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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Esto había ocasionado más de un conflicto entre ella y su madre. Cuando Meggie colgó la silla de montar y volvió a su papel de madre, esto representó un rudo golpe para Justine. En primer lugar, Justine parecía no necesitar a su madre, puesto que estaba convencida de que en todo tenía razón. Tampoco era de esa clase de niñas que necesitan una confidente o una cariñosa aprobación. Para ella, Meggie era, sobre todo, la persona que se interponía entre ella y Dane. Justine se llevaba mucho mejor con su abuela, que merecía sus calurosos plácemes; mantenía la distancia y presumía que la niña tenía un poco de sentido común.

– Yo le dije que no comiese tierra -declaró Justine.

– Bueno, no va a morirse por esto, Justine, pero tampoco es bueno para él.

– Meggie se volvió a su hijo-. ¿Por qué lo has hecho. Dane?

Él reflexionó gravemente sobre la cuestión.

– Estaba allí, y la comí. Si fuese una cosa mala, sabría mal, ¿no? Y sabe bien.

– No necesariamente -interrumpió Justine, en tono de superioridad-. Te he pillado. Dane. Algunas de las cosas que saben mejor son las más venenosas.

– ¡Di una! -la desafió él.

– ¡Triaca! -declaró ella, en son de triunfo.

Dane había estado muy enfermo después de comerse el contenido de un bote de triaca que había encontrado en la despensa de la señora Smith. Acusó el golpe, pero replicó:

– Todavía estoy vivo; luego no debía ser tan venenoso.

– Fue porque vomitaste. Si no hubieses vomitado, estarías muerto.

Esto era indiscutible. Su hermana rayaba a su misma altura; por consiguiente, la asió amigablemente de un brazo y ambos se alejaron saltando por el prado en dirección a una choza que, siguiendo sus instrucciones, habían montado sus tíos entre las ramas de un pimentero. Los adultos se habían opuesto a este emplazamiento a causa de las abejas, pero se había demostrado que los niños tenían razón. Las abejas se portaban bien con ellos. Además, los niños decían que los pimenteros eran los árboles mejores; facilitaban la intimidad. Tenían un olor seco y fragante, y los racimos de diminutos glóbulos rosados crujían y se deshacían en copos de color rosa al ser aplastados con la mano.

– Dane y Justine no pueden ser más diferentes, y, sin embargo, se llevan muy bien -dijo Meggie-. Es asombroso. Nunca les he visto reñir, aunque no comprendo cómo puede evitar Dane pelearse con una niña tan voluntariosa y terca como Justine.

Pero Fee estaba pensando en otra cosa.

– ¡Señor! Es la viva imagen de su padre -dijo, observando cómo se metía Dane entre las ramas más bajas del pimentero y se perdía de vista.

Meggie sintió un escolafrío, una reacción refleja que muchos años de oír lo mismo no podían impedir. Desde luego, esto se debía a su propio sentimiento de culpabilidad. La gente se refería siempre a Luke. ¿Y por qué no? Existían parecidos básicos entre Luke O'Neill y Ralph de Bricassart. Pero, por mucho que se esforzara, no podía comportarse con absoluta naturalidad cuando se comentaba el parecido de Dane con su padre.

Lanzó un suspiro deliberadamente casual.

– ¿Lo crees así, mamá? -preguntó, balanceando distraídamente un pie-. Yo no lo veo. Dane no se parece en nada a Luke, ni por su carácter, ni por su actitud ante la vida.

Fee se echó a reír. Sonó como un bufido, pero era risa de verdad. Más pálidos a causa de la edad y de unas cataratas incipientes, sus ojos se posaron tristes e irónicos en el rostro sorprendido de Meggie.

– ¿Crees que soy tonta, Meggie? No me refería a Luke O'Neill. Quise decir que Dane es la viva imagen de Ralph de Bricassart.

Piorno. Su pie se volvió de plomo. Cayó sobre los azulejos; su cuerpo de plomo se hundió; su corazón de plomo luchó por latir a pesar de su enorme peso. ¡Late, maldito, late! ¡Tienes que seguir latiendo por mi hijo!

– ¿Qué, mamá? -su voz era también de plomo-. ¡Qué cosas más raras dices! ¿El padre Ralph de Bricassart?

– ¿Conoces a alguien más con este nombre? Luke O'Neill no engendró jamás a ese niño; es hijo de Ralph de Bricassart. Lo supe en el mismo momento de verle nacer.

– Entonces, ¿por qué no lo dijiste? ¿Por qué has tenido que esperar a que tenga siete años para hacer esta tonta e infundada acusación?

Fee estiró las piernas y cruzó delicadamente los tobillos.

– Por fin me estoy haciendo vieja, Meggie. Y las cosas ya no duelen tanto. ¡La vejez puede ser una bendición! Y ahora es delicioso ver cómo se recupera Drogheda; me siento interiormente mejor a causa de esto. Por primera vez en muchos años, tengo ganas de hablar.

– Bueno, debo decir que, cuando te decides a hablar, sabes elegir muy bien el tema! Mamá, no tienes derecho a decir una cosa así. ¡No es verdad! -replicó desesperadamente Meggie, sin saber de cierto si su madre pretendía torturarla o compadecerla.

De pronto, Fee alargó una mano y la opoyó en la rodilla de Meggie; y sonrió no amarga o desdeñosamente, sino con una curiosa simpatía.

– No me mientas, Meggie. Miente a quien te parezca, pero no a mí. Nada me convencerá de que Luke O'Neill engendró ese hijo. No soy tonta, y tengo ojos para ver. No tiene nada de Luke, nunca lo tuvo, porque no podía tenerlo. Es la imagen del cura. Mira sus manos, el pico que forman los cabellos sobre su frente, la forma de su cara, las cejas, la boca. Incluso sus movimientos. Ralph de Bricassart, Meggie, Ralph de Bricassart.

Meggie cedió, y su enorme alivio se reflejó en la manera de sentarse ahora, descansadamente, relajada.

– Su mirada lejana. Esto es lo que yo advierto más que nada. ¿Tan evidente es? ¿Lo saben los otros, mamá?

– Claro que no -negó rotundamente Fee-. La gente no mira más que el color de los ojos, la forma de la nariz, la complexión general. En esto se parece bastante a Luke. Yo lo sé porque os observé, a ti y a Ralph de Bricassart, durante años. Todo lo que tenía que hacer él era doblar el dedo meñique para que corrieses a sus brazos; por consiguiente, no me vengas con que «es contrario a las leyes de la Iglesia», si te hablo de divorcio. Estabas ansiosa de quebrantar una ley de la Iglesia mucho más grave que la referente al divorcio. Una desvergonzada, Meggie, esto es lo que eres. -Ahora había un matiz de dureza en su voz-. Pero él era terco. Estaba empeñado en ser un cura perfecto; tú llegaste en el peor momento. ¡Qué idiotez! A él no le hizo ningún bien, ¿verdad? Tenía que pasar algo; sólo era cuestión de tiempo.

Detrás de la esquina de la galería, alguien dejó caer un martillo y lanzó una ristra de maldiciones; Fee se sobresaltó, se estremeció.

– ¡Cielo santo! ¡Qué contenta estaré cuando terminen con sus telas metálicas!

– Volvió a su tema-. ¿Crees que me dejé engañar cuando no quisiste que Ralph de Bricassart te casara con Luke? Yo lo sabía. Tú hubieses querido que él fuese el novio, no el celebrante. Después, cuando él vino a Drogheda antes de partir para Atenas, y no te encontró, supe que, más pronto o más tarde, iría en tu busca y te encontraría. Andaba por ahí tan desorientado como un niño en la fiesta de Pascua de Sydney. Casarte con Luke fue tu maniobra más hábil, Meggie. Mientras supo que te perecías por él, Ralph no te quiso; pero, en cuanto fuiste de otro, dio todas las clásicas señales de un perro hambriento. Desde luego, se había persuadido de que su afecto por ti era puro como la nieve, pero persistía el hecho de que te necesitaba. Le eras necesaria, como no lo había sido ni creo que lo será otra mujer. Algo muy extraño -dijo Fee, que en realidad no lo entendía-. Siempre me he preguntado qué vería en ti; pero supongo que las madres siempre estamos un poco ciegas en lo tocante a nuestras hijas, hasta que somos demasiado viejas para sentir celos de la juventud. Tú eres para Justine lo mismo que yo era para ti.

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