El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
– Lo siento, Vittorio, pero yo no lo veo de este modo. Digo que debemos denunciar a Hitler, ¡mostrar al mundo su barbarie! Si nos manda fusilar, moriremos como mártires, y esto será aún más eficaz.
– ¡No sea usted obtuso, Ralph! No nos fusilaría. Sabe tan bien como nosotros la impresión que produce un martirio. El Santo Padre sería llevado a Berlín, y nosotros seríamos enviados secretamente a Polonia. A Polonia, Ralph, ¡a Polonia! ¿Quiere morir en Polonia, más inútil de lo que es ahora?
El arzobispo Ralph se sentó, cruzó las manos entre las rodillas y miró con expresión rebelde, a través de la ventana, las palomas que volaban, doradas a la luz del sol poniente, en dirección al palomar. A sus cuarenta y nueve años, estaba más delgado que antes, y envejecía con la misma gallardía con que solía hacerlo todo.
– Ralph, nosotros somos lo que somos. Hombres, sí, pero de un modo secundario. Ante todo, somos sacerdotes.
– No era éste su concepto de las prioridades cuando yo volví de Australia, Vittorio.
– Entonces me refería a algo distinto, y usted lo sabe. Se muestra usted difícil. Ahora quiero decir que no podemos pensar como hombres. Debemos hacerlo como sacerdotes, puesto que éste es el aspecto más importante de nuestras vidas. Pensemos lo que pensemos como hombres, debernos fidelidad a la Iglesia y no al poder temporal, Sólo debemos ser fieles al Santo Padre! Usted juró obediencia, Ralph. ¿Quiere ser perjuro otra vez? El Santo Padre es infalible en todas las materias referentes a la conveniencia de la Iglesia, de Dios.
– ¡Pues ahora se equivoca! Su juicio es parcial. Dirige toda su energía a luchar contra el comunismo. Ve en Alemania el más grande enemigo de éste, el único factor real capaz de impedir la propagación del comunismo en Occidente. Quiere que Hitler permanezca firme en su silla alemana, como prefiere que Mussolini siga gobernando Italia.
– Créame, Ralph, hay cosas que usted no sabe. Él es el Papa, ¡es infalible! Negar esto, es negar la propia fe.
La puerta se abrió discretamente, pero con prisa.
– Herr General Kesselring, Eminencia.
Ambos prelados se levantaron, sonrientes, borradas de sus rostros sus anteriores diferencias.
– Es un gran placer, Excelencia. ¿Quiere usted sentarse? ¿Quiere un poco de té?
La conversación se desarrollaba en alemán, ya que muchos de los grandes dignatorios del Vaticano hablaban esta lengua. Al Santo Padre le gustaba hablar y escuchar el alemán.
– Gracias, Eminencia; acepto. En ningún otro lugar de Roma se puede tomar un té inglés tan excelente.
El cardenal Vittorio sonrió ingenuamente.
– Es un hábito que adquirí cuando estuve de legado pontificio en Australia, y que, a pesar de ser italiano, he conservado desde entonces.
– ¿Y usted, Ilustrísimo Señor?
– Yo soy irlandés, Herr general. Los irlandeses estamos también acostumbrados a tomar té.
El general Albert Kesselring siempre trataba al arzobispo De Bricassart de hombre a hombre; al lado de los taimados melifluos prelados italianos, resultaba agradable hablar con un hombre carente de sutileza y de astucia, recto y franco.
– Como siempre, Ilustrísimo Señor, me sorprende la pureza de su acento alemán -encomió.
– Tengo facilidad para los idiomas, Herr general, y esto, como todas las dotes naturales, no es digno de alabanza.
– ¿En qué podemos servir a Su Excelencia? -preguntó suavemente el cardenal.
– Supongo que.a estas horas se habrán enterado de lo que le ha sucedido a «II Duee», ¿no?
– Sí, Excelencia, lo sabemos.
– Entonces, ya habrán adivinado, en parte, el objeto de mi visita. Asegurarles que todo marcha bien y pedirles que transmitan un mensaje a los que veranean en Castelgandolfo. En estos momentos, estoy tan ocupado que me es imposible ir personalmente a Castelgandolfo.
– El mensaje será transmitido. ¿Tan ocupado está usted?
– Naturalmente. Sin duda se habrá dado cuenta de que, ahora, los alemanes estamos en país enemigo.
– ¿Éste, Herr general? Esto no es suelo italiano, y aquí no tenemos más enemigos que el mal.
– Le pido perdón, Eminencia. Naturalmente, me refería a Italia, no al Vaticano. Pero, en lo tocante a Italia, debo actuar como ordena mi Führer. Italia será ocupada, y mis tropas, que hasta ahora eran aliadas, se convertirán en fuerza de policía.
El arzobispo Ralph, sentado cómodamente y sin que pareciese haber sostenido una lucha ideológica en su- vida, observaba atentamente al visitante. ¿Sabía lo que estaba haciendo su Führer en Polonia? ¿Cómo podía no saberlo?
El cardenal Vittorio puso cara de ansiedad.
– Mi querido general, no en la propia Roma, ¿verdad? ¡Oh, no! Roma, con su historia, con sus obras de arte de valor incalculable… Si sus tropas ocupan las Siete Colinas, habrá lucha, destrucción. ¡Le suplico que no haga esto!
El general Kesselring pareció incómodo.
– Confío en que no llegaremos a esto, Eminencia. Pero yo presté también un juramento, obedezco órdenes. Debo cumplir los deseos de mi Führer.
– ¿Hará algo por nosotros, Herr general? ¡Por favor! Yo estuve en Atenas hace unos años -dijo rápidamente el arzobispo Ralph, inclinándose hacia delante, muy abiertos los amables ojos, con un mechón de cabellos salpicados de plata cayéndole sobre la frente; comprendía perfectamente el efecto que producía en el general, y usaba de él sin remilgos-. ¿Ha estado usted en Atenas, señor?
– Sí -contestó secamente el general.
– Entonces, estoy seguro de que sabe lo que ocu. rrió. ¿Cómo es posible que unos hombres de tiempos relativamente modernos destruyesen los edificios de la cima de la Acrópolis? Herr general, Roma es lo que siempre fue, un monumento cuidado, amado, desde hace dos mil años. ¡Se lo suplico! No pongan en peligro a Roma.
El general le miró fijamente, con sorprendida admiración; su uniforme le sentaba muy bien, pero no mejor que la sotana, con su toque de púrpura imperial, al arzobispo Ralph. También éste tenía aspecto de soldado, un cuerpo parcamente hermoso de soldado, con cara de ángel. Así debía parecer el arcángel Miguel; no como un delicado joven del Renacimiento, sino como un hombre maduro y perfecto, que había amado a Lucifer, luchado contra él, arrojado a Adán y a Eva del Paraíso, matado a la serpiente, montado guardia a la diestra de Dios. ¿Sabía él el aspecto que tenía? Ciertamente, era un hombre digno de ser recordado.
– Haré todo lo que pueda, Ilustrísimo Señor, se lo prometo. Confieso que, hasta cierto punto, la decisión me corresponde. Pero ustedes me piden mucho. Si declaro a Roma ciudad abierta, esto significa que no puedo volar sus puentes ni convertir sus edificios en fortalezas, y esto podría redundar en perjuicio de Alemania. ¿Qué garantía tengo de que Roma no me pagará con una traición, si soy bueno con ella?
El cardenal Vittorio frunció los labios, siseó a su gato, que era ahora un elegante siamés, sonrió amablemente y miró al arzobispo.
– Roma nunca pagará la bondad con la traición, Herr general. Si tiene tiempo de visitar a los veraneantes de Castelgandolfo, estoy seguro de que se lo asegurarán, igual que yo. Ven aquí, Kheng-see, cariño. ¡Ah! ¡Qué cariñosa eres!