El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
– ¿Y qué pasará si dura más de lo que se imagina Pig Iron Bob? -preguntó Hughie, dando al Primer Ministro el apodo nacional.
Bob reflexionó mientras profundas arrugas surcaban su curtido semblante.
– Si las cosas empeoran y la guerra se prolonga, supongo que, mientras nos queden dos ganaderos, podremos prescindir de dos Cleary; pero sólo si Meggie se aviniese a vestirse de amazona y trabajar en las dehesas interiores. Sería muy duro y, en tiempos normales, no habría nada que hacer; pero con esta sequía creo que cinco hombres y Meggie, trabajando los siete días de la semana, podrían llevar Drogheda. Aunque esto es pedirle mucho a Meggie, teniendo como tiene dos niños pequeños.
– Si hay que hacerlo, se hará, Bob -aseguró Meggie-. A la señora Smith no le importará hacerse cargo de Justine y de Dane. Cuando digas que me necesitas para mantener Drogheda en plena producción, empezaré a cabalgar de nuevo por las dehesas.
– Entonces, podéis prescindir de nosotros dos -dijo sonriendo Jims.
– No; nos toca a Hughie y a mí -intervino rápidamente Jack.
– En justicia, debería ser Jims y Patsy -dijo Bob' pausadamente-. Son los más jóvenes y con menos experiencia de ganaderos, mientras que, como soldados, todos somos igualmente ignorantes. Pero sólo tenéis dieciséis años, chicos.
– Cuando las cosas se pongan peor, tendremos diecisiete -dijo Jims-. Además, parecemos mayores de ¡o que somos, y, si tú nos das una carta autentificada por Harry Gough, no tendremos ninguna dificultad para alistarnos.
– Bueno; de momento, no se va a marchar nadie. Veamos si podemos elevar al máximo la producción de Drogheda, a pesar de la sequía y de los conejos.
Meggie salió sin ruido de la estancia y subió al cuarto de los niños. Dane y Justine dormían en sendas camitas pintadas de blanco. Pasó por delante de la niña y se detuvo frente a su hijo, mirándole largamente.
– ¡Gracias a Dios que eres sólo un bebé! -exclamó.
Pasó casi un año antes de que la guerra afectase directamente al pequeño universo de Drogheda, un año durante el cual se marcharon los ganaderos uno a uno, continuaron multiplicándose los conejos, y Bob luchó valientemente para que los libros de la explotación estuviesen a la altura del esfuerzo de guerra. Pero, a primeros de junio de 1940, llegaron noticias de que la Fuerza Expedicionaria británica había sido evacuada del continente europeo en Dunkerque; voluntarios de la Segunda Fuerza Imperial Australiana acudieron a millares a los centros de reclutamiento, y, entre ellos,.Jims y Patsy.
Cuatro años de cabalgar por los campos con buen o mal tiempo habían hecho que la cara y el cuerpo de los gemelos pareciesen mucho menos jóvenes, marcando las comisuras externas de los párpados con las arrugas de una edad indefinible y trazando profundos surcos desde la nariz hasta la boca. Presentaron sus cartas y fueron aceptados sin comentarios. Los hombres de los campos eran muy populares. Por lo general, eran buenos tiradores, conocían el valor de la obediencia y eran duros de pelar.
Jims y Patsy se habían alistado en Dubbo, pero su campamento estaba en Ingleburn, en las afueras de Sydney, y todos fueron a despedirles cuando tomaron el correo de la noche. Cormac Carmichael, el hijo menor de Edén, viajaba también en aquel tren por la misma razón, y resultó que se dirigía al mismo campamento. Por consiguiente, las dos familias acomodaron a sus chicos en un compartimiento de primera clase y anduvieron de un lado a otro, en actitud embarazosa, ardiendo en deseos de llorar y de besar y de conservar un recuerdo cariñoso, pero retenidos por su británica aversión a las demostraciones. La gran locomotora «C-36» silbó tristemente y el jefe de estación dio la señal de partida.
Meggie se inclinó para besar ligeramente a sus hermanos en la mejilla, y después hizo lo propio con Cormac, que se parecía mucho a Connor, su hermano mayor; Bob, Jack y Hughie estrecharon tres marios jóvenes y diferentes; la señora Smith lloraba y fue la única que dio los besos y abrazos que los otros se perecían por dar. Edén Carmichael, su esposa y suya mayor, pero todavía guapa hija, realizaron las mismas ceremonias. Después, todos volvieron al andén, y el tren se estremeció e inició su marcha.
– ¡Adiós, adiós! -gritaron todos, y agitaron páñolitos blancos hasta que el tren no fue más que un penacho de humo en la lejanía del crepúsculo.
Tal como habían solicitado, Jims y Patsy fueron destinados a la tosca y medio adiestrada 9.ª División australiana y embarcados para Egipto a comienzos de 1941, con el tiempo juste de participar en la derrota de Bengasi. El recién llegado general Erwin Rommel había puesto su peso formidable en la punta del columpio correspondiente al Eje e iniciado el primer cambio de dirección en las grandes y cíclicas carreras por el Norte de África. Y, mientras el resto de las fuerzas británicas se retiraba ignominiosamente en dirección a Egipto, perseguido por el nuevo Afrika Korps, la 9.* División australiana fue destacada para ocupar y defender Tobruk, un puesto avanzado en territorio dominado por el Eje. Lo único que hacía viable el plan era que todavía podía llegarse allí por mar y abastecer la plaza mientras los barcos ingleses pudieran moverse en el Mediterráneo. Las «ratas de Tobruk» resistieron ocho meses, entrando en acción siempre que Rommel atacaba con las fuerzas a su disposición, sin conseguir desalojarles.
– ¿Sabéis por qué estáis aquí? -preguntó el soldado Col Stuart, lamiendo un papel de fumar y enrollándolo perezosamente.
El sargento Bob Malloy se echó atrás el sombrera «Digger» lo suficiente para ver a su interlocutor por debajo del ala.
– Seguro que no -dijo, haciendo un guiño, pues era una pregunta que solía hacerse con frecuencia.
– Bueno, es mejor que estar blanqueando polainas en el maldito invernadero -declaró el soldado Jims Cleary, bajando un poco los pantalones de su hermano para poder apoyar cómodamente la cabeza sobre su blando vientre.
– Sí, pero en el invernadero no te cosen a balazos -replicó Col, arrojando la cerilla apagada a un lagarto que tomaba un baño de sol.
– Ya lo sé, amigo -dijo Bob, calándose de nuevo el sombrero para protegerse los ojos-. Pero prefiero que me peguen un tiro a morirme de aburrimiento.
Estaban cómodamente situados en un reducto seco y pedregoso, exactamente enfrente del campo de minas y de la alambrada que protegían el ángulo sudoeste del perímetro; al otro lado, Rommel permanecía tercamente aferrado al único trozo que poseía dei territorio de Tobruk. Una gran ametralladora «Browning», de 50 mm, compartía con ellos aquel agujero, había cajas de municiones dispuestas ordenadamente a su lado, pero nadie parecía muy preocupado por la posibilidad de un ataque. Tenían los fusiles apoyados en una de las paredes del reducto, y las bayonetas resplandecían bajo el brillante sol de Tobruic. Las moscas zumbaban por todas partes, pero los cuatro procedían de los campos australianos y, por consiguiente, Tobruk y el África del Norte no constituían ninguna sorpresa para ellos en lo tocante al calor, el polvo y las moscas.
– Menos mal que sois gemelos, Jims -dijo Col, arrojando chinas al lagarto, que no parecía dispuesto a moverse-. Cualquiera diría que no podéis separaros.
– Tienes envidia -dijo Jims, haciendo un guiño y dando unas palmadas en la panza de Patsy-. Patsy es la mejor almohada de Tobruk.
– Sí, esto está bien para ti; pero, ¿y el pobre Patsy? Vamos, Harpo, ¡di algo! -le pinchó Bob.
Patsy sonrió mostrando los blancos dientes, pero, como de costumbre, guardó silencio. Todo el mundo había tratado de hacerle hablar y nadie lo había conseguido, salvo los indispensables «sí» o «no»; en consecuencia, casi todos le llamaban Harpo, nombre del mudo de los hermanos Marx.
– ¿Sabéis la noticia? -preguntó súbitamente Col.
– ¿Qué?
– Los «Matildes» de la 7.ª han sido borrados del mapa por los «88» en Halfaya. El único cañón del desierto lo bastante grande para destruir un «Matilde». Los grandes tanques eran perforados como si fuesen de mantequilla.