En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Como Robin Hood, fue lo primero que pensó Helen; pero luego se censuró por sus accesos de romanticismo. Glorificar el robo de ganado entre la gente humilde era, a su entender, también parte del reino de la fantasía.
– ¿Cómo se las debe arreglar un hombre solo? -observó hablando con Gwyn-. Reunir las ovejas, seleccionarlas, esquilarlas, llevarlas a la montaña… Para eso se necesita toda una tropa…
– O un perro como Cleo… -contestó Gwyneira incómoda, pensando en el cachorro que había regalado a James de despedida. McKenzie era un dotado adiestrador de perros. Friday seguramente estaría, en el tiempo que había transcurrido, a la altura de su madre o aun más; ya hacía tiempo que la habría aventajado. Cleo había envejecido mucho y estaba casi sorda. Seguía pegándose a Gwyn como si fuera su sombra, pero ya no podía realizar ninguna labor.
No hubo que esperar mucho a que los himnos de alabanza en honor a James McKenzie incluyeran a su genial perro pastor. Gwyn salió de dudas cuando se mencionó por primera vez el nombre de Friday.
Por fortuna, Gerald no hizo ningún comentario sobre las habilidades de James como pastor y la ausencia del cachorro, que, en realidad, ya debería de haber notado antaño. Por otra parte, en ese desafortunado año, Gerald y Gwyneira tenían otras cosas en que pensar. Era probable que el barón de la lana hubiera simplemente olvidado al perrito. En cualquier caso, y debido a las acciones de McKenzie, estaba perdiendo cada año algunas cabezas de ganado y lo mismo les sucedía a Howard, los Beasley y a todos los grandes ganaderos. A Helen le hubiera gustado saber qué pensaba Gwyneira al respecto, pero su amiga no pronunciaba el nombre de aquel hombre si podía evitarlo.
Helen ya estaba harta de andar buscando absurdamente a Paul. Empezaría la clase tanto si el niño estaba como si no. La probabilidad de que apareciera en algún momento era, de todos modos, bastante alta. Paul respetaba a Helen, tal vez ella era la única persona a quien solía escuchar y a veces ella pensaba que sus continuos ataques a Ruben, Fleurette y Tonga estaban causados por los celos. El espabilado hijo del jefe era uno de sus discípulos preferidos y Ruben y Fleurette ya ocupaban, de por sí, un lugar especial. Paul, a su vez, no era tonto pero no destacaba por unos especiales logros escolares. Prefería convertirse en el payaso de la clase y con ello creaba problemas a Helen y a sí mismo.
Ese día, no obstante, no existía la posibilidad de que Paul apareciera en la escuela durante la clase. Estaba demasiado lejos. En cuanto Ruben se había vuelto a Fleur para asociarse con ella, Paul se había pegado a los talones de los dos mayores. Ya sabía que los secretos casi siempre giraban en torno a algo prohibido y para Paul no había nada más hermoso que sorprender a Fleur en cualquier pequeña infracción. No tenía entonces el menor reparo en divulgarlo todo, incluso si los resultados que obtenía de ese modo pocas veces eran satisfactorios. Kiri, en especial, nunca castigaba realmente a los niños y también la madre de Paul era bastante indulgente cuando pillaba a Fleurette diciendo alguna mentirijilla o si ésta rompía algún jarrón o vidrio jugando a lo loco. Tales contratiempos pocas veces le ocurrían a Paul. Era hábil por naturaleza y, además, había crecido prácticamente con los maoríes. Al igual que su rival Tonga, había aprendido a caminar con la agilidad del cazador y a acercarse a su presa con sigilo. Los hombres maoríes no hacían ninguna diferencia entre el pequeño pakeha y su propio descendiente. Cuando había niños, se ocupaban de ellos, y entre las labores del cazador se hallaba la de instruir a los jóvenes en sus artes, al igual que las mujeres enseñaban a las chicas. Paul siempre había estado entre los alumnos aventajados y ahora esas habilidades le servían para seguir furtivamente a Fleurette y Ruben. Lástima que se tratara, casi con toda probabilidad, de un secreto del joven O’Keefe en lugar de un error de Fleur. Seguramente, el castigo de Miss Helen no sería tan duro como para que valiera la pena que lo sermoneara por ser un chivato. El resultado habría sido mejor si hubiera delatado a Ruben a su padre, pero Paul no se atrevía con Howard O’Keefe. Sabía que ese hombre y su abuelo no se caían bien, y Paul no iba a ponerse al servicio del rival de Gerald, ¡era una cuestión de honor! Paul sólo esperaba que su abuelo supiera apreciarlo. Siempre intentaba impresionar a Gerald, pero la mayoría de las veces el viejo Warden no reparaba en él. Paul no se lo tomaba a mal. Su abuelo tenía cosas más importantes que hacer que jugar con niños pequeños: a fin de cuentas, Gerald Warden era en Kiward Station casi como Dios. Pero en algún momento Paul haría una gran jugada y a Gerald no le quedaría más remedio que prestarle atención. Lo único que el niño deseaba era ganarse la admiración de Gerald.
Pero ¿qué habrían tramado Ruben y Fleurette? Paul desconfió en cuanto Ruben no cogió su propio caballo, sino que montó a Minette delante de Fleur. Después de todo, ¡qué forma tan rara de cabalgar! Minette iba sin ensillar, así que los dos jinetes se sentaban a lomos del animal. Ruben iba delante y llevaba las riendas; Fleurette se había colocado detrás y estrechaba el torso contra el del chico, incluso tenía las mejillas apretadas contra su espalda y los ojos cerrados. Sus cabellos de color rojo y dorado se desparramaban sobre los hombros. Paul recordó que uno de los conductores de ganado había dicho que la pequeña estaba para comérsela. Eso significaba que al tipo le habría gustado montárselo con ella. Algo de cuyo significado Paul, por el momento, sólo tenía una vaga idea. Pero una cosa era segura: Fleurette era la última en la que Paul hubiera pensado para montárselo. Relacionar la palabra belleza con su hermana le resultaba inconcebible. ¿Por qué se acurrucaba así contra Ruben? ¿Tenía miedo a caerse? Era del todo impensable, pues era una amazona sumamente competente.
No había más remedio, Paul tenía que acercarse más y escuchar lo que los dos andaban cuchicheando. ¡Qué tontería que su poni Minty diera esos pasos tan cortos y rápidos! Resultaba casi imposible ir al compás de Minette y pasar desapercibido. Al menos, era evidente que Fleurette y Ruben no sospechaban nada. Deberían de haber oído el sonido de los cascos, pero no prestaron atención. Gracie, la perra pastora de Fleur, que seguía siempre a su ama como Cleo a Gwyneira, era la única que lanzaba recelosas miradas de soslayo a los matorrales. Pero Gracie no ladraría porque conocía a Paul.
– ¿Crees que encontraremos esas dichosas ovejas? -preguntó justo entonces Ruben. Su voz tenía un timbre nervioso, casi asustado.
Fleurette alzó la cabeza de mala gana de la espalda del muchacho.
– Sí, seguro -murmuró-. No te preocupes. Gracie las reunirá en un santiamén. Puede que… hasta tengamos tiempo para hacer un descanso.
Paul observó desconcertado que las manos de su hermana jugueteaban por la camisa de Ruben y sus dedos avanzaban con cautela entre botón y botón por el pectoral desnudo del muchacho.
Éste no parecía poner trabas. Incluso se volvió un momento y acarició el cuello de Fleur.
– Ah, no sé…, las ovejas…, mi padre me mata si no las llevo a casa.
Eso era. Otra vez se le habían escapado las ovejas a Ruben. Paul ya se imaginaba muy bien de cuáles se trataban. El día anterior, camino de la escuela, había visto de qué forma tan chapucera se había parcheado la cerca del corral de los jóvenes carneros.
– ¿Has arreglado al menos la cerca? -preguntó Fleur. Los dos jinetes llegaron en ese momento a un arroyo y pasaron por un lugar de la orilla especialmente bello y cubierto de hierba que estaba protegido por rocas y palmeras de Nikau. Las manitas morenas de Fleurette se separaron del pecho de Ruben y agarraron con destreza las riendas. Detuvo a Minette, se deslizó de sus lomos y se tendió en la hierba, donde se estiró de modo provocativo. Ruben ató el caballo a un árbol y se tendió junto a ella.