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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Un brazo se alzó entre los asistentes. Zamorski, sentado a una mesa aislada. Pasé entre los grupos y me uní a él. Los demás no me prestaron ninguna atención.

– ¿Has dormido bien?

El polaco me señaló la silla frente a él. Me senté, lamentando no haber fumado un cigarrillo en los jardines. Ahora era demasiado tarde. Bajé la vista hacia el desayuno. La mesa, puesta para dos, estaba cubierta con un mantel de damasco sobre el que brillaban copas de cristal y cubiertos de plata. Me pasé la mano por el rostro.

– Lo siento -dije, confuso-. No me he dado cuenta de la hora.

– Yo también acabo de levantarme. Nos hemos perdido la misa. Sírvete.

Me pareció bien que me tuteara. No sabía qué elegir. Era un menú eslavo. Pescados adobados cortados en finas láminas, masas compactas de caviar en forma de conos, pan negro y pan blanco, distintas clases de Malossol y diversos frutos rojos: moras, arándanos, frambuesas. Me pregunté de dónde sacaban los sacerdotes aquellos frutos en esa estación.

– ¿Vodka? ¿O es muy temprano aún?

– Preferiría café.

El nuncio hizo un ademán. Un sacerdote salió de la sombra y me sirvió con una discreción de espectro.

– ¿Dónde estamos?

– En el convento Scholastyka, en la ciudad vieja. El feudo de las benedictinas.

– ¿Las benedictinas?

Zamorski se inclinó. Su nariz fina brillaba al sol.

– Es la hora sexta -dijo, en tono de confidencia-. Mientras las hermanas rezan en la capilla, nosotros aprovechamos para desayunar.

– ¿Comparten ustedes el monasterio?

Con un golpe de cucharilla, abrió un huevo pasado por agua.

– Únicamente compartimos los espacios. No podemos llevar a cabo ninguna actividad conjunta.

– No es muy… ortodoxo.

Hundió la cucharilla en la clara del huevo que tenía entre dos dedos.

– Exactamente. ¿Quién buscaría religiosos, sobre todo de nuestro tipo, en un convento de benedictinas?

– ¿De qué tipo?

– Come. Lo que no mata engorda, como decimos aquí.

– ¿De qué tipo son?

El nuncio suspiró.

– Decididamente, eres un jansenista. No sabes gozar de la vida.

Comió el huevo en varias cucharadas y luego retiró la silla.

– Coge tu taza. Comerás más tarde.

Preferí beber el café de un sorbo. El ardor explotó en el fondo de mi garganta. Todavía estaba tratando de recuperarme de la quemadura cuando Zamorski ya cruzaba el umbral del comedor.

En la galería, los rayos de sol y las sombras de los pilares formaban un cuadro en blanco y negro. El frío, misteriosamente, realzaba esa bicromía. El prelado giró bajo un porche y tomó una escalera que parecía bajar directamente a la Edad Media.

– Hemos instalado nuestros despachos en el sótano.

Un túnel se abrió ante nosotros, iluminado de manera uniforme, sin que ninguna fuente de luz fuera visible. Los muros de piedra tenían la pátina de siglos. Sin embargo, se respiraba un aire de modernidad y de tecnología. Cuando Zamorski colocó su índice sobre una placa de análisis biométrico, no tuve ninguna duda. Había visto la piel de la fortaleza. Ahora iba a descubrir su corazón.

Una pared de acero se abrió sobre una gran estancia con techos abovedados; parecía la sala de redacción de un periódico. Las pantallas de los ordenadores lanzaban destellos, las impresoras zumbaban al pie de las columnas; teléfonos, faxes, teletipos sonaban y vibraban por todos lados. Los sacerdotes se movían febrilmente en mangas de camisa. Me hizo pensar en una dependencia de L’Osservatore romano, el órgano oficial de la ciudad pontificia, pero flotaba aquí un ambiente militar, del tipo secretos del Ministerio de Defensa.

– ¡La sala de vigilancia! -confirmó Zamorski.

– ¿Vigilancia de qué?

– De nuestro mundo. El universo católico no cesa de estar amenazado, agredido. Velamos, observamos, actuamos.

El prelado tomó el pasillo central. Podía sentir el calor de los ordenadores y las bocanadas de aire de los sistemas de ventilación. Unos hombres con alzacuello hablaban por teléfono en árabe. Zamorski me explicó:

– Nuestra fe se enfrenta a enemigos de todo tipo. No siempre es posible solucionar los problemas con la oración y la diplomacia.

– Explíquese, por favor.

– Por ejemplo, esos sacerdotes están en contacto permanente con las tropas rebeldes de Sudán. Son animistas, aunque espero que también sean algo cristianos. Les echamos una mano. Y no solo en forma de sacos de arroz. -Levantó el índice hacia el techo-. Hacer retroceder el islam: ¡todo lo demás no tiene importancia!

– Me parece un punto de vista simplista.

– Estamos en guerra. Y la guerra es un punto de vista simplista sobre el mundo.

El nuncio se expresaba sin acritud, con buen humor. La lucha de la que hablaba era obvia. Estaba dentro del orden natural de las cosas. A nuestra derecha, cuatro sacerdotes hablaban en castellano.

– Estos trabajan en zonas de América del Sur donde la situación es compleja. Allí, no podemos entrar en conflicto con los que detentan el poder, el de la droga, las armas, la corrupción. Debemos negociar, contemporizar y a veces hasta aliarnos con los peores golfos. Ad majorem Dei gloriam!

Se acercó a otro grupo que leía periódicos en lengua eslava.

– Un trabajo más sucio aún, en Croacia. Proteger a los torturadores, a los verdugos. Son cristianos y nos han llamado. El Señor nunca ha denegado ayuda, ¿verdad?

Los recortes de prensa volvían a mi memoria. Los jueces del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia sospechaban que el Vaticano y la Iglesia croata escondían en monasterios franceses a los generales acusados de crímenes contra la humanidad. De modo que era cierto. Zamorski contemporizó:

– No pongas esa cara. Después de todo, ambos hacemos el mismo trabajo, cada uno en su escala. No eres el único que tiene que ensuciarse las manos.

– ¿Quién le ha dicho que tengo las manos sucias?

– Tu amigo Luc me ha explicado vuestra teoría personal sobre el oficio de madero.

– No es más que una teoría.

– Pues bien, yo me adhiero a ese punto de vista. Hace falta que algunos lleven a cabo los trabajos sucios para que los demás, todos los demás, puedan vivir con un alma pura.

– ¿Puedo fumar?

– En ese caso salgamos.

Nos instalamos bajo las bóvedas negras a un tiro de piedra de los jardines. Olores a resina, a flores húmedas, a piedras caldeadas por el sol. Le di una buena calada al Camel y lancé el humo con placer. El primer pitillo del día. Un renacimiento intacto, cada vez.

– Ayer -proseguí- me habló del KUK. Me dijo que usted pertenecía a una rama especial. ¿Qué nombre tiene?

– No tiene nombre. La mejor manera de guardar un secreto es que no exista tal secreto. Somos monjes caballeros, herederos de las milites Christi que protegían Tierra Santa, pero no tenemos una orden establecida.

Las imágenes una vez más. Conventos fortaleza en la España de la Reconquista en el siglo XII, castillos construidos en los desiertos de Palestina, llenos de cruzados que seguían una regla monástica. El claustro donde me encontraba pertenecía a esa estirpe.

– ¿También se ocupan de los problemas relativos al satanismo?

– Nuestros enemigos son múltiples, Mathieu, pero el principal, el más peligroso, el más… permanente de todos, es el que ha logrado hacernos creer que ya no existía.

Guardé silencio. Pensaba en la famosa cita de Charles Baudelaire, de El spleen de París: «La astucia más bonita del diablo está en hacer creer que no existe». Pero Zamorski recitó otro texto:

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