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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Gwyn también había comprendido que Gerald se arrepentía de su comportamiento, incluso si nunca había salido una palabra de disculpa de sus labios. Su constante forma de beber sin medida, su reserva, su indulgencia para con ella y Paul hablaban por sí mismas.

Gwyn alzó entonces la cabeza de los documentos relativos a la cría de ovejas y vio cómo su hijo se precipitaba al interior.

– ¡Hola, Paul! ¿Por qué tienes tanta prisa? -preguntó sonriendo. Al hacerlo, le resultó difícil, como siempre, alegrarse sin reservas del regreso a casa de Paul. Su acuerdo de paz con Gerald era una cosa, las relaciones con Paul, otra. No conseguía amar al muchacho. No como quería a Fleur, de forma tan natural y sin condiciones. Si quería sentir algo por Paul, debía recurrir a la razón: tenía una buena apariencia, con su cabello abundante de color castaño oscuro con matices rojizos; de Gwyneira sólo había heredado el color, no la forma. En lugar de ricitos, su cabellera tenía la espesura que todavía hoy caracterizaba el cabello de Gerald. El rostro recordaba al de Lucas, pero tenía rasgos más resueltos, menos suaves y soñadores que los de su hermanastro. Era inteligente, pero las dotes de Paul destacaban más en el ámbito de las matemáticas que en el del arte. Con certeza se convertiría en un buen comerciante. Y era espabilado. Gerald no podría haber deseado un heredero mejor para la granja. Sin embargo, Gwyneira encontraba que el chico carecía de sentimientos hacia los animales y, sobre todo, hacia la gente de Kiward Station, y se reprochaba a sí misma por tener esa sensación. Quería ver lo bueno de Paul, quería amarlo, pero cuando lo miraba no sentía más que lo que sentía por Tonga: un chico amable, inteligente y educado para asumir las tareas para las que estaba destinado. Pero no era el amor profundo y desgarrador que sentía por Fleurette.

Sólo esperaba que Paul no se percatara de tal carencia y se esforzaba sin cesar en ser especialmente afable y benévola. También en ese momento estaba dispuesta a disculpar que pretendiera pasar por su lado sin saludarla.

– ¿Ha sucedido algo, Paul? -preguntó preocupada-. ¿Ha pasado algo en la escuela? -Gwyn sabía que para Helen el trato con Paul no siempre era fácil y también conocía su rivalidad con Tonga.

– No, nada. Tengo que hablar con el abuelo, mamá. ¿Dónde puede estar? -Paul no se detuvo en cortesías.

Gwyn alzó la vista a un reloj de pie que dominaba una pared del despacho. Todavía faltaba una hora para la cena. Gerald ya debía de haber empezado con el aperitivo.

– Donde siempre está a estas horas -observó-. En el salón. Y ya sabes que ahora es mejor no hablarle. Sobre todo si uno está sin lavar ni peinar como tú. Si quieres seguir mi consejo, ve primero a tu habitación y cámbiate antes de presentarte ante él.

No obstante, ya hacía tiempo que el mismo Gerald no daba especial importancia al acto de cambiarse de ropa para cenar, y tampoco Gwyneira se ponía otro vestido a no ser que hubiera estado en los establos. Conservaría el vestido de tarde que llevaba en esos momentos también para la cena. Pero con los niños, Gerald era severo, precisamente a esa hora del día buscaba siempre un motivo para pelearse con alguien. De ahí que la hora que precedía a la cena en familia fuera la más peligrosa. En cuanto se servía la comida, el nivel de alcohol de Gerald solía haber llegado a un punto que ya no posibilitaba ningún estallido mayor.

Paul calculó en unos segundos sus posibilidades. Si corría a Gerald con la novedad, éste explotaría; pero en ausencia de la «víctima» eso no surtiría gran efecto. No cabía la menor duda de que era mejor delatar a Fleur cara a cara, entonces tal vez Paul tendría la oportunidad de observar con todo detalle el enfrentamiento subsiguiente. Además, su madre estaba en lo cierto: si Gerald estaba realmente de mal humor, quizá ni le dejara comunicarle la noticia, sino que descargaría su cólera de inmediato sobre Paul.

Así que el joven decidió encaminarse primero a su habitación. Aparecería vestido de forma adecuada para la comida, mientras que Fleur llegaría tarde con toda seguridad y, encima, con el traje de montar. Entonces él balbucearía una disculpa y al final… ¡haría explotar la bomba! Paul subió las escaleras satisfecho de sí mismo. Vivía en la antigua habitación de su padre, que en la actualidad no estaba hasta los topes de útiles de dibujo y libros, sino de juguetes y utensilios de pesca. El joven se cambió de ropa con esmero. Rebosaba de alegría anticipada.

Fleurette no había exagerado en sus promesas. En efecto, su perra Gracie reunió las ovejas descarriadas en un abrir y cerrar de ojos en cuanto Ruben y la muchacha las encontraron. Pero tampoco eso resultó difícil. Los jóvenes carneros se dirigían a las montañas, a los pastizales de las ovejas madre. Flanqueados por Gracie y Minette regresaron de buen grado hacia la granja. Gracie no estaba para bromas y enseguida devolvía al redil a cualquier animal fugitivo. El grupo era, asimismo, reducido y abarcable. Así que Fleurette pudo cerrar la puerta del corral detrás de los animales antes de que oscureciera y, sobre todo, mucho antes de que Howard regresara de la obra, en que se ocupaba de sus últimos bueyes. Por fin iban a venderse los animales, después de que Howard, siempre desoyendo los consejos de George, se hubiera aferrado a la cría de ganado vacuno como segundo puntal donde apoyarse. O’Keefe Station no era una tierra apropiada para bueyes; ahí sólo podían crecer ovejas y cabras.

Fleurette observó la posición del sol. Todavía no era tarde, pero si ahora se ponía a ayudar a Ruben a reparar la cerca, como de hecho le había prometido, no llegaría puntual a la cena. Pero eso tampoco era grave: después de comer, su abuelo solía retirarse enseguida a sus habitaciones con un último vaso de whisky, era seguro que Kiri y su madre le guardarían algo de comer. Fleur, sin embargo, odiaba dar al personal más trabajo del que era necesario.

Además, no tenía ningún interés en toparse con Howard y luego (¡para colmo!) irrumpir en medio de la cena en casa. Por otra parte, no podía dejar que Ruben arreglara solo la cerca. Estaba garantizado que los carneros se escaparían de nuevo al día siguiente camino de las montañas.

Para alivio de Fleurette, la madre de Ruben se acercaba ahora con su obediente mulo, que ya había cargado con herramientas de trabajo y material para el cercado.

Helen le guiñó un ojo.

– Vete tranquila a casa, Fleur, nosotros lo haremos -le indicó con afabilidad-. Has sido muy amable ayudando a Ruben a traer de vuelta las ovejas. De verdad que no mereces una regañina cuando llegues a casa. Y te la darán seguro si llegas tarde.

Fleurette asintió agradecida.

– Entonces volveré mañana a la escuela, Miss Helen -dijo. Un pretexto que siempre utilizaba para estar junto a Ruben cada día. En sí, Fleurette ya casi había terminado la escuela. Sabía aritmética y había leído a los clásicos más importantes, al menos el comienzo; aunque no en la lengua original como Ruben. Fleur consideraba superfluos por entero los conocimientos del griego y el latín. Por lo tanto, Helen apenas podía enseñarle ya nada más. Por otra parte, tras la muerte de Lucas, Gwyneira había llevado muchos de los manuales de botánica y zoología a la escuela de Helen. Fleur los leía con interés, mientras Ruben se concentraba en sus estudios secundarios. El año próximo debería ir a Dunedin si realmente quería estudiar. Helen todavía ni quería pensar en cómo presentárselo a Howard de forma que viera un aspecto positivo. Y por añadidura no tenían dinero para pagar la carrera: Ruben debería aceptar la generosa ayuda de George Greenwood, al menos hasta que no se distinguiera lo suficiente como para obtener una beca. Sin embargo, la carrera en Dunedin separaría por primera vez a Ruben y Fleurette. Helen veía con la misma claridad que Marama el manifiesto amor entre los dos y ya había hablado de ello con Gwyn. En principio, ninguna de las madres tenía nada que oponer al enlace, pero, como era natural, temían las reacciones de Warden y de O’Keefe y estaban de acuerdo, asimismo, en que el asunto debería esperar un par de años más. Ruben acababa de cumplir diecisiete años y Fleur todavía no había llegado a los dieciséis. Helen y Gwyn convenían en que los dos eran muy jóvenes para una unión fija.

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