Fashionista
- Автор: Messina Lynn
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Fashionista». Краткое содержание книги:
Vig Morgan por fin ha conseguido dejar de ser la ayudante de la dictatorial y repelente directora, solo para verse metida en un mar de conspiradores. Pero Vig no es como las demás editoras en la super cool Fashionista. Para empezar, a ella le da igual qué diseñador viste a las estrellas del momento. Es inteligente, astuta y tan ambiciosa como cualquier persona inteligente y mal pagada, pero nunca tomaría parte en un complot para defenestrar a su jefa. ¿O sí?
Salta con Vig a las turbulentas aguas -conspiraciones, puñaladas por la espalda, libertad de expresión, coqueteos y alta costura- a las que se enfrenta cuando decide unirse a un compló de lacayos que quieren cargarse a la abeja reina, con inesperados -pero no necesariamente decepcionantes- resultados.
No es una relación, es una lista interminable. El primer «término de referencia» es: hablar con Roger para ver en qué situación estamos.
– Ya he hablado con él, pero ha sido muy evasivo. Le pregunté si esta relación tenía sentido para él y Roger insistía en decir: «ya veremos». Como si yo fuera un coche que no se decide a comprar.
Está estudiando los pros y los contras de casarse con Maya. Está decidiendo si casarse con ella le beneficiará o no. ¿Su nombre ganará lustre asociado al de Maya? Aún no lo sabe.
Roger es así de calculador, como un personaje de Edith Wharton, de los que ya no existen. O una cree que no existen. Parece una buena persona, pero sólo tienes que acercarte un poco para descubrir que no lo es.
– Ha sido un error desde el principio -digo yo, devolviéndole el papel.
No quiero saber nada sobre «términos de referencia». La respuesta a un objetivo que no se consigue no son cuarenta objetivos más.
– Regla número uno: nunca salgas con un hombre que lleva camisas con sus iniciales bordadas.
– Lo sé, lo sé -suspira Maya, apoyando la cabeza sobre la barra-. Era de esperar, ¿verdad?
Yo asiento y pido otra ronda.
Mi día 102
Llevaba tres meses como ayudante de Jane cuando llegó el fax. Antes de que la conveniente máquina se pusiera a escupir papeles, ya se había convertido en una inconveniencia para mí. Tuve que recorrerme toda la avenida Washington y esperar media hora hasta que la encontraron en el almacén. Y encima, en lugar de llevarla a mi apartamento, la llevaron a la revista y tuve que cargar con ella hasta mi casa.
Nadie me había dicho que el fax llegaría a Fashionista y cuando le pregunté a Harvey, el director de compras, se excusó diciendo que tenía que pedir grapas al almacén.
Jane solía llamar a casa por las noches para pedirme que enviase un fax a la revista, a algún escritor, a algún famoso o a sus padres. Cuando le recordaba que yo no tenía fax, siempre parecía quedarse vagamente sorprendida, como si yo subsistiera sin pan y agua.
Y decidió arreglar el desaguisado (No, no tienes que darme las gracias. Yo soy así de generosa) y tratar mi apartamento como si fuera un anexo de Fashionista.
Las peticiones de medianoche empezaron a apilarse (sigue siendo la hora de comer en Tokyo) y una semana después de hacer turno de tumba dejé de contestar el teléfono. Jane me dejaba largos y suspicaces mensajes del tipo:
«Contesta, Vig. ¿Estás ahí, Vig? Vig, si estás ahí, esto es muy importante. El futuro de la revista depende de ello. No juegues conmigo, Vig. Muy bien, Vig, esto es lo que necesito que hagas si vuelves pronto a casa…»
Y después se ponía a dictarme cartas que yo debía pasar al ordenador o enviar por fax inmediatamente. Pero nunca escribía esas cartas inmediatamente. Siempre esperaba hasta el día siguiente y Jane no parecía notar la diferencia.
Y entonces un día empezó a enviarme faxes: contratos, artículos, informes… y esperaba que los tuviese hechos por la mañana.
– ¿Dónde está el informe de gastos? Lo necesito para las once.
– Dame los presupuestos que te envié anoche. Los necesito para la reunión de las diez.
– Lleva la lista de invitados al departamento de publicidad ahora mismo. Llevan dos días pidiéndola.
En cuanto me di cuenta de lo que estaba pasando, decidí ponerle freno. Desconecté el fax y puse cara de tonta cuando Jane me preguntó qué le pasaba.
Dos horas después había un técnico en la puerta de mi casa que, haciendo uso de su larga experiencia en la reparación de todo tipo de artilugio eléctrico, enseguida descubrió cuál era el problema: no estaba enchufado. El hombre me recordó que, en general, las cosas eléctricas sólo funcionan con electricidad. Yo dije que sí a todo y cuando se marchó le arranqué un cable al aparato. Otro técnico apareció unas horas después y se quedó de piedra al ver el desastre.
– ¿Tiene usted algún sobrinito o sobrinita al que le guste jugar con cables? -me preguntó.
Pasamos varios meses repitiendo la operación. Jane me mandaba un técnico y yo arrancaba cables. Jane estaba cada vez más suspicaz, pero no podía probar nada. Cuando mi fax sufrió un inexplicable cortocircuito (no tengo ni idea de qué puede ser ese líquido naranja, señor mío), el técnico sacudió la cabeza.
Después de eso, Jane me amenazó, pero nunca llevó a cabo sus amenazas. Y tampoco me compró otro fax. Para entonces yo ya era una experta y sabía de esas máquinas más que los técnicos que intentaban repararlas.
En la guerra vale todo, ya sabes.
Me lo pienso
Maya trabaja con extraños. Trabaja como free lance en varias revistas y aunque ve a la misma gente mes tras mes, apenas existe para ellos. Nunca la han presentado en una reunión y su vida no le interesa a nadie. Cuando estornuda nadie dice «Jesús», cuando aparece bronceada nadie le pregunta dónde ha estado, cuando se pone un jersey nuevo, nadie le hace un cumplido.
– Si fuera cualquier jersey, no habría esperado nada -me dice, terminándose el tercer cosmopolitan.
A través de las ventanas del Paramount veo que se encienden las luces de la ciudad. Estoy pensando volver a la redacción para apagar el ordenador y la vela cuando el camarero aparece con otra ronda. Me quedo donde estoy. Si Christine no apaga mi vela, como buen producto del Medio Oeste que es (luchemos juntos contra el fuego), la apagará la señora de la limpieza.
– Pero es que no era cualquier jersey -sigue Maya, dolida-. Tenía lentejuelas rosas bordadas alrededor de las mangas y el escote. Era monísimo.
– ¿Y no dijeron una palabra?
– Nada -contesta ella, con tristeza-. Y yo tenía toda la conversación planeada en mi cabeza. Ellos dirían: «qué jersey más mono». Y yo diría: «Gracias, lo he comprado en la tienda de Donna Karan en Ithaca». Y ellos me dirían: «¿Has estado en Ithaca este fin de semana?». Y yo les diría: «Pues sí, con un amigo. Hemos ido a hacer rafting».
Maya trabajó como correctora free lance para Fashionista, pero lo dejó unos meses más tarde porque no podía soportar cómo hacíamos las cosas. No podía soportar tener que discutir cada coma y odiaba tener que justificar al margen cada corrección. Ser corrector es un trabajo que requiere exagerada atención a los detalles y, además, es un trabajo con muy poco glamour. Fashionista, con su sistema de notitas, hace que el proceso sea interminable.
– Hacía calor, pero no me quité el jersey esperando que alguien me dijera algo.
– Casi todas las esperanzas son vanas -digo yo, muy filosófica.
Normalmente, Maya me habría contradicho, pero hoy no se siente muy optimista. Roger y Marcia, ya te he contado.
– Me he involucrado en un complot -le cuento entonces, para animarla. Además, llevo veinticuatro horas pensándolo y tengo que decirlo. Si no lo hago ahora, callaré para siempre.
– ¿Qué?
Estoy segura de que no hay nadie de Fashionista en el bar, pero miro alrededor, por si acaso.
– Que voy a tomar parte en un complot para echar a la directora de Fashionista.
Maya abre los ojos desmesuradamente.
– ¿Un complot?
– Un complot.
– ¿Qué clase de complot? -pregunta mi amiga, muy interesada. He conseguido que se olvide de sus problemas por un momento. Bien.
Le cuento la historia y Maya me pide detalles.
– ¿Gavin Marshall? -repite, arrugando el entrecejo.
– Yo tampoco había oído hablar de él, pero es un artista muy conocido en Inglaterra. Por lo visto, su padre es conde y nació en una mansión que ahora es patrimonio histórico artístico. Y su abuelo fue ministro durante la guerra de Crimea. Estudió en Eton, en Oxford… creo que lo único que le ha resultado difícil en la vida fue convencer a su padre para que le dejase tirar una vaca a la piscina.