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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– «El mal no es solo una carencia, es la obra de un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible, misteriosa y temible realidad.» ¿Sabes quién lo escribió?

– Pablo VI, en su audiencia pública del 15 de noviembre de 1972. Unas palabras que tuvieron gran repercusión en su momento.

– Exactamente. El Vaticano ya se tomaba en serio al diablo, pero con el advenimiento de Juan Pablo II, nuestra posición se reforzó aún más. ¿Sabías que el mismo Karol Wojtyla realizó exorcismos? -Sonrió levemente-. Todo lo que has visto abajo está financiado por él. Y la mayor parte de nuestros ingresos se dedican a la lucha contra el diablo. Porque, en definitiva, ese es el combate principal. El ojo del huracán.

Me situé en el umbral de la galería, de espaldas al sol. Zamorski se había sentado sobre un ángulo de piedra manchado de liquen. Desde mi llegada a ese búnker, una incógnita me atormentaba.

– ¿Luc Soubeyras estuvo aquí?

– Una vez.

– El lugar debió de gustarle.

– Luc era un verdadero soldado. Pero lo repito: le faltaba rigor, disciplina. Creía demasiado en el demonio para combatirlo eficazmente.

Pensé en los objetos satánicos que Laure había descubierto. El prelado prosiguió:

– Para luchar contra Satán, hay que saber mantenerlo a distancia. No creerle nunca y no escucharlo nunca. Es una paradoja, pero para enfrentarse contra él en toda su realidad, hay que tratarlo como si fuera una quimera, un espejismo.

Aplasté el cigarrillo sobre la piedra y me metí la colilla en el bolsillo. Zamorski estaba de pie contra una columna. Sus anchas espaldas, su alzacuello, su pelo gris al cepillo; todo en él destilaba pulcritud, la fuerza de un guerrero. En su presencia, se experimentaba una secreta fascinación. Y una extraña sensación de seguridad. Le pregunté:

– ¿Y cree usted en el diablo? ¿En su realidad física y espiritual?

Se rió a carcajadas.

– Para contestarte necesitaría el día entero. Y quizá incluso la noche. ¿Has leído El salario del miedo?

– Sí, hace mucho tiempo.

– ¿Te acuerdas de la cita del epígrafe?

– No.

– Georges Arnaud escribió: «La exactitud geográfica es siempre un engaño. Por ejemplo Guatemala, no existe. Lo sé: he vivido allí». Podría responder lo mismo sobre el diablo. «El Maligno no existe. Lo sé: hace cuarenta años que lucho contra él.»

– Usted especula con las palabras.

Zamorski se puso de pie y liberó sus pulmones con un largo suspiro, acentuando así su hastío.

– La realidad del demonio está por todas partes, Mathieu. En todas esas sectas donde hombres y mujeres corruptos encarnan los peores valores. En los psiquiátricos, donde los esquizofrénicos están convencidos de ser posesos. Pero sobre todo, en cada uno de nosotros, en cada pliegue del alma, cuando el deseo, la voluntad, el inconsciente, elige el abismo. ¿No podemos deducir por ello que una fuerza magnética real, una especie de agujero negro inmanente, aspira nuestras facultades?

– Entonces, ¿cree usted en una figura maléfica que existiría antes que el propio mundo? ¿Un poder no creado, trascendente, que sería la fuente del mal en el universo?

Zamorski sonrió de un modo discreto y furtivo, como para sí. Dio unos pasos y se volvió hacia mí.

– Creo que tenemos que ponernos manos a la obra. Ven. -Miró su reloj-. Tienes una cita.

– ¿Qué cita?

– A las cinco, Manon te esperará aquí mismo, en los jardines. En ese banco que ves allí.

85

Anochecía temprano en Polonia. O bien se acercaba una tormenta o bien mi percepción de la luz ya no era la misma. Cuando volví a los jardines del claustro a la hora señalada, me pareció que los árboles, los matorrales, los vitrales ya se hundían en la oscuridad. Solo los reflejos de mercurio persistían entre las hojas de los cipreses, las ramas de boj, los personajes con sus siluetas de plomo de las ventanas.

Caminé hacia el patio. De pronto, distinguí una mancha blanca al pie de una columna que sostenía a un san Estanislao. Divisé la cabellera clara, que parecía confundirse con el ángulo gris del banco. Era imposible no pensar en la ópera Manon de Massenet, que había escuchado tanto durante mi época de estudiante. Recordé una frase, cuando la heroína encuentra por primera vez al caballero Des Grieux: «¡Alguien! Rápido, a mi banco de piedra…».

Tres pasos más y la emoción me atravesó como una bala en el pecho.

Allí estaba Manon Simonis.

El fantasma al que perseguía desde hacía días sin saber que estaba, realmente, vivo. Apoyada en el pilar, tenía la cabeza inclinada sobre un libro. No había logrado imaginar cómo debía de ser en la actualidad, ya que guardaba en la memoria a aquella niña de cejas blancas. Sin embargo, en ningún caso, habría podido prever la silueta que se dibujaba delante de mí.

Manon seguía teniendo el cabello rubio, más bien castaño claro, pero su porte no tenía ninguna relación con la niña enclenque de las fotos. Se había convertido en una mujer fuerte, atlética, de espaldas anchas. Bajo un grueso jersey blanco, sus formas eran macizas y sus manos me parecieron enormes desde la distancia que nos separaba.

Avancé un poco más y distinguí su perfil. Solo entonces reconocí los rasgos perfectos de la niña de Sartuis. La nariz era un modelo de proporción. Recta, suave, dominada por los grandes ojos bajos. Manon leía. Su expresión era grave, realzada por cierta desconfianza en sus cejas, bajo sus cabellos peinados con raya al medio, estilo hippy.

Tosí. Ella levantó la cabeza y me sonrió. Entonces sucedió algo todavía más impresionante. Fue tan violento, que creí que me expulsaban de mí mismo. Un deslumbramiento. Pero ya no era yo quien lo experimentaba. Me había convertido en una conciencia exterior, un reflejo escindido de mí mismo que medía la amplitud del fenómeno que se desarrollaba en mi doble. Al mismo tiempo, una voz me decía: «Estabas maduro para esto. Toda tu investigación iba en busca de esta respuesta, esta conmoción».

– ¿Usted es el madero francés?

Sonrió y entre sus labios apareció un leve reflejo de incisivos. Manon se apartó para hacerme sirio en el banco. Ese movimiento hizo resaltar sus formas opulentas. La cría anémica recordaba ahora a las chicas blancas y rosadas de los calendarios de Playboy. Blandió el libro de upas amarillas.

– Aquí tienen algunos libros en francés. Solo cosas de religión. Me las sé de memoria.

Enumeró los títulos pero no la escuchaba. Todos mis sentidos estaban velados por la conmoción del encuentro. Era como cuando una detonación te ensordece los tímpanos o cuando una luz fuerte te ciega. Hice un esfuerzo para volver al momento presente.

– ¿Sabe por qué estoy aquí? -pregunté.

– Andrzej me lo ha explicado. Ha venido para interrogarme.

– No parece sorprendida de mi visita.

– Hace tres meses que estoy escondida. Esperaba que me encontraran. A la policía le encanta interrogarme.

¿Qué sabía ella exactamente de cómo se desarrollaba la investigación? ¿Estaba al corriente del intento de suicidio de Luc? ¿De la muerte de Stéphane Sarrazin? No. ¿Quién habría podido informarla entre esos muros austeros? Zamorski, seguramente no.

Me senté a mi vez. Un gusto de papel en la boca. Proseguí:

– No soy un investigador. No en el sentido en el que usted lo entiende. No cumplo ninguna misión oficial.

– Entonces, ¿qué hace aquí?

– Soy un amigo de Luc. Luc Soubeyras.

Su nuca se agitó con pequeños movimientos tensos. Su sonrisa se ocultaba bajo los mechones, muy lacios. En la penumbra, recordaba las fotos de David Hamilton o las imágenes del flower power de finales de los sesenta. Collares de semillas y flores en el pelo. Yo era demasiado joven para haber conocido aquella época, pero siempre la había imaginado como un tiempo feliz. Una era de idealismo, de rebelión, de explosión musical. Tenía delante de mí a una de esas hadas de antaño.

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