado allá. Y ella podría estar protegiendo a esa persona. Deja que hable con Abott Langer.
Los registros obtenidos del teléfono móvil de Jemima significaron para Isabelle buenas y malas noticias a la vez. Cualquier pista que les llevara en dirección al asesino tenía que ser algo bueno. Al mismo tiempo, cualquier pista que los desviara de Yukio Matsumoto como sospechoso ponía en peligro su posición. Una cosa era que, persiguiendo al asesino, éste fuera arrollado por un taxi y quedara seriamente herido. Era malo para su situación, pero no nefasto. Otra cosa era que un inocente paciente psiquiátrico sin medicar fuera herido al huir de Dios sabe qué, de alguna invención de su febril mente. No tenía buena pinta, en esa época en que se identificaba por error como terroristas a gente corriente y se la liquidaba tras un horrible tiroteo. Para bien o para mal, con llamadas de móvil o no, necesitaban algo definitivo, algo férreo, que cavara la tumba de Matsumoto.