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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Era algo hermoso, maravilloso: el punto culminante de la vida del artillero, que lo vivía y lo revivía en sus sueños, despierto y durmiendo, en el resto de sus días de respiro. Y anhelaban estar de nuevo, durante quince minutos, con los cañones de Montgomery.

Silencio. Un silencio absoluto que rompía como las olas en los dilatados tímpanos; un silencio insoportable. Exactamente cinco minutos antes de las diez. La 9.ª División se puso en pie, salió de sus trincheras y avanzó en la tierra de nadie, calando las bayonetas, buscando las municiones, soltando los seguros, comprobando sus cantimploras, las raciones, los relojes, los cascos de acero, las cintas de las botas, para que estuviesen bien atadas, y la situación de los que llevaban las ametralladoras. Era fácil verlo todo, a la triste luz de las llamas y de la arena caldeada y derretida como vidrio, pero el sudario de polvo les separaba del enemigo, y estaban seguros. De momento. Al llegar al borde del campo minado, se detuvieron y esperaron.

Las diez de la noche. El sargento Malloy se llevó el silbato a los labios y emitió un sonido agudo que recorrió las filas de la compañía; el capitán dio la orden de avanzar. La 9.a División penetró en el campo minado en un frente de tres kilómetros, y los cañones empezaron a rugir de nuevo detrás de ella. Podían ver adonde iban como si fuese de día, mientras los cañones, apuntaban cerca, hacían estallar sus proyectiles a pocos metros de ellos. Cada tres minutos, rectificaban la puntería a cien metros más lejos; y ellos avanzaban estos cien metros, pidiendo al cielo que sólo hubiese minas antitanques o que las minas S, contra los hombres, hubiesen estallado por efecto del bombardeo de los cañones de Montgomery. Aún había alemanes e italianos en el campo, puestos de ametralladoras, artillería ligera de 50 mm, morteros. A veces, un hombre podía pisar una mina S sin explotar, y tener tiempo de verla saltar de la arena antes de que le partiese por la mitad.

No había tiempo para pensar, no había tiempo para hacer nada, salvo arrastrarse al compás de los cañones, cien metros cada tres minutos, y rezar. Ruido, luz, polvo, humo, terror clavado en las entrañas.

Campos de minas que no tenían fin, tres o cinco kilómetros de minas, sin poder volver atrás. A veces, en las pequeñas pausas entre el fuego de barrera, llegaba el lejano y fantástico gemido de una gaita surcando el aire cálido y espeso; a la izquierda de la 9.ª División australiana, los highlanders de la 51.a División avanzaban sobre los campos minados con un gaitero al frente de cada compañía, acompañando al comandante. Para un escocés, el sonido de la gaita llamándole al combate era el mejor señuelo del mundo, y, para los australianos, resultaba animoso, consoladcr. En cambio, erizaba los cabellos de los alemanes y de los italianos.

La batalla prosiguió durante doce días, y doce días son un tiempo muy largo para una batalla. Al principio, la 9.ª División tuvo suerte; sus bajas fueron relativamente escasas en los campos de minas y durante los primeros días de continuo avance dentro del territorio de Rommel.

– ¿Sabes que preferiría que me pegasen un tiro a hacer de zapador? -dijo Col Stuart, apoyándose en su pala.

– No lo sé, amigo; pero creo que ellos saben lo que se hacen -gruñó el sargento-. Esperan detrás de sus malditas líneas a que hayamos hecho todo el trabajo, y después, salen con sus malditos detectores de minas y abren estrechos caminos para sus dichosos tanques.

– La culpa no es de los tanques, Bob, sino del jefazo que los despliega -dijo Jims, golpeando la tierra del borde de su sección de la nueva trinchera con la pala-. ¡Dios mío! ¡Ojalá decidiesen tenernos una temporada en el mismo sitio! En estos cinco días, he levantado más polvo que un maldito oso hormiguero.

– Sigue cavando, amigo -dijo rudamente Bob.

– ¡Eh! ¡Mirad! -gritó Col, señalando al cielo.

Dieciocho bombarderos ligeros de la RAF llegaron sobre el valle en perfecta formación y fueron dejando caer sus bombas entre los alemanes y los italianos, con mortal puntería.

– Estupendo -declaró el sargento Bob Malloy, doblando el largo cuello para mirar al cielo.

Tres días más tarde estaba muerto; un enorme trozo de metralla le arrancó un brazo y la mitad del costado, durante un nuevo avance, pero nadie tuvo tiempo de detenerse, salvo para arrancarle el silbato de lo que quedaba de su boca. Los hombres caían ahora como moscas, demasiado fatigados para mantenerse alerta como al principio; mas, cuando podían apoderarse de un mísero pedazo de desierto, se aferraban a él, contra la encarnizada defensa de la flor y nata de un magnífico ejército. Para ellos, no era más que una ciega y terca negativa a darse por vencidos.

La 9.ª División rechazó a Graf yon Sponeck y a Lungerhausen, mientras los tanques irrumpían hacia el Sur, y, por fin, Rommel fue derrotado. El ocho de noviembre, trató de reagrupar sus fuerzas más allá de la frontera egipcia, y, en el otro bando, Montgo-mery quedó al mando de todo el campo de batalla. La segunda batalla de El Alamein fue una importante victoria táctica; Rommel se vio obligado a abandonar muchos tanques, cañones y equipos. La «Operación Torch» podía iniciar, con más seguridad, la marcha hacia el Este, partiendo de Marruecos y de Argelia. Todavía habría que luchar mucho contra el Zorro del Desierto, pero éste había perdido la mayor parte de sus fuerzas en El Alamein. Se había desarrollado la batalla más grande y decisiva del teatro norteafri-cano, y el mariscal de campo Montgomery, vizconde de El Alamein, había sido el vencedor.

La segunda batalla de El Alamein fue el canto del cisne de la 9.ª División australiana en África del Norte. Por fin, volvían a casa para luchar contra los japoneses, en tierras de Nueva Guinea. Desde marzo del 1941, habían estado casi continuamente en la línea del frente, a la que habían llegado mal adiestrados y equipados, pero ahora volvían a casa con una reputación sólo superada por la 4.ª División india. Y, con la 9.ª División, volvían Jims y Patsy, sanos y salvos.

Naturalmente, les dieron permiso para ir a Drog-heda. Bob fue a Gilly a buscarles, al llegar ellos en el tren de Goondiwindi, pues la 9." División tenía su base en Brisbane, de donde partiría hacia Nueva Guinea después de recibir instrucciones de guerra en la jungla. Cuando el «Rolls» avanzó por el paseo de la casa, todas las mujeres estaban esperando en el prado, con Jack y Hughie en segundo término, pero igualmente ansiosos de ver a sus jóvenes hermanos. Los corderos que quedaban en Drogheda podían morirse si querían; ¡hoy era día de fiesta!

Cuando el coche se detuvo y los dos soldados se apearon, nadie se movió. ¡Qué diferentes parecían! Dos años en el desierto habían arruinado sus primitivos uniformes; ahora vestían traje verde de campaña y parecían extraños. Se habría dicho que habían crecido varios centímetros, y era verdad; los dos últimos años de su desarrollo los habían pasado lejos de Drogheda, y ahora eran más altos que sus hermanos mayores. Ya no eran muchachos, sino hombres, aunque no hombres del tipo Bob-Jack-Hughie; las penalidades, el ardor del combate, la muerte violenta, les ha bía dado algo que jamás habrían adquirido en Drog-heda. El sol norteafricano había secado su piel, dándole un tono de caoba rosada, y les había despojado de todos los atributos infantiles. Sí; se podía creer que estos dos hombres de sencillo uniforme, de sombrero gacho y torcido sobre la oreja izquierda, con la insignia del sol naciente de la AIF, habían matado a otros hombres. Lo llevaban en los ojos, azules como los de Paddy, pero más tristes, carentes de su dulzura.

– ¡Mis chicos, mis chicos! -gritó la señora Smith, corriendo hacia ellos, con la cara surcada de lágrimas.

No; no importaba lo que hubiesen hecho, lo mucho que habían cambiado; seguían siendo los niños a los que había lavado, a los que había cambiado los pañales, alimentado, secado las lágrimas, curado a besos las heridas. Lástima que las heridas que habían sufrido ahora no pudiesen curarse con besos.

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