El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
– ¡Oh, cuéntame uno de miedo! -dijo Bob, con escepticismo-. Yo soy sargento y no he oído una palabra de esto; tú eres soldado raso y estás enterado de todo. Bueno, amigo, «Jerry» no tiene nada capaz de destruir una brigada de «Matildes».
– Yo estaba en la tienda de Morshead cuando llegó un mensaje del CO por radio, y lo que digo es verdad -afirmó Col.
Durante un rato, nadie dijo nada; los ocupantes de un puesto avanzado y sitiado como Tobruk necesitaban creer implícitamente que su bando tenía fuerza militar suficiente para sacarles de allí. La noticia de Col era alarmante, y más habida cuenta de que ningún soldado de Tobruk se tomaba a Rommel a la ligera. Habían resistido sus esfuerzos por expulsarlos porque creían sinceramente que el guerrero australiano no tenía rival en el mundo, salvo el gurkha, y, si la fe hace las nueve décimas partes de la fuerza, habían demostrado que la suya era formidable.
– ¡Malditos imbéciles! -dijo Jims-. Lo que necesitamos en África del Norte son más australianos.
El coro de asentimiento fue interrumpido por una explosión en el borde del reducto, que aniquiló al lagarto e hizo que los cuatro soldados se precipitasen sobre la ametralladora y los fusiles.
– Una granada de los dagos -dijo Bob, con un suspiro de alivio-. Mucho ruido y pocas nueces. Si hubiese sido una de las especiales de Hitler, seguro que estaríamos ahora tocando el arpa, y esto te gustaría mucho, ¿verdad, Patsy?
Al empezar la Operación Cruzada, la 9.ª División australiana fue evacuada por mar a El Cairo, después de una fatigosa y sangrienta resistencia que parecía no haber servido de nada. Sin embargo, mientras la 9.ª había resistido dentro de Tobruk, las cada vez más numerosas tropas británicas en el Norte de África se habían convertido en el VIII Ejército británico, y su nuevo comandante era el general Bernard Law Montgomery.
Fee llevaba un pequeño broche de plata con el emblema del sol naciente de la AIF, y, debajo de éste, suspendida de dos cadenitas, una barra de plata con dos estrellas de oro, una por cada hijo que empuñaba las armas. Con esto informaba a los que la veían que también ella hacía algo por la patria. Como su marido no era soldado y, naturalmente, tampoco su hijo, Meggie no tenía derecho a llevar este broche. Había recibido una carta de Luke diciéndole que seguiría cortando caña de azúcar; pensaba que le gustaría saberlo, si había temido que fuese a alistarse en el Ejército. No parecía recordar una palabra de lo que le había dicho ella aquella mañana, en la fonda de Ingham. Riendo tristemente y meneando la cabeza, había arrojado la carta en el cesto de los papeles de Fee, preguntándose si ésta estaría muy preocupada por sus dos hijos combatientes. ¿Qué pensaba realmente de la guerra? Pero Fee nunca decía nada aunque llevaba su broche todos los días y a todas horas.
De vez en cuando, llegaba una carta de Egipto, una carta que se caía en pedazos al abrirla, porque las tijeras del censor la había llenado de agujeros rectangulares, eliminando nombres de lugares y de regimientos. Su lectura consistía prácticamente sn componer algo a base de nada, pero servían para lo único que hacía parecer insignificante todo lo demás: mientras fuesen llegando ¿artas, los chicos estaban vivos.
No había llovido. Era como si incluso los elementos celestes se hubiesen puesto de acuerdo para anular toda esperanza, pues 1941 era el quinto año de la desastrosa sequía. Meggie, Bob, Jack, Hughie y Fec, estaban desesperados. La cuenta de Drogheda en ei Banco era lo bastante elevada para comprar toda la comida necesaria para el ganado, pero ía mayor parte de los corderos se negaban a comer. Cada rebaño tenía su jefe natural, el «Judas»; si podían convencer al «Judas» de que comiese, cabía esperar que los demás le imitarían, pero, a veces, ni siquiera el ejemplo del «Judas» tenía éxito.
Por consiguiente, también Drogheda tuvo que verter sangre, cosa que odiaban sus moradores. La hierba había desaparecido, y el suelo era un erial negro v agrietado, sólo interrumpido por unos cuantos troncos grises y pardos. Los hombres llevaban cuchillos, además de sus rifles, y, cuando veían un animal tendido en el suelo, alguien lo degollaba para evitarle una lenta agonía mientras los cuervos le sacaban los ojos. Bob compró más ganado y le dio de comer, para mantener el esfuerzo de guerra de Drogheda. Esto no producía beneficios, debido a los precios alcanzados por el forraje, ya que las regiones agrícolas más próximas sufrían de la falta de lluvia igual que las zonas de pastos más alejadas. Las cosechas eran terriblemente míseras. Sin embargo, les habían dicho que tenían que hacer cuanto pudiesen, sin reparar en el coste.
Lo que más fastidiaba a Meggie era el tiempo que tenía que dedicar a su trabajo en la dehesa. Drogheda sólo había podido conservar uno de sus ganaderos y por ahora, no había manera de remplazar a los que faltaban; Australia había carecido siempre, sobre todo, de mano de obra. Así, a menos que Bob se diera cuenta de su irritación y su fatiga, y le dejase el domingo libre, Meggie trabajaba en la dehesa siete días a la semana. Sin embargo, si Bob le daba un día libre, esto significaba que él tenía que trabajar más duro, y por eso trataba ella de disimular su aflicción. Nunca se le ocurrió pensar que podía negarse simpbmen-te a hacer de ganadero, amparándose en sus hijos como excusa. Estos estaban bien cuidados, y Bob la necesitaba mucho más que ellos. Meggie no tenía la perspicacia suficiente para comprender que sus hijos la necesitaban igualmente; pensaba que su propio afán era egoísmo, teniendo en cuenta que estaban tan bien atendidos por manos cariñosas y amigas. Era egoísmo, se decía. Y no confiaba en sí misma lo bastante para saber que, a los ojos de sus hijos, su presencia era algo tan preciado como lo eran ellos para ella. Por consiguiente, seguía cabalgando por las dehesas y se pasaba semanas viendo sólo a sus hijos cuando éstos estaban ya acostados.
Siempre que Meggie miraba a Dane, le daba un vuelco el corazón. Era un niño precioso; incluso los desconocidos se fijaban en él en las calles de Gilly cuando Fee lo llevaba consigo a la ciudad. La sonrisa era una expresión habitual en él, y su carácter, una curiosa combinación de placidez y de felicidad profunda, segura; parecía haber adquirido su identidad y el conocimiento de sí mismo sin los contratiempos que suelen experimentar los niños, pues raras veces se equivocaba sobre la gente o las cosas, y nada le irritaba ni le asombraba. Su madre se espantaba a veces al ver lo mucho que se parecía a Ralph; pero, por lo visto, nadie más lo había advertido. Hacía muchísimo tiempo que Ralph se había marchado de Gilly, y, aunque Dane tenía las mismas facciones y la misma complexión, existía también una gran diferencia, que contribuía a disimular el parecido. Sus cabellos no eran negros como los de Ralph, sino de un rubio muy pálido; no el color del trigo o de la puesta de sol, sino el color de la hierba de Drogheda: oro con algo de plata.
Desde el momento en que lo vio, Justine adoró a su hermanito pequeño. Nada era bastante bueno para Dane, nada demasiado enfadoso o difícil de obtener para ofrecérselo. Cuando el niño empezó a andar, Justine no se apartó de su lado, para gran satisfacción de Meggie, que temía que la señora Smith y las doncellas fuesen ya demasiado viejas para vigilar como era debido a un niño tan pequeño. Uno de sus raros domingos libres, Meggie colocó a Justine sobre sus rodillas y le habló seriamente del cuidado de Dane.
– Yo no puedo quedarme en casa para cuidar de él -dijo-; por consiguiente, todo depende de ti, Justine. Es tu hermano pequeño y debes vigilarle constantemente, asegurarte de que no corra peligro ni le ocurra nada malo.
Los ojos claros de la niña eran muy inteligentes, sin la menor señal de esa distracción tan propia de los cuatro años. Justine asintió con un confiado movimiento de cabeza.