En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Sin embargo, Howard pareció volver en sí entonces. La sangre en el rostro de Helen disipaba las brumas del alcohol.
– No valéis nada… vosotros… -balbuceó, y se dirigió dando traspiés al armario de la cocina en que Helen guardaba el whisky. Una botella de calidad, no el más barato. Lo tenía preparado para las visitas; George Greenwood, en especial, necesitaba un trago cuando había terminado de hablar con Howard. En esos momentos, Howard había echado unos buenos tragos y quería volver a colocar la botella en su sitio. Pero cuando iba a cerrar el armario, cambió de opinión y se la llevó.
– Voy a dormir al establo -informó-. No soporto veros más…
Helen suspiró cuando desapareció.
– Ruben, ¿te duele mucho? Estás…
– Todo está bien, mamá -susurró Ruben, si bien su aspecto transmitía lo contrario. Le sangraban las heridas en los ojos y el labio y la hemorragia de la nariz había empeorado, y tenía dificultades para levantarse. El ojo izquierdo estaba hinchado. Helen lo ayudó a levantarse.
– Ven, tiéndete en la cama. Te curaré -se ofreció. Pero Ruben sacudió la cabeza.
– ¡No quiero meterme en su cama! -rechazó con firmeza, y en lugar de ello se arrastró al pequeño catre que había junto a la chimenea y en el que solía dormir en invierno. Desde hacía años, en verano, se buscaba un sitio para dormir en el establo, para no molestar a sus padres.
Temblaba cuando Helen se acercó a él con un cuenco de agua y un paño para lavarle la cara.
– No es nada, mamá…, Dios mío, espero que no le pase nada a Fleur.
Helen lavó con cuidado la sangre de los labios.
– A Fleur no le pasará nada. Pero ¿cómo se ha enterado? Maldita sea, no tendría que haberle sacado el ojo de encima a ese Paul.
– De todos modos, en algún momento lo habrían sabido -contestó Ruben-. Y ahora…, mañana me voy de aquí, mamá. Acéptalo. No me quedo ni un día más en su casa… -Señaló hacia el lugar por donde Howard había desaparecido.
– Mañana estarás enfermo -dijo Helen-. Y no deberíamos precipitarnos. George Greenwood…
– Tío George ya no puede ayudarnos más, madre. No iré a Dunedin. Iré a Otago. Allí hay oro. Yo… yo encontraré algo y luego recogeré a Fleur. Y a ti también. Él… ¡él no tiene que pegarte nunca más!
Helen guardó silencio. Cubrió las heridas de su hijo con un ungüento frío y se quedó sentada junto a él hasta que se durmió. Entonces recordó todas las noches que había pasado así a su lado, cuando estaba enfermo, una pesadilla lo había asustado o simplemente quería que le hiciera compañía. Ruben siempre la había hecho feliz. Pero también esto lo había destrozado Howard. Helen no durmió esa noche.
Lloró.
3
También Fleurette pasó la noche llorando. Tanto ella como Gwyneira y Paul oyeron llegar a Gerald ya entrada la noche, pero ninguno tuvo valor para preguntarle al anciano qué había ocurrido. Por la mañana, Gwyneira fue la única que bajó a desayunar, como de costumbre. Gerald dormía la mona y Paul no osaba dejarse ver mientras no tuviera oportunidad de que su abuelo se pusiera de su parte y lo liberase del encierro. Fleurette estaba acurrucada y apática en un rincón de su cama, con Gracie pegada a ella como Cleo se estrechaba antaño contra Gwyn, y atormentada por las más horribles sospechas. Ahí la encontró Gwyneira una vez que Andy McAran le informara de que tenía una visita no anunciada en el corral. Gwyn se cercioró escrupulosamente de que ni Gerald ni Paul se hubieran levantado, antes de deslizarse a la habitación de su hija.
– ¿Fleurette? ¡Fleurette, son las nueve! ¿Qué haces todavía en la cama? -Gwyneira agitó la cabeza con la misma determinación que si fuera un día completamente normal y Fleur se hubiera dormido y llegara tarde a la escuela-. Ahora vístete, pero deprisa. Hay una persona esperándote en el establo. Y seguro que no puede esperarte una eternidad.
Dedicó a su hija una sonrisa cómplice.
– ¿Hay una persona, mamá? -Fleurette se puso en pie de un brinco-. ¿Quién? ¿Es Ruben? Ay, ojalá sea Ruben, ojalá esté vivo…
– Claro que vive, Fleurette. Tu abuelo es un hombre que enseguida lanza amenazas y saca los puños. ¡Pero no mata a nadie! Al menos no de inmediato… Si ahora encuentra al joven en el granero, no me hago responsable de sus actos. -Gwyneira ayudó a Fleur a ponerse el vestido de montar.
– Tú vigila que no venga, ¿vale? Ni Paul… -Fleurette parecía temer casi tanto a su hermano como a su abuelo-. ¡Es tan canalla! No creerás de verdad que nosotros…
– Considero al chico lo bastante inteligente como para no correr el riesgo de dejarte embarazada -respondió Gwyneira con sensatez-. Y tú, Fleurette, eres tan lista como él. Ruben quiere ir a estudiar a Dunedin y tú todavía tienes que crecer un par de años antes de empezar a pensar en un matrimonio. Y entonces las oportunidades para un joven abogado que posiblemente trabaje para la compañía de George Greenwood serán mucho mejores que para un joven granjero cuyo padre vive al día. Tenlo presente también esta mañana, cuando te reúnas con el chico. Aunque…, por lo que me ha contado McAran, hoy no está en situación de dejar a nadie embarazada…
El último comentario de Gwyneira reavivó los peores temores de Fleur. En lugar de coger su abrigo encerado, pues llovía a mares, sólo se puso un chal sobre los hombros y corrió escaleras abajo. Tampoco se había cepillado el cabello. Desenredarlo habría durado horas. Solía peinárselo y trenzarlo por las noches, pero el día anterior no había tenido ánimos para hacerlo. En ese momento revoloteaba en torno a su delicado rostro, pero a Ruben O’Keefe le parecía, pese a ello, la muchacha más hermosa que jamás había visto. El joven se hallaba más tendido que sentado sobre un montón de heno. Cualquier movimiento seguía produciéndole dolor. Su rostro estaba hinchado y los ojos cerrados, y todavía estaban húmedas las heridas.
– ¡Por Dios, Ruben! ¿Ha sido mi abuelo? -Fleurette quería arrojarse en sus brazos, pero Ruben la detuvo.
– Cuidado -advirtió-. Las costillas…, no sé si están rotas o sólo con alguna fisura…, en cualquier caso me hacen un daño de mil demonios.
Fleurette lo abrazó con más suavidad. Se deslizó junto a él y él posó su rostro arañado sobre el hombro de la muchacha.
– ¡Que se lo lleve el diablo! -maldijo ella-. ¡O es que te crees eso de que no mata a nadie! Casi lo consigue contigo.
Ruben negó con la cabeza.
– No fue el señor Warden. Fue mi padre. Y casi lo hacen los dos en perfecta armonía. Ambos se odian a muerte, pero en lo que a nosotros respecta están totalmente de acuerdo. Me marcho, Fleur. ¡Ya no lo soporto más!
Fleurette lo miró desconcertada.
– ¿Te vas? ¿Y me abandonas?
– ¿Debo esperar aquí hasta que nos maten a los dos? No vamos a estar viéndonos a escondidas toda la eternidad… No, desde luego, con el pequeño topo que tienes en casa. ¿Ha sido Paul, verdad, quien nos ha delatado?
Fleur asintió.
– Y siempre lo hará. Pero tú… ¡No puedes marcharte! ¡Voy contigo! -Se enderezó decidida y ya parecía estar empaquetando sus cosas mentalmente-. Espérame aquí, no necesito casi nada. ¡En una hora ya estaremos lejos!
– Ah, Fleur, así no se hace. Pero no te abandono. Cada minuto, cada segundo, pensaré en ti. Te quiero. Pero de ninguna de las maneras puedo llevarte conmigo a Otago… -Ruben la acarició con unos torpes movimientos, mientras que Fleur seguía pensando febril. Si quería huir con él, todo acabaría en una cabalgada salvaje: sin lugar a dudas, Gerald enviaría un equipo de salvamento en cuanto se percatara de su ausencia. Pero Ruben no podía en absoluto, en su estado actual, cabalgar deprisa…, ¿y qué estaba diciendo sobre Otago?