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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– ¡Y que Howard lo odie! -señaló Fleur-. Oh, qué historia tan terrible. ¡Y la pobre Barbara! ¿Quería a Gerald?

Ruben hizo un gesto de ignorancia.

– Tío George no contó nada al respecto. Pero si lo que realmente deseaba era casarse con mi padre…, su amor por Gerald no debió de ser muy grande.

– Lo que Gerald le reprochó a Howard. ¿O puede que no fuera de su agrado tener que casarse con Barbara? No, ¡qué horrible habría sido! -Fleur había empalidecido. Las buenas historias siempre la afectaban.

– Éstos son, en cualquier caso, los secretos de Kiward y O’Keefe Station -concluyó Ruben-. Y con este legado vamos a llegar y decirles a mi padre y a tu abuelo que queremos casarnos. Unas condiciones previas insuperables, ¿no crees? -Rio con amargura.

Y todavía serán peores cuando Gerald oiga sonar campanas, pensó Paul alegrándose ya de la tristeza ajena. ¡Había merecido la pena la excursión a los pies de los Alpes! Pero ahora debía marcharse. Volvió sin hacer ruido a su caballo.

2

Paul llegó a la granja de los O’Keefe justo cuando la clase estaba finalizando, pero no se atrevió a penetrar en el campo visual de Helen, sino que esperó a los otros niños de Kiward Station en el recodo más próximo del camino. Marama le sonrió alegre y montó en el poni detrás de él sin hacerle grandes preguntas.

Tonga observaba con expresión amarga. El hecho de que Paul tuviera un caballo, mientras que él tenía que recorrer el largo camino a la escuela a pie o alojarse en otro poblado durante el período escolar, echaba más sal a su herida. Por regla general, Tonga prefería lo primero, pues se situaba en el centro de los acontecimientos y no quería de ninguna de las maneras perder de vista a su enemigo. Al mismo tiempo, el cariño que Marama profesaba a Paul era como llevar una espina clavada. Sentía la inclinación de la niña hacia el joven como una traición; un punto de vista que los adultos de la tribu no compartían con él. Para los maoríes, Paul era el hermano de leche de Marama, y ella, como era natural, lo quería. No consideraban a los pakeha rivales, ni tampoco a sus hijos. Tonga cada vez se apartaba más de tal opinión. En los últimos tiempos anhelaba muchas cosas de las que Paul y los otros blancos ya disponían. Le habría gustado tener caballos, libros y juguetes de colores y vivir en una casa como Kiward Station. Su familia y su tribu, incluida Marama, no lo entendían, pero Tonga se sentía engañado.

– ¡Le diré a Miss Helen que has hecho novillos! -gritó a su enemigo mortal, mientras Paul se alejaba trotando. Pero el joven sólo se burló. Tonga hizo rechinar los dientes. Era factible que no llegara a chivarse. No era digno del hijo de un jefe descender al rango de soplón. El castigo, relativamente suave, que Paul se ganaría no era proporcionado.

– ¿Dónde estabas? -preguntó Marama con su voz cantarina cuando los dos se hubieron alejado lo suficiente de Tonga-. Miss Helen te buscaba.

– ¡He descubierto secretos! -contestó Paul dándose importancia-. ¡No te podrás creer lo que he encontrado!

– ¿Has encontrado un tesoro? -inquirió Marama con dulzura. No parecía que el asunto le resultara especialmente interesante. Como la mayoría de los maoríes no se preocupaba demasiado por las cosas que los pakeha consideraban de valor. Si hubieran tendido a Marama un lingote de oro y una piedra de jade, seguramente se habría decantado por la segunda.

– No, ya te lo he dicho, ¡un secreto! Sobre Ruben y Fleur. ¡Se lo montan! -Paul esperaba impaciente la reacción de Marama. Ésta no tardó en llegar.

– ¡Ah, ya sé que se quieren! ¡Todo el mundo lo sabe! -afirmó con toda tranquilidad Marama. Probablemente consideraba algo natural que los dos pasaran de los sentimientos a los actos. En las tribus, la moral sexual era muy laxa. Mientras una pareja se amara a puerta cerrada, la gente se limitaba a no prestar atención. Sin embargo, si los dos se preparaban un lecho común en la casa de la comunidad, el matrimonio quedaba establecido. Esto ocurría de forma discreta la mayoría de las veces, sin las gestiones preliminares de los padres. Asimismo, las grandes celebraciones para festejar un enlace no solían ser habituales.

– ¡Pero no pueden casarse! -dijo fanfarroneando Paul-. Hay un viejo litigio entre mi abuelo y el padre de Ruben.

Marama rio.

– ¡Pero los que se casan no son el señor Gerald y el señor Howard, sino Ruben y Fleur!

El chico resopló.

– ¡No lo entiendes! ¡Se trata del honor de la familia! Fleur traiciona a sus antepasados…

Marama frunció el ceño.

– ¿Qué tienen que ver aquí los antepasados? Los antepasados velan por nosotros, nos desean lo mejor. No se los puede traicionar. Al menos eso es lo que yo creo. En cualquier caso, nunca lo he oído decir. Además, todavía no se está hablando de boda.

– ¡Pero pronto se hablará! -replicó Paul huraño-. En cuanto le diga al abuelo lo de Fleur y Ruben, todo el mundo hablará de ello. ¡Hazme caso!

Marama suspiró. Esperaba no estar en la casa grande en ese momento, siempre sentía un poco de miedo cuando el señor Gerald andaba vociferando por ahí. Le gustaba Miss Gwyn y, en realidad, también Fleur. No entendía qué tenía Paul en contra de ella. Pero el señor Gerald… Marama decidió marcharse inmediatamente al poblado y ayudar allí a preparar la comida en lugar de echar una mano a su madre en Kiward Station. Así al menos quizá tuviera ocasión de apaciguar a Tonga. La había mirado con mucha rabia cuando había montado con Paul en el caballo. Y Marama detestaba que se enfadaran con ella.

Gwyneira aguardaba a su hijo en el recibidor, que en el tiempo transcurrido había transformado en una especie de despacho. A fin de cuentas, las visitas nunca dejaban ahí su tarjeta para esperar luego a que la familia las invitara a tomar un té. Así que podía darse otra utilidad a ese espacio. Ya había perdido un poco el miedo a las reacciones de su suegro. En el ínterin, Gerald le dejaba manos libres en casi todas las decisiones que afectaban a la casa si no se mezclaban con los asuntos de la granja. Aunque, también en ese ámbito, ambos trabajaban bien en colaboración. Tanto Gerald como Gwyneira eran granjeros y ganaderos natos, y después de que, años atrás, Gerald también hubiera adquirido bueyes, las competencias se iban cristalizando cada vez más con mayor claridad: Gerald se ocupaba de los Longhorn, Gwyneira se cuidaba de la cría de ovejas y caballos. En el fondo, esto último es lo que requería más trabajo, pero no se mencionaba que Gerald solía estar demasiado borracho para tomar decisiones rápidas y complejas. En lugar de eso, los trabajadores se limitaban a dirigirse a Gwyn cuando no les parecía conveniente hablar con el propietario de la finca y recibían entonces instrucciones claras. Gwyneira, en realidad, había hecho las paces con su existencia y con Gerald. En especial, a partir del momento en que conoció la historia de él y Howard, fue incapaz de odiarlo profundamente, como en los primeros años tras el nacimiento de Paul. Para ella estaba claro que él nunca había amado a Barbara Butler. Sus pretensiones, sus expectativas acerca de la vida en una casa señorial y educar a su hijo como un gentleman tal vez le habían fascinado, pero al final seguro que también le habían desalentado. Gerald carecía de la naturaleza del aristócrata rural, era un jugador, un viejo soldado y aventurero…, y además, también un hábil granjero y hombre de negocios. Nunca sería ni nunca había querido ser el honorable gentleman con quien Barbara contraía un matrimonio por conveniencia tras haber tenido que renunciar a su auténtico amor. El encuentro con Gwyneira le había puesto frente a los ojos el tipo de mujer que él realmente ansiaba, y sin duda le había exasperado que Lucas no supiera qué hacer con ella. En el tiempo que había transcurrido, Gwyneira había tomado conciencia de que Gerald había sentido por ella algo así como amor cuando la llevó a Kiward Station y que, aquella funesta noche de diciembre, no sólo había descargado su cólera por la apatía de Lucas, sino también la presión de todos esos años en que había estado forzado a limitarse a ser un «padre» para la mujer que deseaba.

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