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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– Yo quería rezar por dos cosas -dijo el chico, asintiendo con la cabeza para indicar que había oído, pero que no era esto lo que quería escuchar.

– ¿Por las cosas que te espantan?

– Sí; pensaba que, hallándome en San Pedro, podría hacerlo mejor.

– ¿Y qué son esas cosas que te espantan, Rainer?

– Que piensen que soy judío, y que sea enviado a Rusia.

– Comprendo. No es extraño que estés asustado. ¿Hay alguna posibilidad real de que te tomen por judío?

– ¡Míreme! -dijo sencillamente el chico-. Cuando anotaron mis circunstancias, dijeron que tendrían que comprobarlo. No sé si pueden hacerlo o no, pero supongo que las hermanas deben saber más de lo que nunca me dijeron.

– Si supiesen algo, no lo dirían -replicó Su Ilus-trísima, para animarle-. Sabrían por qué se lo preguntan.

– ¿De veras lo cree usted? ¡Ojalá tenga razón!

– ¿Te preocupa la idea de tener sangre judía?

– Mi sangre me tiene sin cuidado -declaró Rainer-. Nací alemán; eso es lo único importante.

– Pero ellos no lo consideran así, ¿en?

– No.

– ¿Y Rusia? Creo que esto no debe preocuparte, Estáis en Roma, en la dirección contraria.

– Esta mañana, oí decir a nuestro comandante que, después de todo, podrían enviarnos a Rusia. Las cosas no marchan bien allí.

– Eres un niño -declaró bruscamente el arzobispo Ralph-. Deberías estar en el colegio.

– De todos modos, no estaría. -El chico sonrió-. Tango dieciséis años, y estaría trabajando. -Suspiró-. Me habría gustado seguir en la escuela. Aprender es importante.

El arzobispo Ralph se echó a reír, se levantó y volvió a llenar los vasos.

– No me hagas caso, Rainer. Lo que digo no tiene sentido. Sólo son pensamientos desordenados. Es mi hora de pensar. No soy muy buen anfitrión, ¿verdad?

– Yo creo que sí -replicó el muchacho.

– Bueno -dijo Su Ilustrísima, sentándose de nuevo-. Defínete, Rainer Moerling Hartheim.

Un curioso orgullo se reflejó en el rostro juvenil.

– Soy alemán, y católico. Quiero hacer de Alemania un lugar en que la raza y la religión no sean motivo de persecución, y, si vivo, dedicaré mi vida a este fin.

– Rezaré por ti, para que vivas y tengas éxito.

– ¿Lo hará? -preguntó tímidamente el chico-. ¿Rezará por mí, por mi persona?

– Desde luego. En realidad, me has enseñado algo. Que, en mi oficio, sólo dispongo de un arma: la oración. No puedo hacer otra cosa.

– ¿Quién es usted? -preguntó Rainer, que empezaba a pestañear a causa del vino.

– Soy el arzobispo Ralph de Bricassart.

– ¡Oh! ¡Yo creía que era un sacerdote corriente!

– Soy un sacerdote corriente. Nada más. -¡Voy a hacer un trato con usted! -manifestó el muchacho, orillándole lo ojos-. Rece usted por mí, padre, y, si vivo lo bastante para conseguir lo que pretendo, volveré a Roma para decirle lo que ha logrado con sus oraciones.

Los ojos azules sonrieron afectuosos.

– Está bien, trato hecho. Y, cuando vuelvas, te diré lo que yo crea que hicieron mis oraciones. -Se levantó-. Espera aquí, pequeño político. Voy a buscarte algo de comer.

Hablaron hasta que la aurora brilló entre las cúpulas y los campanarios, y revolotearon las palomas al otro lado de la ventana. Entonces, el arzobispo condujo a su invitado a través de las salas públicas del palacio, observando su asombro, complacido, hasta dejarle en el aire fresco y claro de la mañana. Aunque él no lo sabía ahora, el muchacho de espléndido nombre iría realmente a Rusia, llevando consigo un recuerdo extrañamente dulce y tranquilizador: que en Roma, en la Iglesia misma de Nuestro Señor, un hombre rezaba diariamente por él, por su persona.

Cuando la 9.ª División australiana estuvo lista para embarcar hacia Nueva Guinea, se estaba realizando una operación de barrido en todo el escenario de la guerra. Malhumorada, la división más distinguida de toda la historia militar australiana, sólo podía esperar alcanzar más gloria en otra parte, persiguiendo a los japoneses a través de Indonesia. Guadalcanal había destruido todas las esperanzas japonesas de llegar a Australia. Sin embargo, como los alemanes, se batían fieramente en retirada. Aunque sus recursos estaban lastimosamente desperdigados, y sus tropas se hundían por falta de suministros y de refuerzos, hacían pagar caro a los americanos y australianos cada palmo de terreno que reconquistaban. En su retirada, los japoneses abandonaron Buna, Gona, Salamaua, y retrocedieron por la costa norte, hacia Lae y Finschafen.

El 5 de setiembre de 1943, la 9.ª División desembarcó precisamente al este de Lae. Hacía muchísimo calor, la humedad era del cien por cien, y llovía todas las tardes, aunque todavía faltaban dos meses para la estación húmeda. El peligro de paludismo significaba que todos debían tomar «atebrina», y las pequeñas tabletas amarillas hacían que todos se sintiesen tan enfermos como si sufriesen efectivamente fiebres palúdicas. La humedad constante era causa de que llevasen siempre mojados los calcetines y las botas; los pies se volvían esponjosos, y las junturas de los deudos estaban en carne viva. Las picaduras de los mosquitos se infectaban y ulceraban.

En Port Moresby, habían visto el lamentable estado en que se hallaban los indígenas de Nueva Guinea, y, si éstos no podían soportar el clima sin padecer erupciones, beriberi, malaria, neumonía, enfermedades crónicas de la piel, hepatomegalia y esplenomegalia, poco podía esperar el hombre blanco. También había, en Port Moresby, supervivientes de Kokoda, víctimas de Nueva Guinea, más que de los japoneses, demacrados, llagados, delirantes a causa de la fiebre. El frío glacial, a casi tres mil metros de altura, había causado, en unos hombres vestidos con ropas tropicales, diez veces más de muertes por neumonía que a manos de los japoneses. Barro resbaladizo, bosques fantásticos iluminados por la pálida luz espectral de los hongos fosforescentes, terribles subidas sobre una maraña de raíces descubiertas que significaban que un hombre no podía mirar hacia arriba y era un blanco magnífico para los tiradores emboscados. Nada podía haber tan diferente del Norte de África, y la 9.ª División habría cambiado de buen grado la ruta de Kokoda por dos El Alamein.

Lae era una población costera entre herbazales densamente poblados de árboles, muy alejada de las alturas de tres mil metros del interior, y, como campo de batalla, mucho mejor que Kokoda. Sólo había unas pocas casas de europeos, una bomba de petróleo y una serie de chozas indígenas. Los japoneses luchaban como siempre, pero eran poco numerosos y estaban mal abastecidos, y tan agotados por el clima de Nueva Guinea y por las enfermedades como los propios australianos contra los que luchaban. Después del masivo armamento y de la extraordinaria mecanización del Norte de África, resultaba extraño no ver nunca un mortero o una pieza de artillería de campaña; sólo fusiles «Owen» y rifles, siempre con la bayoneta calada. A Jims y Patsy les gustaba la lucha cuerpo a cuerpo, porque así estaban juntos y podían protegerse mutuamente. En todo caso, el enemigo había perdido categoría, comparado con el Afrika Korps. Ahora eran unos hombrecillos menudos y amarillos, todos los cuales parecían llevar gafas y tener dientes de cordero. Carecían en absoluto de aire marcial.

Dos semanas después de desembarcar la 9.ª División en Lae, se acabaron los japoneses. Tratándose de Nueva Guinea, amaneció un día espléndido de primavera. La humedad había bajado veinte grados, el sol brillaba en un cielo súbitamente azul, en vez de ser brumoso y blanquecino; la vertiente aparecía verde, purpúrea y morada, detrás de la población. La disciplina se había relajado, y todos parecían tomarse un día de fiesta para jugar al criquet; pasear, hostigar a los indígenas para hacerles reír y mostrar sus encías rojas y desdentadas, resultado de su afición a chupar nuez de betel. Jims y Patsy paseaban entre las altas hierbas de fuera de la población, porque esto les recordaba Drogheda; el mismo color leonado y blanquecino, y los altos tallos que tenían las hierbas en Drogheda después de las fuertes lluvias.

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