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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– ¿Cómo está? -preguntó, distraídamente.

– Muy bien -mentí-. Ha sido trasladado. Yo me encargo de la investigación, discretamente.

– Entonces ha hecho el viaje inútilmente.

– ¿Por qué?

– No puedo decirle nada. Soy solo «la muñeca que dice no».

Inclinó la cabeza hacia un lado y enumeró, con voz mecánica:

– ¿Se acuerda de lo que sucedió el 12 de noviembre de 1988? No. ¿Sabe quién intentó ahogarla en el pozo? No. ¿Tiene algún recuerdo del coma posterior? No. ¿Tiene alguna sospecha sobre el asesinato de su madre? No. Podría seguir mucho rato. Solo tengo una respuesta para todas las preguntas.

Cerré los ojos y respiré el olor a savia y a hojas, que cobraba mayor intensidad. Las sombras habían llamado a la humedad. Sí, se preparaba una tormenta, pero en una versión más fría, más opresiva que en el Jura. Una versión polaca. Por primera vez desde hacía una eternidad no me apetecía fumar. Observé la tapa del libro: La puerta estrecha de André Gide.

– ¿Le gusta? -pregunté, sin saber cómo proseguir.

Ella hizo un mohín de indecisión. Sus labios carnosos me hicieron pensar, como una delicada alusión, en las areolas de sus senos. ¿Cómo eran? ¿Muelles y rosadas como su boca? Una fuerza se elevaba en mí, lentamente. No era un deseo agudo, turbio, vergonzoso como el que había experimentado frente a la directora de Malaspina. Era un deseo pleno, abierto, desvinculado de todo pensamiento.

Insistí, centrándome en el libro:

– ¿No le gusta la historia?

– Me parece… insignificante.

– ¿No está de acuerdo con la búsqueda de la joven?

– Para mí, la religión es una gran ventana abierta. De ningún modo una cosa mezquina como en esta novela.

En mi época de adolescente, había leído una veintena de veces el libro de Gide. El destino de una joven que prefería a Dios en lugar de a su novio, el amor espiritual en lugar de una relación carnal. Ahora ya no recordaba nada, excepto los dos adolescentes que se expresaban con la gracia de una lápida.

Aventuré un comentario:

– Gide hablaba del sacrificio de uno mismo que exige la comunión con el Señor. Esa dificultad es incluso una puerta, un pasaje, un filtro. Al final, está la pureza que…

Ella rechazó mi reflexión con un gesto desenvuelto. Imaginé una vez más sus redondeces bajo el jersey, las pequeñas venas azules a través de su piel blanca. Sentía cómo el calor subía en mí. Irreprimible y familiar. Tuve una erección.

– ¿Qué sacrificio? -preguntó con voz más firme-. ¿Habría que destruirse para llegar a Dios? ¡Eso no es verdad! ¡Es todo lo contrario! Hay que ser uno mismo, escucharse para encontrar la salvación. Ese es el mensaje de Cristo: ¡el Señor está en nosotros!

– ¿Es usted católica?

– Si no lo fuera me habría convertido. ¿Qué otra cosa se puede hacer aquí?

Hojeó maquinalmente las páginas. Su expresión se tornó grave. Comprendí que la primera Manon era solo la antecámara de otra, más profunda. Ahora su rostro era duro, tenso, sombrío. La joven albergaba, como un secreto, a un segundo personaje: grave, severo, angustiado, de una belleza nocturna.

Me di cuenta de que ella seguía hablando.

– ¿Cómo? Perdóneme, me cuesta concentrarme…

Se echó a reír con una risa ronca, casi masculina. La luz volvió inmediatamente. Sus pequeños incisivos brillaban entre sus labios, tan vivos como un fragmento de nieve eterna.

– Podemos tutearnos, ¿no cree? Decía que no tengo muchas visitas aquí.

– Se… ¿te aburres?

– La verdad es que estoy hasta el gorro.

Nuestras réplicas parecían salidas de una película, salvo que no tenían ninguna lógica, ninguna coherencia; habíamos desordenado las páginas del guión.

– Antes -prosiguió Manon- era estudiante de biología. Tenía amigos, exámenes, iba a cafés que me gustaban. Me había curado de mis antiguos miedos, de mi estado de constante alerta.

Ahora tenía una pierna debajo del muslo y tiraba de los flecos de sus vaqueros.

– De repente, el verano pasado, todo cambió. Mi madre desapareció. Me encontré sola ante los maderos, amenazada por no sé qué y por no sé quién. La pesadilla volvió. Andrzej se presentó y me convenció para que viniera a refugiarme aquí. Es muy persuasivo. Ahora, ya no sé dónde estoy. Pero al menos me siento protegida.

La lluvia. Un nuevo frescor empezó a recorrer la galería. Guardé silencio. Mi expresión debía de ser siniestra. Manon rió nuevamente y me acarició la mejilla.

– ¡Espero que te quedes aquí! ¡Nos aburriremos como ostras pero al menos seremos dos!

El contacto con sus dedos me electrizó. Mi deseo desapareció y dejó lugar a una sensación más amplia, más universal. Una ebriedad que se parecía al letargo del amor. Había caído en la trampa. ¿Dónde estaba la Manon que había imaginado? ¿La pequeña posesa que había atravesado la muerte? ¿La mujer sospechosa de asesinato, de pactar con el diablo, de propagar ideas funestas?

– ¡Es la hora de Radio Vaticana! -gritó mirando su reloj-. La única distracción que hay aquí. ¿Puedes creer que ni siquiera se puede ver la tele?

Se puso de pie. La lluvia penetraba en la galería con un júbilo ruidoso, depositando gotitas de agua en nuestros rostros.

– Ven. ¡Luego nos prepararemos un buen borscht!

86

Esa noche, en mi habitación monacal, me enfrenté con mi enemigo más íntimo.

El desierto de mi vida afectiva.

En ese campo, había conocido dos períodos diferentes. La primera etapa había sido la del amor a Dios. Sin fallos ni corrupción. Hasta el seminario de Roma, no quise ni oír hablar de aventuras femeninas. No experimentaba ningún sufrimiento, ninguna carencia. Mi corazón estaba ocupado. ¿Para qué encender una cerilla en una iglesia llena de cirios?

La ilusión se sostenía. Claro que, a veces, las pulsiones torturaban mi conciencia, los sílex desgarraban mi bajo vientre. Entonces entraba en un agotador ciclo de masturbaciones, oraciones, penitencias. Una cámara de tortura privada.

En África todo cambió.

La tierra, la sangre, la carne me esperaban. La víspera del genocidio ruandés crucé la línea en un rincón de una cabaña de chapa ondulada. No tenía ningún recuerdo. O en todo caso, tanto como se recuerda una colisión en automóvil. Un impacto, una conmoción interior que anulaba cualquier circunstancia exterior. No había experimentado ningún goce, ningún sentimiento. Pero me había quedado una certeza: aquella mujer, de piel deslumbrante, estallido de risas, me había salvado la vida.

Sentí por ella un sordo agradecimiento, por esa deflagración, por esa liberación que se había producido en mí. Sin ese encuentro, en algún momento me habría vuelto loco. Sin embargo, aquella mañana huí furtivamente. Sin despedirme. Me marché como un ladrón, con los dientes apretados, y crucé la ciudad. En las calles de Kigali, la Radio de las Mil Colinas seguía difundiendo sus llamadas al odio.

Me refugié en una iglesia de Butamwa, al sur de Kigali. Pasé tres días rezando, sin dormir, implorando el perdón del cielo, sabiendo perfectamente que no podía borrar nada pero que, en cierto modo, a partir de entonces rezaría mejor, amaría mejor a Dios.

De ahí en adelante, era libre. Por fin había aceptado mi naturaleza: incapaz de resistir a la carne, a su violencia. No era un problema externo de tentación, sino interior: no poseía ese cerrojo, esa capacidad de superar el deseo. Por fin, era sincero conmigo mismo y accedía, de un modo contradictorio, a una mayor pureza de mi alma. Estaba sumido en esas reflexiones cuando llegaron los primeros refugiados.

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