En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Ruben la ayudó a ensillar de nuevo la yegua, pues habían cabalgado juntos a pelo.
La besó a escondidas antes de montar.
– ¡Hasta mañana, te quiero! -dijo el chico en voz baja.
– ¿Sólo hasta mañana? -respondió ella sonriendo.
– No, hasta el cielo. ¡Y un par de estrellas más lejos! -Ruben le acarició la mano y Fleurette sonrió resplandeciente al abandonar la granja. Ruben la siguió con la mirada hasta que el último resplandor de su cabello rojo dorado y la cola ruana de su yegua se fundieron con la luz del atardecer. Sólo la voz de Helen lo sacó de su arrobamiento.
– Venga, Ruben, la cerca no se levantará sola. ¡Tenemos que acabar antes de que tu padre llegue a casa!
Fleurette guio a su caballo a paso alegre y casi habría llegado puntual a la cena de Kiward Station, pero no encontró a nadie en el establo que guardara a Minette y tuvo, por consiguiente, que hacerlo todo ella sola. Cuando hubo cepillado la yegua, ésta hubo bebido y la hubo abastecido de forraje, ya se habría servido con toda seguridad el primer plato. Fleurette suspiró. Claro que podía entrar en la casa sin que nadie se percatara de ella y saltarse la cena, pero, aun así, temía que Paul la hubiera visto cuando llegaba a la granja: había distinguido movimientos tras la ventana de su hermano y seguro que la delataría. Así que Fleurette se enfrentó con lo inevitable. Siempre le darían algo de comer. Decidió tomarse el asunto con optimismo y esbozó una sonrisa deslumbrante cuando entró en el comedor.
– ¡Buenas noches, abuelo, buenas noches, mamá! Hoy llego un poquito de nada tarde, porque me he pasado un poquito de nada calculando el tiempo cuando…, hum… bueno…
Demasiado tonto, tan deprisa no se le ocurriría ningún pretexto. Además, era inconcebible que le contara a Gerald que había pasado el día reuniendo las ovejas de Howard O’Keefe.
– ¿Cuando has ayudado a tu amado a buscar las ovejas? -preguntó Paul con una sonrisa sardónica.
Gwyneira montó en cólera
– ¿Qué es esto, Paul? ¿Es que siempre tienes que meterte con tu hermana?
– ¿Lo has hecho o no lo has hecho? -preguntó Paul con insolencia.
Fleurette enrojeció.
– Yo…
– ¿Con quién has estado buscando ovejas? -preguntó Gerald. Estaba bastante bebido. Tal vez no le hubiera armado ningún alboroto especial a la joven, pero había captado parte de los comentarios de Paul.
– Con…, bueno, con Ruben. Se les habían escapado a él y a Miss Helen un par de carneros.
– A él y a su honrado padre, quieres decir -ironizó Gerald-. Es típico del viejo Howard: demasiado tonto o demasiado tacaño para encerrar a sus animales. Y su distinguido hijito tiene que pedirle a una chica que le ayude a conducir el ganado… -El anciano se echó a reír.
Paul frunció el ceño. Las cosas no se desarrollaban en absoluto como él se había imaginado.
– ¡Fleur se lo monta con Ruben! -soltó, y al principio le respondió con unos silenciosos segundos de desconcierto.
La primera en reaccionar fue de nuevo Gwyneira.
– Paul, ¿dónde has aprendido esta expresión? Pide perdón inmediatamente y…
– ¡Un… un momento! -Gerald la interrumpió con una voz vacilante pero enérgica-. ¿Qué… qué ha dicho el chico? Se… se lo está montando con… con el hijo de O’Keefe?
Gwyneira esperaba que Fleurette se limitara a negarlo, pero bastaba con mirar a la muchacha para distinguir que en el malintencionado comentario de Paul había algo de verdad.
– ¡No es lo que tú piensas, abuelo! -protestó Fleur-. Nosotros…, bueno…, claro que nosotros no nos lo montamos, nosotros…
– ¿Ah, no? ¿Entonces qué? -tronó Gerald.
– ¡Lo he visto, lo he visto! -canturreó Paul.
Gwyneira le ordenó con determinación que se callara.
– Nosotros… nosotros nos queremos. Queremos casarnos -declaró Fleur. Ahora, al menos, ya lo había dicho. Incluso si no era la situación ideal para hacer tal revelación.
Gwyneira intentó quitar hierro al asunto.
– Fleur, cariño, ¡todavía no has cumplido dieciséis años! ¡Y Paul irá el año que viene a la universidad!
– ¿Que queréis qué? -vociferó Gerald-. ¿Casaros? ¿Con el vástago de ese O’Keefe? ¿A quién se le ocurre?
Fleur se encogió de hombros. En cualquier caso no se la podía acusar de cobarde.
– No es algo que uno escoja, abuelo. Nos queremos. Es así y no se puede cambiar.
– ¡Ya veremos si eso se puede o no cambiar! -replicó Gerald-. En cualquier caso, ¡tú no vuelves a ver a ese tipo! Por ahora quedas bajo arresto domiciliario. Basta de escuela. ¡Ya me estaba preguntando, de todos modos, qué más le queda por enseñarte a la esposa de O’Keefe! Ahora mismo me voy a Haldon y agarro a ese O’Keefe. ¡Witi! ¡Tráeme la escopeta!
– Gerald, estás exagerando. -Gwyneira intentó conservar la calma. Quizá podría convencer a Warden de que abandonara esa idea descabellada de arreglar cuentas ese mismo día con Ruben, ¿o tal vez con Howard?-. La niña apenas tiene dieciséis años y es la primera vez que se enamora. Nadie está hablando todavía de boda…
– ¡La niña heredará una parte de Kiward Station, Gwyneira! Está claro que el viejo O’Keefe está pensando en boda. ¡Pero aclararé este asunto de una vez por todas! Y tú, encierra a la niña. ¡Pero ya! No necesita comer más, que ayune y piense en sus pecados. -Gerald agarró la escopeta que la horrorizada Witi le había llevado y se puso el abrigo encerado. Luego se precipitó fuera de la casa.
Fleurette hizo el gesto de seguirlo.
– Debo marcharme para advertir a Ruben -dijo.
Gwyneira sacudió la cabeza.
– ¿De dónde vas a sacar un caballo? Todos están en el establo y montar uno de los potros sin silla por el monte…, no, no te lo permito, Fleur, te harás daño a ti y al caballo. Sin contar con que Gerald te alcanzaría. ¡Deja que esos hombres se las arreglen entre sí! Estoy segura de que nadie saldrá malherido. Cuando se encuentre con Howard se gritarán y quizá se rompan la nariz…
– ¿Y si se encuentra con Ruben? -preguntó Fleur con el rostro blanco.
– ¡Entonces lo matará! -intervino alegremente Paul.
Fue un error. En ese momento atrajo la atención de madre e hija.
– ¡Soplón asqueroso! -gritó Fleurette-. ¿Eres realmente consciente de lo que has hecho, desgraciado?
– Fleurette, tranquilízate, tu amigo sobrevivirá -la sosegó Gwyneira con total convencimiento de lo que decía. Conocía el temperamento impetuoso de Gerald. Además volvía a estar muy borracho. Por otra parte confiaba en el carácter conciliador de Ruben. Seguro que el hijo de Helen no se dejaba provocar-. Y tú, Paul, vete ahora mismo a tu habitación. No quiero volver a verte aquí, al menos hasta pasado mañana. Estás bajo arresto domiciliario…
– ¡Fleur también, Fleur también! -Paul no quería arrojar la toalla.
– Es algo totalmente distinto -respondió Gwyneira con severidad, y de nuevo le resultó difícil sentir aunque fuera una chispa de simpatía por el niño que había dado a luz-. El abuelo ha castigado a Fleur porque cree que se ha enamorado del chico equivocado. Pero a ti te castigo yo porque eres malo, porque espías a la gente y la traicionas y, además, porque te alegras de hacerlo. Así no se comporta un gentleman, Paul Warden. ¡Así sólo se comporta un monstruo! -Gwyneira supo en el momento en que pronunció esa palabra que Paul nunca se lo perdonaría. Pero había salido de sus labios. Aun ahora, sólo podía sentir odio por ese niño que le habían forzado a tener, que había sido la causa última de la muerte de Lucas y que ponía todo de su parte para hacer tambalear los cimientos de la ya de por sí vacilante armonía de la familia de Helen y destrozar también la vida de Fleur.