Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– El expediente de la investigación de Luc -dijo el polaco-. Enteramente digitalizado y guardado en un USB. Luc me había advertido. En caso de que surgiera un problema, su adjunto me entregaría los documentos. En cierto modo, éramos socios.
– Según Doudou, la contraseña era: «He encontrado la garganta». ¿Cuál es el sentido de esa frase?
– Luc estaba obsesionado por las NDE. El abismo, el pozo, la garganta…
– Es también lo que le dijo a su mujer antes de su intento de suicidio. ¿Por qué, según usted?
– Por la misma razón. Luc solo vivía para ese túnel. Era su obsesión. Ahora bien, esa puerta, esa famosa «garganta», seguía siéndole inaccesible. En el fondo, creo que ese intento de suicidio es la confesión de su fracaso.
Zamorski se equivocaba. Luc no se había intentado suicidar por simple desesperación. Por otra parte, no había fracasado sino que, al contrario, había llegado más lejos que yo, estaba seguro. ¿Quizá demasiado lejos?
– En la misa de Santa Bernadette, vi que se santiguaba al revés.
– Simple precaución -sonrió-. Esa señal de la cruz invertida me protegía contra los elementos satánicos del cofrecito. Sanar el mal con el mal, ¿comprende?
– No.
– No tiene importancia. Es solo un detalle.
Se agachó, observó por el ojo de buey y luego miró su reloj.
– Estamos llegando.
Sentí la presión en mis tímpanos. El avión iniciaba el descenso. Pero yo no soltaba al nuncio.
– En la Iglesia polaca, usted me ha dicho que su especialidad eran los Siervos. ¿Qué relación existe con los Sin Luz?
– Ya se lo he dicho: los Siervos los buscan, los acosan.
– ¿Y usted intenta colocarse entre los dos frentes?
– Siguiendo a los Sin Luz nos cruzamos en el camino de los Siervos, sí.
– ¿Cuáles son sus relaciones con los Sin Luz? ¿Los veneran?
– En cierto modo, sí. Los consideran unos elegidos. Pero su prioridad es arrancarles una confesión. Para conseguir sus fines no vacilan en raptarlos, drogarlos, torturarlos. Su obsesión es la palabra del Maligno. Todos los medios son buenos para descifrar esa voz.
– Cuando usted afirma que los Siervos constituyen una de las sectas más peligrosas, ¿qué quiere decir, concretamente?
Zamorski alzó las cejas, apoyando la evidencia:
– Ha tenido usted una demostración con Moraz y Cazeviel. Los Siervos están armados, entrenados. Matan, violan, destruyen. Respiran el mal como nosotros respiramos el aire que nos rodea. El vicio es su medio natural. Se automutilan, también se desfiguran. Sadismo y masoquismo son las dos caras de su modo de existencia.
– ¿Cómo poseen esos conocimientos sobre una secta tan secreta?
– Tenemos testimonios.
– ¿De arrepentidos?
– En su mundo no hay arrepentidos. Solo supervivientes.
Eché una ojeada a las nubes tornasoladas detrás de los ojos de buey. Mis tímpanos estaban a punto de reventar.
– ¿Hay Siervos de Satán allá donde vamos? ¿En Cracovia?
– Por desgracia, sí. El fenómeno es reciente. Sucesos que se multiplican en nuestra ciudad revelan su presencia. Vagabundos torturados, desmembrados, quemados vivos. Animales mutilados, sacrificados. Esa estela de sangre es su marca.
– ¿Saben que Manon está en Cracovia?
– Están allí por ella, Mathieu. A pesar de nuestras precauciones, la han localizado.
– Por lo tanto, ¿están convencidos de que ella es una Sin Luz?
Zamorski observaba las luces que centelleaban bajo el ala del Falcon.
– Estamos llegando.
– Contésteme. Para los Siervos, ¿Manon es una Sin Luz?
Su mirada se posó sobre mí, más dura que una sonda plantada en una capa de hielo en Siberia.
– Piensan que ella es el Anticristo en persona. Que ha regresado de las tinieblas para proclamar la profecía del diablo.
84
Cracovia, esculpida en las tinieblas. Sus muros estaban resquebrajados, sus carreteras agrietadas; velos de niebla se deshilachaban sobre sus torres y sus campanarios. Todo parecía listo para una Walpurgisnacht. Solo faltaban los lobos y las brujas. Viajaba en una limusina que me parecía un barco fantasma. Seguía prisionero de esa extraña sensación de confortable distanciamiento.
El coche se detuvo al pie de un gran edificio sombrío rodeado por un parque público, muy cerca de un área peatonal formada por callejuelas estrechas. Unos sacerdotes nos esperaban. Cogieron nuestros equipajes y abrieron las puertas. Sus alzacuellos cobraban vida en la noche como si de fuegos fatuos se tratara. Seguí sus pasos.
Dentro, distinguí un patio con jardines desbrozados, unas galerías con columnas, unas bóvedas negras. Subimos por una escalera exterior, a la derecha; los zuecos de los sacerdotes producían un ruido propio de una guerra. Era imposible no imaginar una fortaleza militar que recibía refuerzos nocturnos.
Me abrieron una celda. Muros de granito decorados con un crucifijo. Una cama, una mesilla de noche y un escritorio, todo tan negro como las paredes. En un rincón, detrás de un biombo de yute, un minúsculo cuarto de baño; la corriente de aire frío penetraba en la espalda.
Mis guías me dejaron solo. Me cepillé los dientes tratando de no mirarme en el espejo y luego me metí bajo las sábanas húmedas. Antes de que mi cuerpo entrara en calor, ya dormía; sin soñar, sin conciencia.
Cuando desperté, una línea de luz cargada de partículas inmóviles atravesaba la habitación. Busqué su origen: una ventanita con un parteluz, bañada de sol. Los cristales, moteados de burbujas translúcidas, amplificaban esta claridad a la manera de una lupa.
Miré el reloj: las once de la mañana.
Me levanté de un salto y me quedé paralizado por el frío de la habitación. Todo volvió a mi memoria. La cita con Zamorski. El viaje en jet privado. La llegada a esa ciudadela negra, en alguna parte de una ciudad desconocida.
Hundí la cabeza en el agua helada, me puse ropa limpia y salí de la celda. Un pasillo, con anchas tablas de parquet. Cuadros sombríos con reflejos cobrizos, santos atormentados tallados en madera, vírgenes alucinadas pulidas en el mármol. Caminé hasta una puerta alta con el marco esculpido. Unos ángeles desplegaban sus alas; unos mártires, atravesados por flechas o llevando su cabeza bajo el brazo, bendecían a sus verdugos. Pensé en Las puertas del infierno de Rodin.
Giré el pomo y me encontré en el exterior.
Cuatro edificios cerraban el patio, dividido en parterres de césped y bosquecillos de árboles despuntados. Un bastión de fe, que había resistido a los bombardeos nazis y a los asaltos socialistas. Cada bloque de dos pisos estaba calado por una serie de arcos con barandillas macizas. Me encontraba en la parte del fondo, en el primer piso. Caminé por la galería hacia una escalera. De cada bóveda pendían farolas y barras de hierro.
Todo estaba desierto. No había ninguna sotana a la vista. Apenas había pisado la grava del patio cuando las campanas empezaron a sonar. Sonreí e inspiré la luz blanca y fría. Quería colmarme de ese instante que de tan puro parecía un prodigio.
Los jardines evocaban el Renacimiento: los matorrales recortados formaban cuadrados y rectángulos, los cipreses se agrupaban en el centro en torno a una plaza circular. Los bancos estaban colocados a lo largo de las galerías y, en las bóvedas, los vitrales de las ventanas lanzaban sus reflejos. Atravesé el patio. Un bullicio sordo me alcanzó. Cambié de dirección y empujé una puerta.
El refectorio estaba bañado de luz, surcado por largas mesas. Las jarras de agua destellaban, los platos de acero humeaban como locomotoras. Sentados en grupos de ocho, los sacerdotes comían y bebían. Sus uniformes impecables, austeridad blanca y negra, contrastaban con sus carcajadas y con los ruidos del ágape. Reinaba un clima bonachón, de juventud y alegre convivencia. Se decía que durante la guerra fría los sacerdotes polacos fueron los únicos que comieron bien, gracias a sus huertos.