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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Steinbjörn no dudó largo tiempo, sino que puso su nombre en el documento.

El «David» de Lucas había encontrado su mina de oro.

LLEGADA

Llanuras de Canterbury – Otago

1870-1877

1

– Paul, Paul, ¿dónde te has vuelto a meter?

Helen llamaba al más rebelde de sus discípulos, aunque sabía perfectamente que el niño no la oiría. Paul Warden estaría jugando, y no de forma pacífica, con los niños maoríes en los alrededores inmediatos de su improvisada escuela. Por regla general sus desapariciones acarreaban problemas. O bien estaba peleándose en algún lugar con su enemigo mortal, Tonga (el hijo del jefe de la tribu del poblado maorí establecido en Kiward Station), o bien acechaba a Ruben y Fleurette para hacerles una mala pasada. Además, sus travesuras no siempre eran divertidas. Ruben había estado bastante afligido cuando Paul, pocos días antes, le había derramado un tintero sobre su libro nuevo. No sólo se había disgustado porque el joven hacía tiempo que deseaba ese código de leyes que George Greenwood acababa de traérselo de Inglaterra, sino también porque el libro era sumamente caro. Gwyneira, por supuesto, les había restituido el dinero, pero ella estaba igual de escandalizada que Helen por lo que su hijo había hecho.

– ¡Ya no es tan pequeño! -exclamó enfadada, mientras que Paul, de once años de edad, permanecía como si no hubiera pasado nada a su lado-. ¡Paul, sabías lo que costaba el libro! ¡Y no ha sido por descuido! ¿Crees que el dinero crece de los árboles en Kiward Station!

– No, ¡pero sí de las ovejas! -respondió Paul, no del todo falto de razón-. ¡Y nosotros nos podemos permitir un tocho así de tonto cada semana si nos da la gana! -Al decirlo miró iracundo y con maldad a Ruben. El niño sabía de buena tinta cuál era la situación económica de las llanuras de Canterbury. Si bien Howard O’Keefe había incrementado de forma considerable sus beneficios desde que Greenwood Enterprises lo protegía, se hallaba muy lejos de obtener el título honorífico de barón de la lana que ostentaba Gerald. Los rebaños y la fortuna de Kiward Station tampoco habían dejado de aumentar en los últimos diez años y, de hecho, no había deseo de Paul Warden que quedara insatisfecho. Los libros no solían estar entre sus debilidades. Paul prefería el poni más veloz y disfrutaba con rifles de juguete y pistolas, y ya habría tenido su propia escopeta de aire comprimido si George Greenwood no se la hubiera vuelto a «olvidar» en sus pedidos a Inglaterra. Helen contemplaba preocupada el modo en que estaba creciendo Paul. En su opinión, no se le marcaban suficiente los límites. Aunque tanto Gwyneira como Gerald le hacían regalos caros, apenas se ocupaban de él. Paul ya era lo bastante mayor para alejarse de la influencia de su ama de leche, Kiri. Hacía tiempo que había hecho propia la opinión de su idolatrado abuelo de que la raza blanca era superior a la de los maoríes. Esto se había convertido recientemente en el desencadenante de las eternas peleas con Tonga. El hijo del jefe se sentía tan seguro de sí mismo como el heredero del barón de la lana, y los jóvenes luchaban de manera encarnecida por la propiedad de la tierra en la que habitaban el pueblo de Tonga y los Warden. A Helen también la intranquilizaba este asunto. Era muy probable que Tonga sucediera a su padre, al igual que Paul sería el heredero de Gerald. Si persistía la rivalidad cuando fueran hombres la situación se complicaría. Cada nariz ensangrentada con la que los chicos llegaban a sus casas, ahondaba el abismo que los separaba.

Al menos estaba Marama. Esto tranquilizaba un poco a Helen, pues la hija de Kiri, la «hermana de leche» de Paul, tenía una especie de sexto sentido para las confrontaciones de los chicos y procuraba aparecer en los campos de batalla para mediar entre ellos. Si en esos momentos jugaba brincando inocentemente con un par de amigas, eso significaba que Paul y Tonga no estarían enredados en una pelea. Marama dirigió una sonrisa apaciguadora a Helen. Era una criatura encantadora, al menos según el criterio de Helen. Su rostro era más fino que el de la mayoría de las chicas maoríes y su tez aterciopelada tenía el color del chocolate. Todavía no llevaba tatuajes, pero era probable que no la adornaran según las costumbres tradicionales. Los maoríes se desprendían cada vez más de ese hábito y apenas llevaban la indumentaria tradicional. Era evidente que se habían esforzado por adaptarse a los pakeha, lo que para Helen era por una parte motivo de alegría, pero por otra, a veces, de cierta tristeza.

– ¿Dónde está Paul, Marama? -le preguntó directamente Helen a la chica. Paul y Marama solían llegar juntos a la clase desde Kiward Station. Si Paul se hubiera enfadado por algo y hubiera regresado antes a su casa, ella lo sabría.

– Se ha ido a caballo, Miss Helen. Anda tras la pista de un secreto -reveló Marama con su voz cristalina. La pequeña cantaba bien, una virtud que su gente apreciaba.

Helen suspiró. Acababan de leer un par de libros en los que se hablaba de piratas y tesoros escondidos, tierras y jardines misteriosos y ahora todas las chicas intentaban hallar jardines de rosas encantados, mientras que los chicos trazaban emocionados mapas del tesoro. También Ruben y Fleur habían actuado así cuando tenían esa edad, pero con Paul siempre cabía el temor de que sus secretos no fueran del todo inofensivos. Poco antes, por ejemplo, había puesto a Fleurette fuera de sí cuando secuestró a su querida yegua Minette, hija de la poni Minty y el semental Madoc, y la escondió en el jardín de rosas de Kiward Station. Desde la muerte de Lucas, esa parcela apenas recibía cuidados y a nadie se le ocurrió, obviamente, buscar allí el caballo, sobre todo porque Minette había sido secuestrada en la granja de los O’Keefe y no en su propio corral. Helen estaba muerta de angustia pensando en que Gerald hiciera responsable a su marido de la pérdida del valioso animal. Al final, la misma Minette había llamado la atención relinchando y galopando por el jardín. Pero esto ocurrió después de que se hubiera hartado de comer la abundante hierba que crecía en la parcela, es decir, horas en las cuales la desesperada Fleurette creía que su caballo estaría vagando en la montaña o que lo habían robado los ladrones de ganado.

Sobre todo los ladrones de ganado…, éste también era un tema que desde hacía pocos años inquietaba a los granjeros de las llanuras de Canterbury. Mientras que apenas una década antes los neozelandeses eran famosos por no descender de presidiarios, como los australianos, sino por formar una sociedad de colonos honrados, estaban apareciendo ahora, allí también, delincuentes. En el fondo no era extraño, la elevada cantidad de ganado en granjas como Kiward Station y el aumento constante de la fortuna de su propietario despertaban la codicia. Sobre todo porque a los nuevos inmigrantes ya no les resultaba tan sencillo su ascenso social en esos días. Las primeras familias se habían establecido, la tierra ya no se conseguía por nada o casi por nada y hacía tiempo que se había agotado la pesca de la ballena y los bancos de focas. No obstante, todavía se producían espectaculares hallazgos de oro. Al igual que antes, todavía era factible, pues, amasar una fortuna de la nada, pero no necesariamente en las llanuras de Canterbury. Sin embargo, justo las tierras de las estribaciones de los Alpes y los rebaños de los grandes barones de la lana se habían convertido en los últimos tiempos en campo de operaciones y presa de brutales ladrones de ganado. Y todo ello había comenzado con un hombre que era un antiguo conocido de Helen y los Warden: James McKenzie.

Helen, al principio, no había querido dar crédito cuando Howard llegó maldiciendo a casa desde el pub y mencionó el nombre del que una vez fuera capataz de Gerald.

– Sabe Dios por qué Warden mandó a ese tipo a tomar vientos y ahora lo tenemos que pagar todos. Los trabajadores hablan de él como si fuera un héroe. Sólo roba los mejores animales, dicen, los de los ricos. Deja en paz los bichos de los pequeños granjeros. ¡Qué tontería! ¿Cómo los va a distinguir? Pero disfruta robando. No me extrañaría que pronto se formara una banda alrededor de ese tipo.

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