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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Sus manos acariciaron al gato sobre la falda escarlata.

– Un raro animal, Eminencia.

– Un aristócrata, Herr general. Tanto el arzobispo como yo llevamos apellidos antiguos y venerables, pero no son nada comparados con su linaje. ¿Le gusta su nombre? En chino, quiere decir Flor de Seda. Muy adecuado, ¿no?

Había llegado el té; todos guardaron silencio hasta que la hermana lega, después de colocar el servicio sobre la mesa, saiió de la habitación.

– No lamentará su decisión de declarar a Roma ciudad abierta, Excelencia -dijo el arzobispo Ralph al nuevo amo de Italia, con meliflua sonrisa. Se volvió al cardenal, quitándose su capa de seducción, innecesaria con aquel hombre tan querido-. Eminencia, ¿quiere usted hacer de «madre» o prefiere que haga yo los honores?

– ¿«Madre»? -preguntó, desconcertado, el general Kesselring.

El cardenal Di Contini-Verchese se echó a reír.

– Es una pequeña chanza. Llamamos «madre» al que sirve el té. Un dicho inglés, Herr general.

Aquella noche, el arzobispo Ralph estaba cansado, inquieto, nervioso. Parecía no hacer nada para contribuir a terminar la guerra, sino sólo tratar de conservar las antigüedades, y había empezado a aborrecer apasionadamente la inercia del Vaticano. Aunque era conservador por naturaleza, a veces la precaución de caracol de los que ocupaban las más altas jerarquías en la Iglesia le irritaba de un modo intolerable. Aparte de los humildes curas y monjas que actuaban como servidores, hacía semanas que no había hablado con una persona corriente, con alguien sin tendencias políticas, espirituales o militares que doblegar. Incluso le costaba más rezar en estos días, y Dios parecía hallarse a una distancia de años-luz, como si se hubiese retirado para que Sus criaturas humanas pudiesen dedicarse de lleno a destruir el mundo que había hecho para ellas. Lo que necesitaba, pensó, era una fuerte dosis de Meggie y Fee, o una fuerte dosis de alguien que no estuviese interesado en el destino del Vaticano que de Roma.

Su Ilustrísima bajó por la escalera privada a la gran basílica de San Pedro, sin ningún fin determinado. Las puertas se cerraban aquellos días al ponerse el sol, señal de la paz inquieta que reinaba en Roma, más elocuente que las compañías de alemanes vestidos de gris que transitaban por las calles de Roma.

Un débil y fantástico resplandor iluminaba el enorme recinto vacío; sus pisadas resonaron huecas sobre el suelo de piedra, se interrumpieron y mezclaron con el silencio al hacer él una genuflexión ante el altar mayor, y empezaron de nuevo. Entonces, en el intervalo entre dos pisadas, oyó una exclamación ahogada. Encendió la linterna que llevaba en la mano; dirigió el rayo de luz hacia el sitio de donde venía el sonido, más curioso que asustado. Éste era su mundo; podía defenderlo sin temor.

El rayo de luz pasó sobre lo que era, para él, la escultura más hermosa de toda la creación: la Pietá de Miguel Ángel. Debajo de las inmóviles figuras, había otra cara, no de mármol sino de carne, una cara surcada de sombras, como de muerto.

– Ciao -dijo Su Ilustrísima, sonriendo.

No hubo respuesta, pero vio que la ropa era de soldado raso de la infantería alemana: ¡su hombre corriente! No importaba que fuese alemán.

– Wie geht's? -preguntó, sin dejar de sonreír.

Un movimiento del otro hizo que unas gotas de sudor brillasen de pronto sobre una frente ancha de intelectual.

– Du bist krank? -preguntó entonces, pensando que el muchacho, pues no era más que un muchacho, tal vez estaba enfermo.

Por fin respondió nana voz:

– Nein.

El arzobispo Ralph dejó la linterna en el suelo y avanzó unos pasos, asió el mentón del soldado y le hizo levantar la cara para mirar sus ojos negros, más negros en la oscuridad.

– ¿Qué te pasa? -preguntó, en alemán, y se echó a reír-. ¡Vamos! -prosiguió, también en alemán-. Tú no lo sabes, pero mi función principal en la vida ha sido ésta: preguntar a la gente lo que le pasa. Y debo decirte que esta pregunta me ha creado no pocos problemas.

– Vine a rezar -dijo el muchacho, con voz demasiado grave para su edad y con fuerte acento bávaro.

– ¿Y te quedaste encerrado?

– Sí, pero eso no tiene importancia.

Su Ilustrísima cogió la linterna.

– Bueno, no puedes quedarte aquí toda la noche, y yo no tengo llaves de la puerta. Ven conmigo. -Echó a andar en dirección a la escalera privada que conducía al palacio pontificio, y siguió hablando, en voz baja y suave-. En realidad, yo también vine a rezar. Gracias a tu Alto Mando, ha sido un día bastante desagradable. Quiero decir, allá arriba… Esperemos que el personal del Santo Padre no se imagine que he sido arrestado y vea que no eres tú quien me conduce, sino yo a ti.

Después, caminaron otros diez minutos en silencio, cruzando pasillos, saliendo a patios y jardines descubiertos, entrando en vestíbulos, subiendo escaleras; el joven alemán no parecía ansioso de apartarse de su protector, pues le pisaba los talones. Por fin. Su Ilustrísima abrió una puerta e hizo entrar al joven en un saloncito pobremente amueblado, encendió una luz y cerró la puerta.

Ahora que podía ver, se observaron mutuamente. El soldado alemán vio a un hombre muy alto, de rostro distinguido y ojos azules e inteligentes; el arzobispo Ralph vio a un chiquillo disfrazado con un uniforme que toda Europa consideraba amenazador, espantoso. Un chiquillo: no más de dieciséis años, con toda seguridad. Delgado y de mediana estatura, tenía largos los brazos y una complexión que prometía fuerza y corpulencia en el futuro. Su rostro tenía un aire que parecía italiano, era moreno y noble, sumamente atractivo; grandes ojos de color castaño oscuro, con largas pestañas negras, y una abundante mata de pelo negro y ondulada. A fin de cuentas, no había en él nada corriente o vulgar, por muy vulgar que fuese su función. Y Su Ilustrísima, aunque había deseado hablar con un hombre corriente, se sintió interesado.

– Siéntate -dijo al muchacho, y se dirigió a un cajón y sacó una botella de vino de Marsala. Llenó dos vasos, dio uno al chico, tomó el otro y se sentó en un sillón desde el que podía observar cómodamente al interesante jovenzuelo-. ¿Tienen que movilizar a los niños para continuar la guerra? -preguntó, cruzando las piernas.

– No lo sé -respondió el muchacho-. Yo estaba en un hogar infantil; por consiguiente, no habrían tardado en sacarme de allí.

– ¿Cómo te llamas, chico?

– Rainer Moerling Hartheim -contestó el muchacho, paladeando las palabras con orgullo.

– Un bonito nombre -comentó gravemente el sacerdote.

– ¿Verdad que sí? Lo elegí yo mismo. Allí me llamaban Rainer Schmidt; pero, cuando ingresé en el Ejército, lo cambié por el nombre que siempre había deseado llevar.

– ¿Eres huérfano?

– Las hermanas me llamaban hijo del amor.

El arzobispo Ralph reprimió una sonrisa; ahora que había perdido el miedo, el chico se mostraba digno y seguro. Entonces, ¿por qué estaba antes asustado? No por miedo a que le encontrasen, ni por haberse quedado encerrado en la basílica.

– ¿Por qué estabas tan espantado, Rainer?

El muchacho sorbió delicadamente el vino y levan tó los ojos, con expresión complacida.

– Es bueno, y dulce. -Se acomodó mejor en el asiento-. Quería ver San Pedro, porque las hermanas hablaban siempre de esto y nos mostraban fotografías. Por consiguiente, cuando nos destinaron a Roma, me alegré mucho. Llegamos esta mañana. Y vine aquí en cuanto pude. -Frunció el ceño-. Pero no es como yo esperaba. Pensaba que, estando en Su iglesia, me sentiría más cerca de Nuestro Señor. Y me encontré con algo enorme y frío. No podía sentirle a Él.

El arzobispo Ralph sonrió.

– Sé lo que quieres decir. Pero San Pedro no es en realidad uña iglesia, ¿sabes? No en el sentido de la mayor parte de las iglesias. San Pedro es la Iglesia. Recuerdo que también a mí me costó bastante acostumbrarme.

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