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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Tenía muchas dificultades para seguir el hilo de la conversación. Esas viejas pistas me parecían estar a años luz del presente. Me concentré.

– Hemos rastreado las actividades de los coleccionistas -siguió el madero-. Es imposible determinar sus intercambios. Envían los huevos por correo. Eso, sin contar con los tíos que vuelven de África con los especímenes metidos en el revés de los pantalones. Tu escarabajo podría haber entrado por cualquier parte y de cualquier manera.

Ya estaba otra vez en la correcta longitud de onda.

– Y el liquen, ¿Svendsen tiene alguna novedad?

– Los botánicos han identificado la familia a la que pertenece. Una esencia africana. Una cosa que crece dentro de los grandes árboles tropicales, bajo la corteza, en el momento de su descomposición. Parece que también se puede encontrar en algunas cuevas europeas, si el calor y la humedad son los adecuados. Pero según los especialistas, la presencia de ese liquen es más frecuente en África central.

– ¿En los mismos países que el escarabajo?

– Prácticamente sí. Gabón, el Congo, África central.

Gabón. Ya me lo habían mencionado una vez durante la investigación pero no me acordaba de cuándo, dónde o cómo. De todos modos, los datos eran insuficientes para considerar a ese país un elemento recurrente. Pero en mi cabeza daba vueltas la hipótesis de un sospechoso que había vivido en África central.

– Trata de ver si hay un colectivo gabonés o centroafricano en los departamentos del Jura -dije-. Comprueba también si hay antiguos expatriados en esa región.

– Eso no será moco de pavo.

– Utiliza la red administrativa. El registro civil. La pasma. La seguridad social. Mira sobre todo en internet, utilizando esas palabras clave.

Foucault no tuvo tiempo para contestarme. Cambié de cuestión, con la cabeza ya en otra cosa.

– ¿Y Raïmo Rihiimäki? ¿Has recibido el expediente?

– Todavía no. Pero he vuelto a hablar con los maderos de Tallinn. Parece una historia gore. Que sepamos, Rihiimäki ha cometido por lo menos cinco crímenes, uno de ellos el de una mujer y su cría, de siete años, en un pueblo del norte. Sin contar con dos violaciones, tres asaltos a mano armada y un largo etcétera. Una especie de loco errante estilo Roberto Succo. No le dispararon a quemarropa, como creí entender en un principio. Fue acorralado por los maderos de una aldea con un nombre impronunciable y apaleado hasta la muerte. Hemorragias en el fondo del ojo, fractura de cráneo, traumatismos múltiples, ya te imaginas… Los maderos se desfogaron. El tío había aterrorizado ese lugar durante un mes.

– ¿Y el coma?

– ¿Qué pasa con el coma?

– El que sufrió después de ahogarse.

– Mat, nadie ha relacionado ese asunto con sus crímenes. Solo tú has…

– ¿Te sería posible conseguir su historia clínica?

– ¿En estonio? ¡Buena suerte, colega!

– ¿Puedes conseguirlo o no?

– Lo intentaré. ¡Con un poco de suerte estará redactado en ruso!

No me tomé la molestia de reírme.

– Tenme al corriente.

– ¿Cómo?

– El móvil. Tengo cobertura.

– ¿Y tú? ¿Qué tal si me dijeras algo más?

Ahora me tocaba echarle unas migajas a Foucault.

– El gendarme asesinado, en el Jura. Su nombre es Stéphane Sarrazin. Pero es falso. En realidad, se llama Thomas Longhini.

– ¿El crío que buscábamos?

– El mismo. Convertido en gendarme; adepto al satanismo en sus ratos libres. Su asesinato tiene relación con mi caso.

– ¿De qué modo?

– Todavía no lo sé. Llama al SPRJ de Besançon y pregúntales si tienen informes sobre las pruebas recogidas en casa de Sarrazin. Había una frase escrita con sangre.

– ¿Estabas allí?

– Yo descubrí el cuerpo.

– No se te puede dejar solo ni un minuto.

– Comprueba si han analizado la frase. Si había huellas u otros indicios. Pero no te pongas en contacto con los gendarmes, ¿entendido? No deben saber que este asunto nos interesa. Y mucho menos con la juez, una mujer llamada Corine Magnan.

– ¿Eso es todo, mi general?

– Sí. Ponte en contacto con el grupo especializado en sectas de los Servicios de Información de la Policía. Comprueba si tienen un expediente sobre un grupo satánico. Unos tíos que se hacen llamar los Siervos de Satán. O, a veces, los Escribas.

Silencio. Foucault tomaba nota. A modo de conclusión, dije:

– Sigue adelante con todo eso. Volveré pronto. Entonces te daré los detalles.

Colgué. Esos tanteos no conducían a nada pero me había vuelto a poner en marcha. Y mantenía la esperanza de que esos datos se cruzaran en alguna parte. Un punto de intersección que indicara quizá no un nombre, pero por lo menos una dirección que seguir.

Llamé a Svendsen. A pesar de que era tarde, su «dígame» era vivaz. Sin embargo, en cuanto reconoció mi voz, me echó la caballería encima.

– ¿Qué coño haces? ¡No hay modo de encontrarte! ¡Ni siquiera tienes buzón de voz!

– Estoy en Polonia.

– ¿En Polonia?

– Olvídalo. Necesito que hagas algo para mí.

– Tengo muchas novedades.

– Lo sé. Acabo de hablar con Foucault.

El sueco soltó un gruñido, decepcionado por no ser el primero en informar sobre sus hallazgos.

– Se ha cometido un asesinato en Besançon -dije-. Un gendarme.

– Lo he leído. En Le Monde de ayer por la tarde.

De modo que el asesinato había atraído la atención de algunos periódicos nacionales. Era una señal. El caso Simonis iba a estallar. En adelante, mi equipo tendría no solo que eludir a los gendarmes, sino también a los medios de comunicación. Proseguí:

– Habrá una autopsia. Quisiera que llamaras a Guillaume Valleret, el forense del hospital Jean-Minjoz de Besançon.

– No lo conozco.

– Sí. Acuérdate, te había pedido información sobre él.

– ¿El depresivo?

– El mismo. Pídele detalles sobre el cuerpo.

– ¿Por qué me los daría?

– Ya ha hablado conmigo acerca de Sylvie Simonis.

– ¿Es el mismo caso?

– El mismo asesino, a mi modo de ver. Juega con la degeneración de los cuerpos. Pregúntale a Valleret si ha observado algún trabajo de ese tipo en el gendarme.

– ¿El cuerpo ya estaba descompuesto?

El olor en las fosas de la nariz, la moscas a mi alrededor, la cerámica manchada de sangre.

– No tanto como el de Sylvie Simonis, pero el asesino ha acelerado el proceso.

– ¿Has visto el cadáver?

– Habla con Valleret. Interrógalo y llámame de vuelta.

– ¿Ese asesino es el tío que buscas desde el principio?

Sobre los azulejos del cuarto de baño: solo tú y yo. Sobre el panel del confesionario: te esperaba. Como si yo no lo buscara a él, sino él a mí. Alejé esos pensamientos y concluí:

– Habla con el forense. Eres tú quien debe conseguir las respuestas.

– Lo llamaré a primera hora de la mañana.

Corté la comunicación. Tumbado, observé los muros que me rodeaban. Negros, gruesos, indestructibles. Los mismos que protegían a Manon.

Inmediatamente, ella volvió a convertirse en el centro de mis pensamientos. Aureolada de pensamientos estremecedores, de febrilidad adolescente. «No», me dije, sacudiendo la cabeza. Había hablado en voz alta. Debía concentrarme exclusivamente en la investigación.

Interrogar a Manon Simonis.

Sondear su memoria e irme de Polonia. Antes de perder la objetividad sobre ella.

87

Miércoles, 6 de noviembre

Llevaba dos días deambulando por Cracovia, tratando de eludir a Manon. No había modo de enfrentarme a la princesa. Había contraído una enfermedad y aún me debatía, negándome a sucumbir a mis sentimientos. Se podía expresar de otro modo: estaba aterrorizado ante la idea de no agradarle, de fracasar.

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