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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Después, rota la reserva británica, les rodearon todos los demás, riendo, llorando; incluso la pobre Fee les dio palmadas en la espalda y trató de sonreír. Después de la señora Smith, besaron a Meggie, a Minnie, a Cat; abrazaron vergonzosamente a mamá, y estrecharon la mano de Jack y de Hughie, sin decir palabra. La gente de Drogheda nunca sabría lo que era estar en casa, nunca sabría lo que habían ansiado y temido este momento.

¡Y cómo comieron los gemelos! Las raciones del Ejército no eran nunca como éstas, dijeron, riendo. Pasteles blancos y de color rosa, bizcochos de chocolate rebozados de coco, budín de frambruesa, crema confeccionada con leche de las vacas de Drogheda. Recordando cómo eran antes sus estómagos, la señora Smith estaba convencida de que estarían una semana enfermos; pero, como había una cantidad ilimitada de té para hacer bajar la comida, no parecieron tener la menor dificultad digestiva.

– No es lo mismo que el pan Wog, ¿eh Patsy?

– Ya.

– ¿Qué significa Wog? -preguntó la señora Smith.

– Un Wog es un árabe, y un Wop, un italiano, ¿eh, Patsy?

– Ya.

Era curioso. Hablaban -o al menos Jims hablaba- durante horas enteras de África del Norte: las ciudades, la gente, la comida, el museo de El Cairo, la vida a bordo de un transporte o en un campamento de descanso. Pero, por mucho que les preguntasen, sólo respondían vagamente o cambiando de tema cuando se trataba de la lucha en sí, de Gazala, Bengasi, To bruk o El Alamein. Más tarde, terminada ya la guerra, las mujeres comprobarían siempre esto: los hombres que habían participado en los más duros combates jamás hablaban de ellos, se negaban a ingresar en clubs o sociedades de ex combatientes, no querían saber nada de instituciones que perpetuaban el recuerdo de la guerra.

En Drogheda, se celebró una fiesta en su honor, Alastair MacQueen estaba también en la 9.ª División y había vuelto a casa; por consiguiente, también en Rudna Hunish se celebró una fiesta. Los dos hijos menores de Dominic O'Rourke estaban en la 6.ª División, en Nueva Guinea, pero, aunque ellos no pudiesen asistir, se celebró también fiesta en Dibban-Dib-ban. Todos los propietarios del distrito que tenían algún hijo en el Ejército quisieron celebrar el retorno, sanos y salvos, de los tres muchachos de la 9.ª. Las mujeres y las chicas revoloteaban a su alrededor, pero los héroes de la familia Cleary procuraban librarse de ellas siempre que podían, más asustados ahora de lo que nunca habían estado en el campo de batalla.

En realidad, Jims y Patsy parecían no querer saber nada de las mujeres; en cambio, se aferraban a Bob, a Jack y a Hughie. Avanzada la noche, cuando las mujeres se habían acostado ya, ellos se quedaban hablando con los hermanos que se habían visto obligados a permanecer en casa, y les abrían sus dolientes corazones. Y, durante el día, cabalgaban por las calcinadas dehesas de Drogheda, en el séptimo año de sequía, contentos de poder vestir de paisano.

Incluso asolada y torturada, la tierra era inefablemente adorable para Jims y para Patsy, que hallaban consuelo en los corderos y un aroma celestial en las últimas rosas del jardín. De alguna manera, tenían que absorberlo todo tan profundamente que no pudiesen olvidarlo nunca, no como en su primera y descuidada partida, cuando no tenían la menor idea de lo que les esperaba. Cuando se marchasen esta vez, lo harían guardando cada recuerdo como un tesoro, y con unas rosas de Drogheda en sus mochilas, junto con unos cuantos tallos de su escasa hierba. Si eran para Fee amables y compasivos, mostrábanse cariñosos y muy tiernos con Meggie, la señora Smith, Minnie y Cat. Éstas habían sido sus verdaderas madres.

Meggie estaba encantada de lo mucho que querían a Dane; jugaban con él horas enteras, lo llevaban con ellos en sus galopadas, reían con él, se revolcaban con él en el prado. Justine parecía asustarles, pero lo cierto era que se hallaban violentos en compañía de cualquier mujer a la que conociesen menos que a sus vie jas. Además, la pobre Justine estaba furiosamente celosa, pues, al monopolizar ellos a Dane, no tenía ya a nadie con quien jugar.

– Ese pequeño es estupendo -dijo un día Jims a Meggie, al salir ésta a la galería, donde estaba él sentado observando a Patsy y Dane que jugaban en el prado.

– Sí; es muy guapo, ¿verdad?

Meggie sonrió, sentándose de manera que pudiese ver bien a su hermano menor. Sus ojos estaban llenos de compasión; también ellos habían sido como hijos suyos.

– ¿Qué te pasa, Jims? ¿Puedes decírmelo?

Él la miró, y había en sus ojos un dolor profundo, pero meneó la cabeza con resolución.

– No, Meggie. No es nada que pueda contar a una mujer.

– ¿Y cuando termine todo esto y te cases? ¿No querrás decírselo a tu mujer?

– ¿Casarnos, nosotros? No lo creo. La guer.ra destruye totalmente al hombre. Nosotros ardíamos en deseos de ir a pelear, pero ahora hemos aprendido la lección. Si nos casáramos, tendríamos hijos. ¿Para qué? ¿Para verles crecer, y que tuviesen que hacer lo que hemos hecho nosotros, y ver lo que nosotros hemos visto?

– Basta, Jims, ¡basta!

Él siguió la mirada de ella, y vio a Dane riendo entusiasmado, porque Patsy lo sostenía cabeza abajo.

– No dejes que nunca se marche de Drogheda, Meggie. En Drogheda, no puede pasarle nada malo -dijo Jims.

El arzobispo De Bricassart corrió por el espléndido pasillo, indiferente a las caras sorprendidas que se volvían a mirarle; entró en la habitación del cardenal y se detuvo en seco. Su Eminencia estaba conversando con el señor Papee, embajador ante la Santa Sede del Gobierno polaco en el exilio.

– ¡Oh, Ralph! ¿Qué sucede?

– Ha ocurrido, Vittorio. Mussolini ha sido derribado.

– ¡Jesús! ¿Lo sabe el Santo Padre?

– Yo mismo he telefoneado a Castelgandolfo, aunque la radio no tardará en dar la noticia. Un amigo del Cuartel General alemán me lo ha dicho por teléfono.

– Confío en que el Santo Padre tendrá hechas las maletas -dijo el señor Papee, con débil, muy débil satisfacción.

– Si le disfrazásemos de mendicante franciscano, tal vez podría salir, pero no de otra manera -saltó el arzobispo Ralph-. Kesselring tiene la ciudad perfectamente cerrada.

– De todas maneras, él no huiría -dijo el cardenal Vittorio.

El señor Papee se levantó.

– Debo marcharme. Eminencia. Represento a un Gobierno que es enemigo de Alemania. Si Su Santidad no está seguro, tampoco lo estoy yo. Hay documentos en mis habitaciones que requieren mi atención.

Estirado y afectado, diplomático hasta la punta de los dedos, dejó solos a los dos sacerdotes.

– ¿Ha venido a interceder por su pueblo perseguido?

– Sí. El pobre se interesa mucho por ellos.

– ¿Y nosotros, no?

– ¡Claro que sí, Ralph! Pero la situación es más difícil de lo que él se imagina.

– La verdad es que no lo creen.

– ¡Ralph!

– ¿Acaso no es cierto? El Santo Padre pasó su juventud en Munich, se enamoró de los alemanes, y sigue queriéndoles a pesar de todo. Si le pusieran delante aquellos pobres cuerpos destrozados, diría que debieron hacerlo los rusos. No sus queridos alemanes, que son un pueblo culto y civilizado.

– Ralph, usted no pertenece a la Compañía de Jesús, pero, si está aquí, es porque ha prestado juramento personal de fidelidad al Santo Padre. Tiene la sangre ardiente de sus antepasados irlandeses y normandos, ¡pero le ruego que sea sensato! Desde setiembre pasado, hemos estado esperando que cayese el hacha, rogando a Dios para que «II Duce» nos guardase de las represalias de los alemanes. Adolfo Hitler tiene un aspecto contradictorio en su personalidad, pues sabe que tiene dos enemigos, pero desea salvarlos en la medida de lo posible: el Imperio británico y la Iglesia católica de Roma. Sin embargo, cuando se ha visto apretado, ha hecho todo lo posible por aplastar al Imperio británico. ¿Cree que no nos aplastaría a nosotros, si le impulsáramos a hacerlo? Una palabra nuestra denunciando lo que ocurre en Polonia, y seguro que nos haría pedazos. ¿Y qué cree que conseguiríamos, si denunciásemos lo de Polonia? No tenemos ejército, no tenemos soldados. Las represalias serían inmediatas, y el Santo Padre sería llevado a Berlín, que es lo que él más teme. ¿Recuerda al Papa marioneta de Aviñón, siglos atrás? ¿Quiere que nuestro Papa sea una marioneta en Berlín?

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