Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Era el 9 de abril.
El avión del presidente Juvénal Habyarimana acababa de ser abatido.
Inmediatamente, pensé en la mujer; la había dejado sin ni siquiera mirarla, sin un beso. Ella era tutsi. Volví nuevamente a Kiga y la busqué en las iglesias, las escuelas, los edificios gubernamentales. Solo pensaba en una cosa: me había salvado la vida y yo no estaba con ella para salvarla de la muerte.
Seguí buscando día y noche, adentrándome poco a poco entre los cadáveres. A lo largo de las carreteras, de las fosas, cerca de los controles policiales; luego en los osarios, donde los muertos se apilaban, sangrantes, desmembrados, obscenos. Miraba, levantaba las cabezas, las túnicas. Mis manos apestaban a muerte. Mi cuerpo apestaba a muerte y el amor, el amor físico, me parecía igual que esas víctimas en descomposición. Un cadáver en el fondo de mí mismo. Nunca encontré a aquella mujer.
Las semanas siguientes anduve a la deriva. Las matanzas, las fosas abiertas, los autos de fe. En ese infierno, seguí buscando el amor. Tuve otras amantes en los campos humanitarios de Kibuye, en la frontera con Zaire. No dejaba de pensar en la desaparecida de Kigali. Los remordimientos, el asco me ahogaban. Sin embargo, entre las miasmas de cólera y de podredumbre, mientras las excavadoras sepultaban miles de cuerpos, continuaba haciendo el amor, al azar, encontrando compañeras bajo la oscuridad de las tiendas de campaña, ganando una noche, una hora contra la culpabilidad. Estaba traumatizado y, como todos los demás, invadido por el terror, el pánico, la desesperación.
La crisis que me paralizó acabó con todo ese frenesí sexual. Regreso a Francia. Traslado al hospital Sainte-Anne de París. Allí, el deseo murió con la depresión… y los medicamentos. Por fin estaba anestesiado. La bestia había muerto.
Una balsa de aceite durante años.
Ni la menor atracción hacia las mujeres.
Luego mi orgullo cristiano resurgió. De nuevo juré amar exclusivamente a Dios. Ni hablar de compartir mi corazón ni mi cuerpo, destinados únicamente al Señor. Me hundía en un nuevo callejón sin salida.
Ya no tenía la fuerza para ser sacerdote.
Ya no tenía el coraje para ser un hombre.
Mi oficio de madero me sacó del pozo. Capitán en la BRP, la antivicio; empecé a conocer a los únicos seres que podían ayudarme: las prostitutas. El amor sin amor: ese era mi camino. Aliviar mi cuerpo sin comprometer el alma. Esa era la solución tortuosa que había encontrado.
Conservé la apetencia por la piel negra: la impronta de la primera vez. Acumulaba los encuentros en el Keur Samba y en el Ruby’s. También me acerqué a las redes clandestinas de las agencias de prostitución francoasiática. Vietnamitas, chinas, tailandesas…
El exotismo, las lenguas desconocidas, representaban el papel de filtros, de barreras suplementarias. Era imposible enamorarse de una mujer de la que apenas se comprendía el nombre. Así me libré a mis fantasmas; exigí la humillación, la posesión, dominaba a mis compañeras, las reducía a simples objetos sexuales, deslizando mi corazón bajo una especie de abyecto caparazón protector. ¡Tendréis mi cuerpo, pero no mi alma!
La ilusión no duró mucho tiempo. Había renunciado al amor pero él no había renunciado a mí. Cuando recuperaba la lucidez, después de una sórdida sesión de sexo, me oprimía una tristeza cada vez más profunda. Otra vez había perdido algo. Y ese «algo» se quedaba atravesado en mi garganta.
Quizá estaba protegido por mi fe, por el exotismo, incluso por la carne, pero la carencia estaba allí, siempre más honda, más amarga. Peor. Mis simulacros eran sacrilegios. Pisoteaba el amor y, sin embargo, viciado, burlado, profanado, el amor volvía con toda su fuerza bajo la forma de una herida implacable.
Diez de la noche
Después de la sesión de radio en la biblioteca, me refugié en mi celda, sin asistir a la cena ni a la oración nocturna. A pesar de mis treinta y cinco años, experimentaba un miedo visceral ante Manon, que con dos sonrisas me había desarmado. Amenazaba con desmoronar, ella sola, toda mi estrategia de blindaje, frágil e ilusoria.
Decidí reanudar la investigación.
Con la trenca puesta, tiritando, me senté al pequeño escritorio donde, única concesión a los tiempos modernos, había un ordenador. Por internet consulté los periódicos que me interesaban. En la primera plana de La République des Pyrénées, y luego en la página 4, encontré un artículo sobre el hallazgo de dos cuerpos cerca de Mirel, en las cercanías de Lourdes. Después de presentar al doctor Pierre Bucholz, figura importante de la ciudad mariana, se describía el perfil del «asesino»: Richard Moraz, residente suizo, cincuenta y tres años, relojero. El artículo proseguía enumerando los enigmas del caso. Principalmente la identidad del asesino del tirador. ¿Quién había matado a Moraz? Pero también el móvil del asesinato de Bucholz. ¿Por qué un artesano helvético, a mil kilómetros de su casa, había puesto la mira en un médico jubilado especialista en milagros?
Pasé a Le Courrier du Jura, que dedicaba un extenso artículo a Stéphane Sarrazin, capitán de gendarmería, encontrado muerto en su baño. No se mencionaba la frase escrita encima de la bañera. No se mencionaban las mutilaciones. ¿Precaución de los gendarmes o del fiscal? Un capitán del servicio de búsqueda de Besançon había sido asignado al caso: Bernard Brugen. También se había nombrado al juez de instrucción: Corine Magnan, la juez del caso Simonis.
El artículo no se perdía en conjeturas: el crimen era simplemente inexplicable. Ningún móvil, ningún testigo, ningún sospechoso. El periodista ofrecía también un retrato de Sarrazin: oficial modelo, con una hoja de servicios impecable. Tomé nota: todavía no habían descubierto la verdadera identidad del gendarme, alias Thomas Longhini, implicado en la investigación Simonis de 1988.
No tardarían. Me imaginé la reacción en cadena. De Sarrazin pasarían al caso de Simonis madre. Luego al expediente de Simonis hija. De ahí a descubrir que Manon seguía con vida, solo había un paso. ¿Cuánto tiempo transcurriría antes de que los medios de comunicación descubrieran el pastel? ¿Antes de que los gendarmes de Besançon se pusieran a buscar a Manon?
Cogí mi móvil. Tenía cobertura. Escuché los mensajes. Nada, excepto mi madre que me agradecía el «contacto» espiritual que le había facilitado. Se sentía mucho mejor, más «en armonía consigo misma» desde que hablaba con el padre Stéphane. Sonreí. Eran noticias que parecían llegar de otro planeta, pero lo cierto era que a mí tampoco me habría ido mal hacerle una visita al sacerdote.
Sin embargo, ninguna noticia de Foucault, de Malaspey, de Svendsen.
Tendría que meterles caña otra vez.
Marqué el número de Foucault. Al oír mi voz, mi adjunto gritó:
– Joder, Mat, ¿dónde estás?
– En Polonia. No tengo tiempo para explicártelo.
– Dumayer no deja de dar el coñazo y…
– La llamaré.
– Eso ya lo dijiste una vez. Esto es un follón.
– No me has dejado ningún mensaje. ¿No has adelantado nada?
– Toda la región del Jura está que arde. Un gendarme fue asesinado ayer y…
– Estoy al corriente.
– ¿Está relacionado con tu caso?
– Es mi caso.
– Ya que estamos, no me iría mal saber de qué se trata, exactamente.
– ¿Es todo? ¿Nada nuevo?
– Ha llamado Svendsen. No consigue comunicarse contigo. Los tíos del Jardin des Plantes han confirmado los datos de Mathias Plinkh. El escarabajo podría proceder de diversos países: el Congo, Benin, Gabón… Hemos revisado todos los criaderos del Jura. Pero nada.