El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Se retrepó en el sillón, meciéndose ligeramente, medio cerrados los ojos, pero observando a Meggie como observa el científico una muestra.
– Sea lo que fuere lo que viese en ti, lo vio en el momento de conocerte, y nunca dejó de subyugarle. Lo peor vendría para él al hacerte tú mayor, pero se enfrentó con ello cuando vino aquí y se encontró con que te habías marchado, después de casarte. ¡Pobre Ralph! Por fuerza tenía que buscarte. Y te encontró, ¿verdad? Lo supe cuando volviste a casa, antes de nacer Dane. Habiendo tenido a Ralph de Bricassart, ya no tenías por qué quedarte más tiempo con Luke.
– Sí -suspiró Meggie-. Ralph me encontró. Pero esto no solucionó nada, ¿verdad? Yo sabía que él nunca renunciaría a su Dios. Por esta razón resolví tener lo único de él que podría tener jamás. Su hijo. Dane.
– Es como escuchar un eco -dijo Fee, con su risa cascada-. Se diría que tú eres yo, al decir esto.
– ¿Frank?
El sillón chirrió; Fee se levantó, dio unos pasos, volvió atrás y miró fija y duramente a su hija.
– ¡Vaya, vaya! Toma y daca, ¿verdad, Meggie? ¿Desde cuándo lo sabías?
– Desde que era pequeña. Desde aquella vez que Frank se escapó de casa.
– Su padre estaba casado. Era mucho mayor que yo; un político importante. Si te dijese su nombre, lo reconocerías. Muchas calles de Nueva Zelanda lo llevan, y tal vez un par de poblaciones. Pero le llamaré Pakeha. Quiere decir «hombre blanco», en maorí, y con esto bastará. Ahora está muerto, desde luego. Yo tengo una pizca de sangre maorí, pero el padre de Frank era medio maorí. Esto se veía en Frank, porque tenía sangre de los dos. ¡Oh! ¡Cómo amé a aquel hombre! Tal vez fue la llamada de la sangre, no lo sé. Era guapísimo. Alto, de cabellos negros, con los ojos negros más brillantes y alegres que jamás he visto. Tenía todo lo que no tenía Paddy: cultura, refinamiento, seducción. Le amé con locura. Pensé que nunca amaría a nadie más, ¡y acaricié esta ilusión hasta que fue demasiado tarde! -Su voz se quebró. Fee se volvió y contempló el jardín-. Tengo que responder de muchas cosas, Meggie, puedes creerlo.
– Por esto querías a Frank más que a todos nosotros -dijo Meggie.
– Pensaba que sí, porque él era hijo de Pakeha, y los otros pertenecíais a Paddy. -Se sentó, y lanzó un suspiro extraño, lúgubre-. Ya ves que la historia se repite. Cuando vi a Dane, te aseguro que reí para mis adentros.
– Mamá, ¡eres una mujer extraordinaria!
– ¿Sí? -La silla crujió; la mujer se inclinó hacia delante-. Deja que te diga un pequeño secreto, Meggie. Extraordinaria o vulgar, soy una mujer muy desgraciada. Por una u otra razón, he sido desgraciada desde el día en que conocí a Pakeha. Casi todo fue culpa mía. Yo le amaba, pero lo que él me hizo no debería ocurrirle a ninguna mujer. Y estaba Frank… Me aferraba a Frank y me olvidaba del resto de vosotros. Y descuidaba a Paddy, que era lo mejor que había encontrado en mi camino. Sólo que no lo veía. Siempre le estaba comparando con Pakeha. ¡Oh! Le estaba agradecida y no podía dejar de ver lo bueno que era… -Se encogió de hombros-. Bueno, todo esto pertenece al pasado. Lo que quería decirte era que es muy mala cosa, Meggie. Lo Sabes, ¿verdad?
– No, no lo sé. Tal como yo lo veo, la Iglesia-hace mal en privar de esto a sus sacerdotes.
– Es curioso que siempre consideremos a la Iglesia como femenina. Robaste un hombre a una mujer, Meggie; lo mismo que yo.
– Ralph no debía fidelidad a ninguna mujer que no fuese yo. La Iglesia no es una mujer, mamá. Es una cosa, una institución.
– No trates de justificarte delante de mí. Conozco todas las respuestas. Yo pensaba igual que tú, en aquella época. Él no podía pensar en el divorcio. Era uno de los primeros de su raza que había alcanzado una gran posición política; tenía que elegir entre su pueblo y yo. ¿Qué nombre podía resistir una oportunidad como aquélla para ennoblecerse? Lo mismo que tu Ralph escogió la Iglesia, ¿no? Por esto pensé: «No importa. Tomaré lo único que puede darme: al menos podré amar a su hijo.»
De pronto, Meggie odió a su madre lo bastante para no poder compadecerla, aborreció la inferencia de que ella misma había cometido un error tan grande como aquélla. Por consiguiente, dijo:
– Salvo que yo fui mucho más lista que tú, mamá. Mi hijo tiene un apellido que nadie podrá quitarle, ni siquiera Luke.
El aliento de Fee silbó entre sus dientes.
– ¡Horrible! ¡Qué engañosa eres, Meggie! Tu boca no está hecha para la miel, ¿verdad? Bueno, mi padre compró a mi marido para que diese un apellido a Frank y le librase a él de mí. ¡Pensaba que tú no lo sabías! ¿Cómo te enteraste?
– Esto es asunto mío.
– Tendrás que pagar, Meggie. Créeme, tendrás que pagarlo. No te saldrá de rositas, como no me salió a mí. Yo perdí a Frank de la peor manera en que una madre puede perder un hijo; ni siquiera puedo verle, ¡y lo añoro tanto…! Pero ¡espera! ¡También tú perderás a Dane!
– No, por poco que pueda. Tú perdiste a Frank porque éste no podía soportar a papá. Yo me aseguré de que Dane no tuviese un papá que pudiese dominarle. Seré yo quien]o domine, aquí, en Drogheda. ¿Por qué te imaginas que le estoy enseñando el oficio de ganadero? En Drogheda estará seguro.
– ¿Lo estuvo papá? ¿Lo estuvo Stuart? Nadie está seguro. Y no podrás retener a Dane, si él quiere marcharse. Papá no dominó a Frank. Eso fue lo malo.
Frank no se dejaba llevar de la brida. Y si te imaginas que tú, una mujer, podrás hacerlo con el hijo de Ralph de Bricassart, te llevarás otro desengaño. Es lógico, ¿verdad? Si ninguna de las dos pudo retener al padre, ¿cómo puede esperar que retendrá al hijo?
– Sólo puedo perder a Dane si tú te vas de la lengua mamá. Y te lo advierto: antes te mataría.
– No te preocupes; no vale la pena de que te ahorquen por mi causa. Tu secreto está seguro conmigo; no soy más que un observador curioso. Sí, eso es lo que soy: un observador.
– ¡Oh, mamá! ¿Cómo pudiste volverte así? ¿Por qué así, tan reacia a ceder?
Fee suspiró.
– Por cosas que ocurrieron años antes de nacer tú -declaró patéticamente.
Pero Meggie agitó una mano, con vehemencia.
– ¡Oh, no! ¿Después de lo que acabas de decirme? ¡A otro perro con este hueso! ¡Tonterías, tonterías! ¿Me oyes, mamá? Te has revolcado en esto durante la mayor parte de tu vida, ¡como una mosca en un plato de jarabe!
Fee sonrió a sus anchas, sinceramente complacida.
– Yo solía pensar que tener una hija era muchísimo menos importante que tener hijos varones; pero me equivocaba. Contigo, Meggie, disfruto más que con cualquiera de mis hijos. Una hija es una igual. Cosa que no puede decirse de los hijos. Éstos no son más que muñecos indefensos que podemos plantar y derribar a nuestro antojo.
Meggie la miró fijamente.
– Eres cruel. Pero, dime, ¿cuándo empezamos a errar?
– Cuando nacemos -repuso Fee.
Los hombres volvían a millares a sus casas y trocaban los uniformes caqui y los sombreros de campaña por ropas de paisano. Y el Gobierno laborista, que seguía en el poder, echó una larga y dura mirada a las grandes propiedades de las llanuras occidentales y a algunas grandes haciendas más próximas. No era justo que una sola familia poseyese tanta tierra, cuando hombres que se habían arriesgado por Australia carecían de sitio para poner sus cosas y el país necesitaba un trabajo más intensivo de sus tierras. Seis millones de personas para llenar un país tan extenso como los Estados Unidos de América, y sólo un puñado de estos seis millones poseían enormes extensiones de terreno. Las propiedades más grandes tenían que ser divididas, para ceder una parte de ellas a los veteranos de guerra.
Bugela pasaría de 150.000 acres a 70.000; dos ex soldados recibirían 40.000 acres cada uno, a expensas de Martin King. Rudna Hunish tenía 120.000 acres; por consiguiente, Ross MacQueen perdía 60.000 acres, en beneficio de otros dos ex combatientes. Desde luego, el Gobierno indemnizaba a los hacendados, aunque a unos precios más bajos que los que habrían podido obtener en el mercado libre. Y esto dolía. ¡Caramba, si dolía! Ningún argumento era escuchado en Canberra; las grandes propiedades, como Bugela y Rudna Hunish, tenían que dividirse. Era evidente que nadie necesitaba tanta tierra, si el distrito de Gilly tenía muchas haciendas florecientes de menos de 50.000 acres.