El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Meggie, Fee Bob, Jack, Hughie y Patsy, estaban de pie en la galena, observando a través de la oscuridad, oliendo el perfume insoportablemente dulzón de la lluvia sobre el apergaminado y requebrajado suelo. Caballos, corderos, bueyes y cerdos, apuntalaban sus patas para no resbalar en el suelo embarrado y dejaban correr el agua sobre sus cuerpos temblorosos; la mayor parte de ellos había nacido después de que el último aguacero cayese sobre su mundo. En el cementerio, la lluvia arrastró el polvo, lo blanqueó todo, lavó las alas extendidas del plácido ángel de Botticelli. El torrente bajó crecido, y el fragor de su corriente se mezcló con el redoble de la lluvia. ¡Lluvia, lluvia! Lluvia. Como una bendición de una enorme mano inescrutable, largo tiempo cerrada y que se abría al fin. La bendita y maravillosa lluvia. Porque lluvia significaba hierba, y la hierba era vida.
Apareció una especie de vello verde pálido en el suelo, y las pequeñas briznas se elevaron, se ramificaron, retoñaron, adquirieron un verde más oscuro al estirarse, y después, palidecieron y se convirtieron en la hierba plateada, alta hasta las rodillas, de Drog-heda. El Home Paddock parecía un campo de trigo, ondeando a cada ráfaga de viento, y en los jardines de la mansión hubo un estallido de colores, al abrirse los grandes capullos, y los eucaliptos aparecieron súbitamente blancos y verdes, después de nueve años de polvo y de mugre. Pues, aunque la absurda cantidad de depósitos instalados por Michael Carson conservaron el agua suficiente para mantener con vida los jardines de la casa, el polvo se había aposentado en cada hoja y en cada pétalo, dándoles un color pardusco y triste. Y una antigua leyenda había resultado ser verdad: Drogheda contaba con agua suficiente para aguantar diez años de sequía, pero sólo en la mansión.
Bob, Jack, Hughie y Patsy volvieron a las dehesas, empezaron a buscar la manera de repoblarla de ganado; Fee abrió un frasco nuevo de tinta negra y cerró furiosamente su botellita de tinta roja; Meggie vio acercarse el final de su vida de amazona, porque Jims no tardaría en volver y pronto aparecerían hombres en busca de trabajo.
Después de nueve años, quedaban muy pocas cabezas de ganado lanar y vacuno; sólo los sementales ganadores de premios, que habían estado siempre en el corral y sido alimentados a mano, que eran un núcleo de campeones, carneros y toros. Bob se dirigió al Este, a la cima de las vertientes occidentales, a comprar ovejas de buena raza en propiedades no tan perjudicadas por la sequía. Jims volvió a casa. Ocho ganaderos se incorporaron a la nómina de Drogheda. Meggie colgó su silla de montar.
Poco después de esto, Meggie recibió una carta de Luke, la segunda desde que ella le había dejado, en la que decía:
Creo que ya falta poco. Unos pocos años más en el azúcar, y habré terminado. La espalda me duele un poco estos días, pero todavía puedo cortar caña como el mejor, ocho o nueve toneladas al día. Ame y yo tenemos otros doce equipos que cortan para nosotros, todos ellos buenos chicos. El dinero corre mucho, ahora que. Europa necesita todo el azúcar que podemos producir. Ahora gano más de cinco mil libras al año, y lo ahorro casi todo. Dentro de poco, Meg, podré ir a Kynuna. Tal vez cuando lo haya arreglado todo, querrás volver a mi lado. ¿Te di el varón que querías? Es curioso que las mujeres se perezcan tanto por los hijos. Creo que esto fue en realidad lo que nos separó, ¿eh? Dime cómo sigues y cómo aguantó Drogheda la sequía. Tuyo. Luke.
Fee salió a la galería, donde estaba sentada Meggie con la carta en la mano, contemplando con mirada ausente más allá del verde prado de la casa.
– ¿Cómo está Luke?
– Igual que siempre, mamá. No ha cambiado en absoluto. Sigue hablando de un poco más de tiempo en el maldito azúcar, de ia finca que va a comprar un día cerca de Kynuna.
– ¿Crees que llegará a hacerlo?
– Supongo que sí; algún día.
– ¿Te reunirías con él, Meggie?
– ¡Ni en un millón de años!
Fee se sentó en un sillón de mimbre al lado de su hija, y se dio la vuelta para poder ver bien a Meggie. A lo lejos, se oían gritos de hombres y golpes de martillo; por fin estaban colocando telas metálicas en las galerías y en las ventanas del piso superior, para impedir que entrasen las moscas. Durante años. Fee se había resistido tercamente. Por muchas moscas que hubiese, no quería que afeasen la casa con telas metálicas. Pero, al prolongarse la sequía, las moscas se hicieron cada vez más insoportables, hasta que, dos semanas antes de que terminase aquélla, Fee dio su brazo a torcer y encargó a un contratista que protegiese todos los edificios de la finca, no sólo la casa principal, sino también las del personal y los barracones.
En cambio, no quiso saber nada de electrificación, aunque, desde 1915, había una «bomba», según la llamaban los esquiladores, que suministraba energía al local de esquileo. ¿Quitar a Drogheda la luz difusa de las lámparas de petróleo? ¡Ni pensarlo! Sin embargo, tenían una nueva cocina de gas, alimentada por depósitos cilindricos regulables, y una docena de frigoríficos de queroseno; la industria australiana no era todavía como en tiempos de paz, pero ya llegarían los nuevos inventos.
– Meggie, ¿por qué no te divorcias de Luke y vuelves a casarte? -preguntó súbitamente Fee-. Enoch Davies te aceptaría en el acto; nunca ha mirado a otra mujer.
Los ojos adorables de Meggie miraron asombrados a su madre.
– ¡Dios mío, mamá! ¡Creo que realmente me hablas de mujer a mujer!
Fee no sonrió, pues no sonreía casi nunca.
– Bueno, si todavía no eres una mujer, nunca llegarás a serlo. Creo que has hecho méritos para ello. Supongo que me estoy haciendo vieja, pues me siento parlanchína.
Meggie rió, alegrándose de la franqueza de su madre y deseosa de no destruir su nuevo estado de ánimo.
– Es la lluvia, mamá. Debe de ser eso. ¿No es maravilloso ver de nuevo hierba en Drogheda y prados verdes alrededor de la casa?
– Sí, lo es. Pero no eludas mi pregunta. ¿Por qué no te divorcias de Luke y te casas de nuevo?
– Las leyes de la Iglesia lo prohiben.
– ¡Monsergas! -exclamó Fee, pero amablemente-. Eres una mitad mía, y yo no soy católica. No me vengas con esa excusa, Meggie. Si de veras quisieras casarte, te divorciarías de Luke.
– Sí, supongo que sí. Pero no quiero casarme otra vez. Soy completamente feliz con mis hijos y Drogheda.
Una risita muy parecida a la suya llegó desde el interior de unos macizos de gencianas, cuyas flores rojas ocultaban al autor de la risita.
– ¡Escucha! Ahí está Dane. ¿Sabes que, a su edad, sabe montar a caballo tan bien como yo? -se inclinó hacia delante-. ¡Dane! ¿Qué estás haciendo? ¡Sal de ahí en seguida!
Salió de debajo de la mata más próxima, con las manos sucias de tierra negra y unos tizones sospechosos alrededor de la boca.
– ¡Mamá! ¿Sabías que el suelo sabe bien? Pues sí, mamá, ¡de veras!
Vino y se plantó delante de ella; a sus siete años, era alto, delgado, graciosamente vigoroso, y su cara mostraba la belleza de la porcelana.
Entonces apareció Justine y se puso a su lado. También era alta, pero flaca más bien que delgada y sumamente pecosa. Era difícil saber cómo eran sus facciones debajo de aquellas grandes manchas pardas, pero los inquietantes ojos eran tan pálidos Como habían sido en la primera infancia, y las cejas y las pestañas eran demasiado rubias para destacar de las pecas. Los mechones furiosamente rojos de Paddy formaban una alborotada mata de rizos sobre su cara de duendecillo. Nadie habría podido decir que fuese una niña linda, pero nadie que la hubiese visto podía olvidarla, no sólo por sus ojos, sino también porque tenía una notable fuerza de carácter. Arisca, dura e inflexiblemente intelectual, Justine, a sus ochos años, era tan indiferente a lo que los otros pensaban de ella como cuando estaba en la cuna. Sólo una persona gozaba de todo su cariño: Dane. Ella seguía adorándole y considerándolo como de su propiedad.