El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
– No te preocupes, mamá -repuso vivamente-. Siempre cuidaré de él por ti.
– Ojalá pudiese hacerlo yo -suspiró Meggie.
– No -dijo afectadamente su hija- Me gusta tener a Dane sólo para mí. No te preocupes. No le pasará nada.
Meggie no encontró consoladora esta seguridad, aunque sí tranquilizante. La precoz chiquilla se disponía a quitarle su hijo, y no había manera de evitarlo. Y vuelta a la dehesa, mientras Justine guardaba constantemente a Dane. Expulsada por su propia hija, oue era un monstruo. ¿A quién había salido? No a Luke, ni a ella, ni a Fee.
Al menos, ahora sonreía y reía. Antes de los cuatro años, nada le había parecido gracioso, y lo de ahora se debía, probablemente, a Dane, que había reído desde siempre. Ella reía porque él reía. Los hijos de Meggie aprendían continuamente el uno del otro. Pero era triste ver lo bien que podían pasar sin su madre. Cuando termine esta maldita «nierra, pensaba Meggie, será demasiado mayor para empezar a sentir lo que debería sentir por mí. Cada día se aproximará más a Justine. ¿Por qué será que, cada vez que creo haber orientado mi vida, tiene que pasar algo? Yo no pedí esta guerra ni esta sequía, pero las tengo.
Tal vez fue para bien que Drogheda sufriera unos tiempos tan duros. Si las cosas hubieran sido más fáciles, Jack y Hughie no habrían tardado un segundo en alistarse. En la situación actual, no tenían más remedio que resignarse y salvar todo lo posible de una plaga que pasaría a la historia como la Gran Sequía. Más de un millón de millas cuadradas de campos y pastizales resultaron afectadas, desde el sur de Victoria hasta los grandes pastos de Mitchell, en el Territorio del Norte.
Pero la guerra atraía la atención tanto o más que la sequía. Con los gemelos en África del Norte, los de la casa seguían aquella campaña con dolorosa ansiedad, mientras las fuerzas avanzaban y retrocedían en Libia. Ellos procedían de la clase trabajadora, y por eso eran ardientes partidarios de los laboristas y odiaban al Gobierno actual, liberal de nombre, pero conservador por naturaleza. Cuando en agosto de 1941, Robert Gordon Menzies cesó en su cargo, confesando que no podía gobernar, todos se alegraron mucho, y cuando, el tres de octubre, se pidió al jefe laborista John Curtin que formase gobierno, ésta fue la mejor noticia que había llegado a Drogheda desde hacía muchos años.
Durante 1940 y 1941, había ido en aumento la inquietud sobre el Japón, sobre todo cuando Roosevelt y Churchill cortaron el suministro de petróleo. Europa estaba muy lejos, y Hitler habría tenido que conducir sus tropas a lo largo de casi veinte mil kilómetros para invadir Australia, pero el Japón estaba en Asia, era parte del peligro amarillo, suspendido como un péndulo amenazador sobre el rico, vacío y poco poblado pozo de Australia. Por consiguiente, ningún australiano se sorprendió cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor; de algún modo, esperaban que llegase este momento. De pronto, la guerra estaba muy próxima y podía llegar incluso a sus puertas. No había grandes océanos que separasen Australia del Japón; sólo grandes islas y pequeños mares.
El día de Navidad de 1941, cayó Hong Kong, pero los japoneses jamás conseguirían apoderarse de Singapur, se decían todos, con alivio. Entonces llegaron noticias de desembarcos japoneses en Malaya y en las Filipinas; la gran base naval de la punta de la península Malaya apuntaba al mar con sus enormes cañones de tiro raso, y su flota estaba alerta. Pero, el 8 de febrero de 1942, los japoneses cruzaron el angosto estrecho de Johore, pusieron pie en el lado norte de la isla de Singapur y llegaron a la ciudad por detrás de sus impotentes cañones. Singapur cayó sin luchar siquiera.
Y entonces, ¡la gran noticia! Todas las tropas australianas del Norte de África volverían a casa. El Primer Ministro Curtin se enfrentó sin desmayo a las iras de Crurchill, insistiendo en que los australianos debían defender, ante todo, a Australia. Las 6.a y 7.a Divisiones australianas embarcaron en Alejandría a toda prisa; la 9.ª, que aún se estaba recobrando en El Cairo de los golpes recibidos en Tobruk, las seguiría cuando se dispusiera de más barcos. Fee sonrió, Meggie estaba loca de alegría. Jims y Patsy volverían a casa.
Pero no volvieron. Mientras la 9.ª División esperaba barcos de transporte, se produjo otra oscilación en el campo de batalla: el VIII Ejército estaba en plena retirada de Bengasi. El Primer Ministro Churchill hizo un pacto con el Primer Ministro Curtin. La 9.ª División australiana permanecería en África del Norte, a cambio del envío de una división americana para defender Australia. ¡Pobres soldados! Enviados de un lado para otro por decisiones tomadas en oficinas que ni siquiera pertenecían a sus propios países. Cede un poco aquí, tira un poco de allá.
Pero fue un duro golpe para Australia descubrir que la madre patria arrancaba de sus nidos a todos los polluelos orientales, tomándolos incluso de una gallina tan gorda y prometedora como Australia.
La noche del veintitrés de octubre de 1942, había mucha tranquilidad en el desierto. Patsy rebulló ligeramente, encontró a su hermano en la oscuridad y se reclinó como un niño pequeño en la curva de su hombro. Jims le rodeó la espalda con un brazo, y ambos permanecieron sentados juntos, en amigable silencio. El sargento Bob Malloy dio un codazo al soldado Cul Stuart y le hizo un guiño.
– ¡Vaya un par! -dijo.
– ¡Vete al diablo! -replicó Jims.
– Vamos, Harpo, di algo -murmuró Col.
Patsy le dirigió una angelical sonrisa sólo medio visible en la oscuridad, abrió la boca e hizo una excelente imitación de la bocina de Harpo Marx. Todos los que estaban cerca sisearon para imponer silencio a Patsy; había una alerta de silencio total.
– ¡Jesús! Esta espera me mata -suspiró Bob.
– ¡A mí lo que me mata es el silencio! -gritó Patsy.
– ¡Maldito comediante! ¡Yo soy quien va a matarte! -graznó roncamente Col, asiendo su bayoneta.
– Por el amor de Dios, ¡silencio! -murmuró la voz del capitán-. ¿Quién es el idiota que ha gritado?
– Patsy -dijeron media docena de voces.
Grandes carcajadas volaron, tranquilizadoras, sobre el campo minado, y se extinguieron en el torrente de maldiciones a media voz del capitán. El sargento Malloy consultó su reloj: las saetas marcaban exactamente las 9.40 de la noche.
Ochocientos ochenta y dos cañones y obuses británicos tronaron al mismo tiempo. Los cielos se estremecieron, la tierra tembló y saltó, y no pudo estarse quieta, porque el fuego siguió y siguió, sin cesar un segundo aquel estruendo que destrozaba los tímpanos. Era inútil taparse los oídos con los dedos; el trueno gigantesco venía del interior de la tierra y llegaba al cerebro a través de los huesos. El efecto que debía producir en el frente de Rommel sólo podían presumirlo, en sus trincheras, los soldados de la 9.ª División. En general, se podía identificar el tipo y calibre de la artillería por sus detonaciones, pero aquella noche las gargantas de hierro cantaban en perfecta armonía y seguían tronando sin cesar.
El desierto estaba iluminado, no por la luz del día, sino por el fuego del mismísimo sol; una enorme e hinchada nube de polvo se elevaba como una coruscante humareda a cientos de metros de altura, resplandeciendo con los destellos de granadas y minas que explotaban, y con las llamaradas de grandes concentraciones de pólvora y de fulminantes en ignición. Todas las armas de Montgomery, cañones, obuses, morteros, apuntaban a los campos de minas. Y todas las armas de Montgomery eran disparadas con la mayor rapidez de que eran capaces los sudorosos artilleros, esclavos que alimentaban las bocas de sus armas como alimentan los grandes cucos a sus frenéticos polluelos; las cámaras de los cañones se ponían al rojo, el tiempo entre el disparo y la carga era cada vez más breve, cediendo al ímpetu de los artilleros, que, locos, enloquecidos, trenzaban una danza estereotipada al servicio de sus piezas de campaña.