El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
– Ahora ya no tardaremos en volver, Patsy -dijo Jims-. Hemos hecho correr a los japoneses, y también a «Jerry». ¡A casa, Patsy, a Drogheda! La espera se me hace larga.
– Ya -dijo Patsy.
Caminaban hombro con hombro, mucho más juntos de lo permisible entre hombres corrientes, y a veces se tocaban, no deliberadamente, sino como toca un hombre su propio cuerpo, para rascarse o para asegurarse de forma inconsciente de su propia presencia. ¡Qué agradable era sentir el sol verdadero en la cara, en vez de aquel calor húmedo de baño turco! De vez en cuando, levantaban la cabeza para captar el olor de la hierba caldeada, tan parecido al de Drogheda, y soñar un poco que estaban de nuevo allí, caminando hacia un wilga para tenderse a su sombra en pleno mediodía, a leer un libro, a dormitar. Rodar en el suelo, sentir la tierra hermosa y amiga bajo la piel, escuchar el latido de un corazón enterrado en alguna parte, un corazón de madre que latía por el hijo adormecido.
– ¡Jims! ¡Mira! ¡Un lorito de Drogheda! -exclamó Patsy, impulsado a hablar por la emoción.
Tal vez aquellos loritos australianos se criaban también en la región de Lae, pero la hermosura del día y este inesperado recordatorio del hogar provocaron en Patsy un tremendo entusiasmo. Riendo, sintiendo el cosquilleo de la hierba en sus piernas desnudas, echó a correr detrás del pájaro, arrancándose el sombrero de la cabeza y levantándolo como si creyese de verdad que podía cazar con él el ave escurridiza. Jims le miraba y sonreía.
Tal vez había corrido veinte metros cuando la ametralladora arrancó briznas de hierba a su alrededor; Jims vio que alzaba los brazos y que su cuerpo giraba en redondo, extendiendo las manos en suplicante ademán. Desde la cintura a las rodillas, manaba sangre, sangre vital.
– ¡Patsy, Patsy! -gritó Jims, sintiendo las balas en cada célula ‹ie su propio cuerpo, sintiéndose morir.
Inició la carrera a grandes zancadas, ganó velocidad y, entonces, se impuso su prudencia de soldado y se dé^ó caer de bruces en el suelo, en el momento en que la ametralladora volvía a disparar.
– Patsy, Patsy, ¿estás bien? -gritó estúpidamente, puesto que había visto la sangre.
Increíblemente, le llegó una débil respuesta:
– Ya.
Palmo a palmo, Jims se arrastró entre la hierba fragante, escuchando el viento, el rumor de su propio avance.
Cuando llegó junto a su hermano, apoyó la cabeza en el hombro desnudo y lloró.
– Basta -dijo Patsy-. Todavía no estoy muerto.
– ¿Es muy grave? -preguntó Jims, bajando el pantalón de su hermano y observando, tembloroso, la piel ensangrentada.
– En todo caso, tengo la impresión de que no voy a morir de ésta.
Ahora les rodeaban otros hombres, jugadores de criquet que llevaban todavía sus defensas y sus guantes; alguien fue en.busca de una camilla, mientras los otros hacían callar la ametralladora al otro lado del claro. Una operación realizada con mas crueldad de lo acostumbrado, porque todos querían a Harpo. Si algo le ocurría a éste, Jims no volvería nunca a ser el mismo.
Un día espléndido; el lorito se había marchado hacía rato, pero otros pájaros gorjeaban y revoloteaban sin temor, después del silencio impuesto por el combate.
– Patsy ha tenido mucha suerte -dijo más tarde el médico a Jims-. Debe de tener doce balas en el cuerpo, pero la mayor parte de ellas le dieron en los muslos. Dos o tres que le hirieron más arriba parece que se alojaron en el hueso o en los músculos de la pelvis. Yo diría que ni los intestinos ni la vejiga han sufrido daño. Lo único que…
– Bueno, ¿qué? -le apremió Jims, con impaciencia, todavía temblando y con los labios amoratados. -Desde luego, no puede afirmarse nada con seguridad en este momento, y yo no soy un genio de la cirugía, como algunos tipos de Port Moresby. Éstos podrían decirle mucho más. Pero la uretra ha resultado afectada, y también los pequeños nervios del periné. Estoy seguro de que podremos dejarlo como nuevo, tal vez a excepción de estos nervios. Por desgracia, los nervios no suelen curarse muy bien. -Carraspeó-. Quiero decir que es posible que quede muy reducida su sensibilidad en la región genital.
Jims bajó la cabeza y miró al suelo, a través de un cristal empañado de lágrimas. -Al menos, está vivo -declaró. Le dieron permiso para volar a Port Moresby con su hermano y permanecer allí hasta que Patsy fuese declarado fuera de peligro. Las heridas casi podían calificarse de milagrosas. Las balas habían rodeado el bajo vientre, pero sin penetrar en él. Pero el médico de la 9.ª División había acertado: la sensibilidad de la región inferior de la pelvis había sido muy dañada. Nadie podía decir hasta qué punto era recuperable.
– Esto tiene poca importancia -dijo Patsy, desde la camilla en la que sería llevado por aire a Sydney-. Nunca tuve muchas ganas de casarme. Y ahora, cuídate mucho, Jims, ¿me oyes? Siento mucho dejarte. -Me cuidaré, Patsy. ¡Jesús! -dijo Jims, sonriendo y estrechando con fuerza la mano de su hermano-. ¡Mira que tener que pasar el resto de la guerra sin mi mejor camarada! Te escribiré para decirte cómo van las cosas. Saluda a la señora Smith y a Meggie y a mamá de mi parte, ¿eh? No deja de ser una suerte, volver a Drogheda.
Fee y la Señora Smith volaron a Sydney, a esperar el avión americano que traía a Patsy desde TownsviIle. Fee permaneció allí sólo unos días, pero la señora Smith se quedó en un hotel de Randwick, cerca del hospital militar del Príncipe de Gales. Patsy estuvo tres meses allí: Para él, la guerra había terminado. La señora Smith había vertido muchas lágrimas, pero también había motivos para estar alegre. En cierto modo, él no podría llevar una vida sexual normal, pero podría hacer muchas cosas: montar a caballo, caminar, correr. A fin de cuentas, los Cleary parecían poco inclinados al matrimonio. Cuando le dieron de alta en el hospital, Meggie vino de Gilly en el «Rolls», y las dos mujeres le acomodaron en el asiento de atrás, entre mantas y revistas, pidiendo otra gracia al cielo: que Jims volviese también a casa.
16
Hasta que el delegado del emperador Hirohito no hubo firmado la rendición oficial del Japón, no creyeron en Gillanbone que la guerra hubiese realmente terminado. La noticia llegó el domingo, dos de setiembre de 1945, o sea, exactamente a los seis años de haber empezado el conflicto. Seis años de agonía. ¡Cuántos vacíos que no volverían a llenarse! Rory, hijo de Dominic O'Rourke; John, hijo de Horry Hopeton; Cor-mac, hijo de Edén Carmichael. El hijo menor de Ross MacQueen, Agnus, no volvería a andar; David, hijo de Anthony King, podría andar, pero sin ver adonde iba, Patsy, hijo de Paddy Cleary, nunca podría tener hijos. Y estaban aquellos cuyas heridas eran invisibles, pero no menos profundas; que se habían marchado alegremente, riendo y cantando, y habían vuelto sin ruido, hablando poco y riendo sólo en raras ocasiones. ¿Quién podía soñar, cuando empezó la contienda, que duraría tanto y se cobraría un precio tan terrible?
Gillanbone no era una comunidad particularmente supersticiosa, pero, incluso sus moradores más cínicos se estremecieron aquel domingo, dos de setiembre. Porque, el mismo día que terminó la guerra, terminó también la más larga sequía de la historia de Australia. Durante casi diez años, no había llovido de modo apreciable; pero, aquel día, el cielo se llenó de una densa capa de negras nubes, que se abrieron y vertieron un palmo y medio de agua sobre la tierra sedienta. Un par de centímetros de lluvia no habrían significado el final de la sequía, si no hubiesen ido seguidos de algo más, pero un palmo y medio significaba hierba.