Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– Acaba de empezar a trabajar en Gerber & Hudson como recepcionista, ¿de acuerdo?
Gina asintió, pero parecía asustada, como si los padres de Meredith fueran a telefonear a Gordon Jossie y decirle su paradero si llegaba a equivocarse en alguna parte de la historia que acababan de inventar.
Se relajó un poco en cuanto Cammie salió de la casa trotando y gritando:
– ¡Mamá, mamá! -La pequeña se arrojó a las faldas de Meredith y rodeó con fuerza sus piernas-. La abuela quiere saber dónde has estado, mami. -Entonces le dijo a Gina-: Mi nombre es Cammie. ¿Cuál es el tuyo?
Gina sonrió y Meredith pudo ver que se le distendían los hombros, como si la tensión se escapara de ellos.
– Soy Gina.
– Tengo cinco años -le dijo Cammie, mostrándole a la vez su edad con los dedos de la mano, mientras Meredith se la subía a la cadera-. Cumpliré seis el año que viene, pero para eso falta mucho, porque acabo de cumplir cinco en mayo. Hicimos una fiesta. ¿Tú celebras tu cumpleaños con una fiesta?
– Hace mucho que no.
– Eso es malo. Las fiestas de cumpleaños son maravillosas, sobre todo si hay pastel.
Y entonces, como siempre sucedía, Cammie comenzó otra conversación.
– Mami, la abuela está enfadada porque no la llamaste para avisarle de que llegarías tarde. Deberías haberla llamado.
– Me disculparé. -Meredith besó a su hija con tanto ruido como pudo, tal y como le gustaba a Cammie. La dejó en el suelo-. ¿Puedes correr dentro y decirle que tenemos compañía, Cam?
Si Janet Powell se había enfadado, cualquier tipo de rencor que pudiera sentir se disipó cuando Meredith hizo pasar a Gina dentro de la casa. Sus padres eran más que hospitalarios. En cuanto Meredith les contó la falsa historia del escape de gas en el Mad Hatter Tea Rooms, no hubo más que decir.
– Terrible, terrible, cariño -murmuró Janet, y le dio una palmadita a Gina en la espalda-. Bueno, no podemos dejar que te quedes allí, ¿verdad? Siéntate y deja que te prepare un buen plato de ensalada de jamón. Cammie, lleva la mochila de Gina a la habitación de mami y ponle toallas limpias en el baño. Y pregúntale a tu abuelo si limpiará la bañera.
Cammie se fue correteando a hacer todas esas cosas, chillando que incluso le dejaría a Gina usar sus toallitas de conejitos y gritó:
– ¡Abuelo! Tenemos que limpiar la bañera, tú y yo.
Gina se sentó a la mesa.
Meredith ayudó a su madre a hacer la ensalada de jamón. Ni ella ni Gina tenían hambre -¿cómo podían tener hambre después de todo lo que había sucedido?-, pero ambas hicieron un esfuerzo.
Como si algo en el lenguaje no verbal dijera que, si no lo hacían, levantarían más sospechas. Y lo último que necesitaban eran más sospechas.
Gina siguió la corriente de la historia del escape de gas con facilidad. Meredith pensó que de haber estado en su lugar no hubiera podido controlarlo. De hecho, enseguida comenzó a charlar con Janet Powell sobre su vida, su matrimonio con el padre de Meredith, la maternidad y el ser abuela. Meredith pudo ver que su madre estaba absolutamente seducida.
La tarde discurrió plácidamente. Al anochecer, Meredith se sentía más relajada. Ambas estaban a salvo, por ahora. Al día siguiente ya tendrían tiempo para pensar en el próximo paso que debían dar.
Empezó a ver que se había equivocado con Gina Dickens. No era más que una víctima, del mismo modo que Jemima lo había sido. Cada una había cometido el mismo error: por alguna razón que se le escapaba, las dos se habían enamorado de Gordon Jossie, y Gordon Jossie las había engañado.
No acertaba a comprender porqué dos mujeres inteligentes no habían podido ver a Gordon por lo que tan obviamente era, pero tenía que admitir que su desconfianza hacia los hombres no era algo que compartiera con las otras mujeres. Además, la gente aprende de sus propias experiencias con el sexo opuesto; no por lo que cuentan los demás sobre sus relaciones fallidas.
Éste había sido el caso de Jemima, y era indudablemente el de Gina. Ahora estaba aprendiendo, cierto, aunque parecía que no quería creer lo que sucedía.
– Aún pienso que no le hizo daño -dijo Gina en voz baja cuando estuvieron a solas en la habitación de Meredith. Y antes de que Meredith pudiera lanzar algún comentario ácido al respecto, añadió-: De todas maneras, gracias. Es usted una amiga de verdad, Meredith. Y su madre es encantadora. Y Cammie. Y su padre. Tiene mucha suerte.
Meredith pensó en ello.
– Durante mucho tiempo, no me lo parecía.
Le contó a Gina lo del padre de Cammie. Le contó toda la horrible historia.
– Cuando me negué a abortar, todo terminó. Él me amenazó con que tendría que probar ante el juez que él era el padre, pero a esas alturas ya me daba igual.
– ¿No le ayuda en nada? ¿No le pasa dinero a la niña?
– Si me enviara un cheque, lo quemaría. Tal y como yo lo veo, es él quien sale perdiendo. Yo tengo a Cammie y él jamás la conocerá.
– Y ella, ¿qué es lo que piensa de su padre?
– Sabe que hay niños que tienen padre y otros que no. Creímos en su momento, mi madre, mi padre y yo, que si no hacíamos una tragedia de ello, no lo vería de esa manera.
– Pero debe hacer preguntas al respecto.
– A veces. Pero al final está más interesada en ir a ver a las nutrias al zoológico, así que no tenemos muchas ocasiones para hablar del tema. En su momento, le contaré alguna versión de lo que pasó, cuando sea algo mayor.
Meredith se encogió de hombros y Gina le apretó la mano. Estaban sentadas en el borde de la cama, bajo la tenue luz de la lamparita de la mesa de noche. Menos por sus susurros, la casa estaba en completo silencio.
– Creo que sabes que hiciste lo correcto, pero no ha sido fácil, ¿verdad?
Meredith negó con la cabeza. Agradecía esa comprensión, porque sabía que a ojos de los demás todo aquello parecía que hubiera sido fácil para ella. Nunca había hablado del tema de esa manera. Después de todo, vivía con sus padres, que querían a Cammie. La madre de Meredith cuidaba a la niña mientras Meredith estaba en el trabajo. ¿Qué podía ser más fácil? Se le ocurrían muchas otras cosas, por supuesto, y en el primer puesto de esa lista estaba ser soltera, libre, poder estudiar la carrera en Londres, que tuvo que dejar. Todo eso se había ido, pero no lo había olvidado.
Meredith parpadeó rápido cuando se dio cuenta de todo lo que había pasado desde que no tenía una amiga de verdad, alguien de su edad.
– Ya -le dijo a Gina, y le vino a la cabeza lo que la amistad significa: contarse confidencias, no guardarse secretos. Y era necesario compartir esas cosas.
– Gina -dijo, e inspiró profundamente-. Tengo algo que es tuyo.
Gina la miró extrañada.
– ¿Mío? ¿El qué?
Meredith fue a por su bolsa, que estaba encima de la cómoda. Vació lo que había dentro al lado de Gina y rebuscó entre las cosas hasta que encontró lo que andaba buscando: el pequeño paquete que cogió de detrás del lavabo de Gina, en su habitación. Lo sujetó en su palma y se lo enseñó.
– Entré en tu habitación. -Sintió como su cara se ponía roja-. Estaba buscando algo que me dijera… -Meredith pensó sobre ello. ¿Qué había estado buscando? No lo supo entonces, y no lo sabía ahora-. No sé qué es lo que estaba buscando, pero esto es lo que encontré, y lo cogí. Lo siento. Sé que hice algo horrible.