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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Sujétala bien, si no se marchará enseguida… -indicó Fleur. Pese a tener los ojos entrecerrados se percató de que Ruben no había atado bien las riendas. La muchacha amaba a su amigo, pero también se desesperaba a causa de su torpeza, como había hecho antaño Gwyneira con el hombre al que Fleur consideraba su padre. No obstante, Ruben no sentía inclinación por el arte, sino que anhelaba viajar a Dunedin para estudiar Derecho en la universidad. Helen lo apoyaría; pero a Howard todavía no le había contado nada por si acaso.

El joven se levantó ahora de mala gana y se ocupó del caballo. Nunca se tomaba a mal la firmeza de la chica. Conocía sus propias debilidades y admiraba sin reservas la eficacia de ella.

– Mañana arreglaré el cercado -murmuró en esos momentos, lo que provocó que Paul, en el escondite que acababa de encontrar tras las rocas, sacudiera la cabeza. Si Ruben volvía a encerrar los carneros en el corral roto, éstos se escaparían de nuevo al día siguiente.

Fleurette opinó lo mismo.

– Te ayudaré -prometió, y luego los dos callaron por un tiempo. Paul se impacientó porque desde donde se encontraba no podía ver nada, así que acabó rodeando a hurtadillas las piedras situándose en un lugar desde donde tenía mejor visión. Lo que descubrió casi lo dejó sin respiración. Los besos y caricias que Ruben y Fleur se prodigaban en el lecho bajo los árboles se acercaban bastante a los que Paul entendía por «montárselo». Fleur estaba tendida en la hierba, con el cabello desparramado como una resplandeciente maraña de hilos y una expresión extasiada en su rostro. Ruben le había desabotonado la blusa y acariciaba y besaba sus pechos, que Paul, a su vez, observaba con atención. Hacía cinco años, de eso estaba seguro, que no veía desnuda a su hermana. También Ruben parecía feliz; era evidente que se tomaba su tiempo y que no tenía prisa por moverse hacia delante y hacia atrás como el hombre de la pareja maorí que Paul había visto desde lejos. Tampoco estaba completamente encima de Fleur, sino más bien junto a ella: así que no se lo estaban montando del todo. Sin embargo, Paul estaba seguro de que Gerald Warden encontraría el dato de sumo interés.

Fleurette rodeaba con sus brazos a Ruben y le acariciaba la espalda. Al final los dedos de la chica avanzaron por debajo de la cintura de sus pantalones de montar y lo tocaron. Ruben gimió de placer y se colocó totalmente encima de ella.

Así que…

– No, déjalo, amor mío… -Fleurette lo apartó con suavidad. No parecía tener miedo, pero obraba con determinación-. Tenemos que reservarnos un poco para la noche de bodas… -Ahora había abierto los ojos y sonreía a Ruben. El joven le devolvió la sonrisa. Ruben era un muchacho apuesto, que había heredado de su padre los rasgos faciales un poco rudos, pero viriles, y el cabello oscuro y ondulado. Por lo demás se parecía a Helen. El conjunto de su cara era más delicado que la de Howard y tenía los ojos grises y soñadores. Era más alto, más esbelto que macizo, y fibroso. En su dulce mirada había deseo, pero se trataba de alegría anticipada más que de pura lascivia. Fleurette suspiró feliz. Se sentía amada.

– Si es que en efecto hay noche de bodas… -observó Ruben con preocupación-. No me imagino que tu abuelo y mi padre se alegren de la noticia.

Fleurette se encogió de hombros.

– Pero nuestras madres no se opondrán -replicó con optimismo-. Deberán hacer frente común. ¿Qué es lo que tienen en contra el uno del otro? Me refiero a que una hostilidad de tantos años… ¡es enfermiza!

Ruben le dio la razón. Era de natural conciliador, mientras que Fleurette estallaba más deprisa. Así visto podría esperarse de ella que mantuviera con alguien una pelea de por vida. Ruben era capaz de imaginarse muy bien a Fleurette con una espada en llamas. Sonrió, pero luego se puso serio de nuevo.

– ¡Yo sé la historia! -le reveló al final a su amiga-. Tío George se la sonsacó a ese banquero parlanchín de Haldon y luego se la contó a mi madre. ¿Quieres saberla? -Ruben jugueteaba con una mecha de cabello cobrizo.

Paul aguzó el oído. ¡Eso iba a mejor! Al parecer, ese día no sólo iba a descubrir los secretos de Fleur y Ruben, sino también los detalles de la historia familiar.

– ¿Bromeas? -preguntó Fleurette-. ¡Estoy deseándolo! ¿Por qué no me lo has contado nunca?

Ruben se encogió de hombros.

– ¿Será porque siempre tenemos otras cosas que hacer? -preguntó con picardía, y le dio un beso.

Paul suspiró. ¡Ahora basta de demoras! Lentamente tenía que ponerse en camino si quería llegar más o menos puntual a casa. Si Marama regresaba sola, Kiri y su madre empezarían a preguntar y entonces averiguarían que se había saltado la clase.

Pero también Fleur estaba más deseosa de oír la historia que de renovar las caricias. Apartó con dulzura a Ruben y se sentó. Se estrechó contra él, mientras él iba contando, pero aprovechó la ocasión para abotonarse la blusa. También ella debía de haberse dado cuenta de que había llegado el momento de salir en busca de las ovejas.

– Pues bien, mi padre y tu abuelo ya estaban en los años cuarenta aquí, cuando todavía no había colonos, sólo balleneros y cazadores de focas. Pero entonces se ganaba mucho dinero de esa forma y, además, los dos jugaban muy bien al póquer y al blackjack. Sea como fuere, ambos llevaban una fortuna en el bolsillo cuando llegaron a las llanuras de Canterbury. Mi padre sólo iba de paso, quería dirigirse a los alrededores de Otago, donde había oído hablar del oro. Pero Warden pensó en construir una granja de ovejas y trató de convencer a mi padre para que invirtiera dinero en ella. Y en el terreno. Gerald enseguida entabló buenas relaciones con los maoríes. Enseguida empezó a trapichear con ellos. A lo que los kai tahu no fueron del todo contrarios. La tribu ya había vendido tierra en una ocasión y llegaron a un acuerdo con los compradores.

– ¿Y? -preguntó Fleur-. Así que compraron la tierra…

– No tan deprisa. Mientras que se prolongaban las negociaciones y Howard no acababa de decidirse, estuvieron viviendo con unos colonos…, Butler se llamaban. Y Leonard Butler tenía una hija: Barbara.

– ¡Pero ésa era mi abuela! -El interés de Fleur se reavivó en ese momento.

– Exacto. Pero en realidad tendría que haber sido mi madre -explicó Ruben-. Sea como fuere, mi padre se enamoró de Barbara y ella también de él. Pero el padre de ella no estaba tan entusiasmado con Howard, y éste pensó que necesitaba todavía más dinero para ganarse sus simpatías…

– Así que se marchó a Otago y encontró oro y… ¿entretanto Barbara se casó con Gerald? ¡Oh, qué triste, Ruben! -Fleur gimió fantaseando sobre la supuesta historia romántica.

– No del todo -respondió Ruben sacudiendo la cabeza-. Howard quería hacer dinero aquí y ahora. Jugaron a las cartas…

– ¿Y perdió? ¿Gerald se llevó todo el dinero?

– Fleurette, déjame acabar de hablar -protestó Ruben con firmeza, y esperó a que Fleurette le diera la razón y se disculpara. A ojos vistas ardía en deseos de que siguiera con la historia.

Howard ya se había declarado antes de asociarse con Gerald para criar ovejas, incluso tenían un nombre para la granja: Kiward Station, por Warden y O’Keefe. Pero entones no sólo se jugó su propio dinero, sino también el que Gerald le había dado para pagar la tierra de los maoríes.

– ¡Oh, no! -exclamó Fleur, entendiendo de golpe por qué Gerald estaba tan enfurecido-. ¡Seguro que mi abuelo lo habría matado!

– Se produjeron escenas horribles -explicó Ruben-. Al final, el señor Butler le prestó algo de dinero a Gerald, lo necesario para no defraudar a los maoríes a quienes se les había prometido comprar la tierra. Gerald adquirió una parte de ella, que es la que constituye hoy en día Kiward Station, y Howard no quiso tirar la toalla. Conservaba la esperanza de que se casaría con Barbara. Invirtió entonces sus últimos centavos en un trozo de tierra pedregosa y un par de ovejas medio muertas de hambre. Pero ya hacía tiempo que Barbara se había prometido a Gerald. El dinero era su dote. Y claro, más tarde heredó las tierras del viejo Butler. No es de extrañar que Gerald ascendiera como un cohete a la categoría de barón de la lana.

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