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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Paul miró a su madre con una palidez cadavérica ante el abismo que distinguió en los ojos de ella. No era un acceso de rabia como el de Fleurette. Gwyneira parecía creer en lo que decía. Paul rompió a llorar, aunque hacía un año al menos que había decidido ser un hombre y no volver a llorar nunca más.

– ¿Vas a tardar mucho? ¡Desaparece! -Gwyneira se odió a sí misma por hablar así, pero no logró contenerse-. ¡Vete a tu habitación!

Paul se marchó corriendo. Fleurette miró a su madre desconcertada.

– Ha sido duro -observó desolada.

Gwyneira cogió su copa de vino con dedos temblorosos, pero se lo pensó mejor, se dirigió al armario y se sirvió una copa de brandy.

– ¿También tú, Fleurette? Creo que las dos necesitamos tranquilizarnos. Y luego sólo nos queda esperar. En algún momento regresará Gerald, si es que no se cae del caballo por el camino y se rompe la crisma.

Se bebió el brandy de un trago.

– Y en lo que respecta a Paul…, lo siento.

Gerald Warden cruzó el bosque como alma que lleva el diablo. La rabia que sentía por el joven Ruben O’Keefe parecía querer desgarrarlo. Hasta el momento nunca había contemplado a Fleurette como una mujer. Para él, siempre había sido una niña, la hijita de Gwyneira, mona pero relativamente carente de interés. Y ahora resultaba que la pequeña se independizaba, ahora alzaba la cabeza orgullosa igual que su madre cuando tenía diecisiete años e incluso contestaba con la misma seguridad que aquélla. Y Ruben, ese cabroncete, se atrevía a acercarse a ella. ¡A una Warden! ¡A su propiedad!

Gerald volvió a calmarse un poco cuando llegó a la granja de O’Keefe y comparó los miserables graneros, establos y sobre todo la casa con la suya. Howard no pensaría en serio que él fuera a permitir que su nieta se casara con su hijo.

Tras la ventana de la casa había luz encendida. El caballo de Howard y el mulo estaban en el corral delante del edificio. Así que el cabrón estaba en casa. Y su degenerado hijo también, pues Gerald distinguió las siluetas de tres personas en torno a la mesa, en la cabaña. Arrojó sin cuidado las riendas de su caballo sobre uno de los postes del cercado y sacó la escopeta de la funda. Un perro ladró cuando fue hacia la casa, pero dentro nadie reaccionó.

Gerald abrió la puerta de par en par. Como había esperado, vio a Howard, Helen y su hijo a la mesa, donde en ese momento se servía un cocido. Los tres miraron sobresaltados hacia la puerta, incapaces de reaccionar al momento. Gerald aprovechó la ventaja que le daba la sorpresa. Entró en la habitación y volcó la mesa cuando se precipitó en dirección a Ruben.

– ¡Confiesa, niñato! ¿Qué tienes con mi nieta?

Ruben se volvió.

– Señor Warden… ¿no podríamos hablar… como personas razonables?

Gerald montó en cólera. Justo así habría reaccionado su degenerado hijo Lucas ante una acusación de ese tipo. Golpeó. Con el impulso del gancho de izquierda Ruben salió disparado a través de media habitación. Helen gritó. En ese mismo instante, Howard alcanzó a Gerald. Aunque poco certeramente. O’Keefe acababa de llegar del pub de Haldon. Tampoco él estaba sobrio. Gerald evitó sin esfuerzo el golpe de O’Keefe y se concentró de nuevo en Ruben, que se levantaba sangrando por la nariz.

– Señor Warden, por favor…

Howard hizo una llave a Gerald antes de que lograra alcanzar una vez más a su hijo.

– ¡Ya basta! ¡Hablemos como personas razonables! -siseó-. ¿Qué pasa, Warden, para que aterrices aquí y te pongas a zurrar a mi hijo?

Gerald intentó darse la vuelta para mirarlo.

– ¡El maldito desgraciado de tu hijo ha seducido a mi nieta! ¡Esto es lo que pasa!

– ¿Que tú has hecho qué? -Howard dejó a Gerald y se volvió hacia Ruben-. ¡Dime ahora mismo que esto no es verdad!

El rostro de Ruben era tan expresivo como poco antes lo había sido el de Fleur.

– ¡Claro que no la he seducido! -aclaró de inmediato-. Sólo…

– ¿Sólo qué? ¿Sólo la has desflorado un poco? -tronó Gerald.

Ruben estaba blanco como un cadáver.

– ¡Le pido que no hable de Fleur en este tono -dijo sosegadamente-. Señor Warden, amo a su nieta. Me casaré con ella.

– ¿Que vas a hacer qué? -bramó Howard-. Ya veo que esa bruja te ha sorbido el seso…

– ¡En ningún caso vas a casarte con Fleurette, mocoso de mierda! -amenazó furioso Gerald.

– ¡Señor Warden! Quizá podríamos encontrar una forma de expresarnos menos drástica -intervino Helen conciliadora.

– Claro que me casaré con Fleurette, da igual lo que vosotros dos tengáis en contra… -Ruben habló tranquilo y con convencimiento.

Howard agarró a su hijo y lo sujetó por la pechera, igual que Gerald había hecho antes.

– ¡Ahora mismo vas a cerrar el pico! Y tú, Warden, ¡lárgate! Rápido. Y te guardas a la putilla de tu nieta. No quiero volver a verla por aquí, ¿entiendes? Que te quede claro, o yo mismo tomaré cartas en el asunto y luego no podrá seducir a nadie más…

– Fleurette no es…

– ¡Señor Warden! -Helen se interpuso entre los dos hombres-. Por favor, márchese. Howard no quería decir eso. Y en lo que concierne a Ruben…, aquí todos tenemos a Fleurette en gran estima. Tal vez los chicos se hayan dado algún beso, pero…

– ¡Nunca más volverás a tocar a Fleurette! -Gerald hizo el gesto de volver a golpear a Ruben, pero luego desistió al ver al chico desamparado entre las garras de su padre.

– Te prometo que no volverá a tocarla nunca más. ¡Y ahora sal! ¡Ya ajustaré yo las cuentas con él, Warden, puedes confiar en esto!

De repente, Helen ya no estuvo tan segura de si realmente quería que Gerald se marchara. La voz de Howard era tan amenazadora que temía seriamente por la seguridad de Ruben. Howard ya estaba iracundo antes de que apareciera Gerald. Había tenido que volver a reunir los jóvenes carneros al llegar a casa, pues los esfuerzos de Helen y Ruben por arreglar el cercado no habían reprimido las ansias de libertad de los animales. Por suerte, Howard había podido conducir los carneros al establo antes de que huyeran a la montaña. No obstante, esa tarea adicional no había servido, precisamente, para mejorar su humor. En cuanto Gerald abandonó la cabaña, lanzó a su hijo una mirada asesina.

– Así que te lo montas con la pequeña Warden -afirmó-. Y acaricias grandes planes, ¿no es eso? Acabo de encontrarme con el chico maorí de Greenwood en el pub y me ha «felicitado» porque la universidad de Dunedin te ha aceptado. ¡Para estudiar Derecho! ¡Sí, todavía no lo sabes, esas cartas te las envían a través de tu querido tío George! Pero ahora mismo voy a quitarte esta costumbre, hijo mío. Haz cuentas, Ruben O’Keefe, a contar sí que has aprendido. Y el derecho estudia la justicia, ¿no? Ojo por ojo, diente por diente. Vamos a estudiar derecho ahora. ¡Éste va por las ovejas!

Propinó un golpe a su hijo.

– ¡Y éste por la chica! -Un gancho con la derecha-. ¡Éste por tío George! -Un gancho izquierdo. Ruben cayó al suelo.

»¡Por la carrera de Derecho! -Howard le propinó una patada en las costillas. Ruben emitió un fuerte gemido.

»¡Y éste por tu arrogancia! -Otra patada brutal, esta vez en la zona de los riñones; Ruben se acurrucó. Helen intentó separarlos.

»¡Y éste es para ti, porque siempre estás haciendo cosas con ese tío de mierda! -Howard propinó el siguiente golpe en el labio superior de Helen. Ella se desplomó, pero siguió intentando proteger a su hijo.

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