Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Olvidé el caso y desperdicié esos días vagando por la ciudad, sin ni siquiera escuchar los mensajes. No obstante, al despertar aquella mañana, decidí volver a mi tarea. Me levanté y encendí el móvil. Escuché el buzón de voz. Foucault. Svendsen. Varias llamadas, cada vez más impacientes. Los llamé en el acto. Contestadores. Eran las siete de la mañana.
Me vestí sin ducharme; hacía demasiado frío. Encendí el ordenador. Mis e-mails. Ni rastro del expediente de Raïmo Rihiimäki en inglés. Ningún mensaje importante. Consulté los periódicos habituales. La République des Pyrénées. Le Courrier du Jura. L’Est républicain. Los artículos sobre los asesinatos de Bucholz y de Sarrazin perdían interés poco a poco. Ya no tenían sustancia.
Volví al presente. Desde la noche anterior, una idea me rondaba, sutilmente. Husmear un poco en el convento monasterio; sus actividades me parecían cada vez más oscuras, a pesar de la visita guiada de Zamorski.
Había tratado de volver al cuartel general subterráneo. Imposible. Sensores biométricos, cámaras, células fotoeléctricas. La zona estaba extremadamente protegida, más cerrada que una instalación militar. El resto de las habitaciones de la planta baja también tenían su parte de misterio. El día anterior había dibujado un plano del claustro. Los edificios en torno a la torre central formaban dos L; cada una de ellas correspondía a una orden: las benedictinas al nordeste, los sacerdotes al sudoeste. Cada zona poseía una capilla; no había ningún espacio común excepto el refectorio, donde hombres y mujeres comían alternativamente.
Me concentré en el sector sudoeste. Había sombreado con lápiz las partes ya visitadas. En la planta baja, los despachos administrativos. A continuación, una biblioteca. Unos seminaristas preparaban sus tesis sobre episodios de la historia religiosa de Polonia. Luego, la capilla y un espacio de recreo. Me faltaba conocer dos salas, en la intersección de los dos cuerpos de la L. Apostaba por el despacho privado de Zamorski y una sala de reuniones secreta.
Me puse la chaqueta y decidí dar un paseo matinal. Las benedictinas rezaban el ángelus y los sacerdotes desayunaban. Era la hora ideal.
Caminé por el paseo y bajé. Estaba amaneciendo. En el ángulo que formaban las dos galerías, me detuve frente a la puerta que correspondía a la habitación de mayor tamaño: supuestamente, la sala secreta. Saqué mi llave maestra. Frescor de la piedra. Olor de boj y de cipreses. El frío individualizaba cada sensación. Deslicé la primera llave y me di cuenta de que la puerta ni siquiera estaba cerrada.
Otra capilla.
Más larga, más estrecha, más misteriosa.
Por unas ventanas angostas se entreveía el azul del alba. Unas hileras de sillas frente a los pupitres con sus tapas cerradas se sucedían hasta el coro. El rosetón, en el vitral blanco del fondo, parecía arrugado como papel de plata.
Di algunos pasos. Lo impresionante de aquel lugar era la calidad excepcional del silencio y la pureza del frío. Mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Ahora distinguía los colores. Las columnas eran blancas, el suelo era de cerámica, de un ocre suave, el enlucido de los muros era verde pastel. En ese lugar no había nada que me interesara, pero una fuerza me impulsaba a permanecer allí.
De pronto, la estancia se iluminó.
– El blanco, el rojo y el verde. Los colores del príncipe Jabelowski, el fundador del monasterio.
Me volví. Zamorski estaba en el umbral de la sala, con la mano posada aún en el interruptor. Fingí desenvoltura.
– ¿Dónde estamos?
– En una biblioteca.
– No veo ningún libro.
Zamorski caminó por el pasillo central y abrió la tapa de un pupitre. Las encuadernaciones de piel brillaban como lingotes de oro sellado. Cogió un volumen. Sonó un chasquido; el ejemplar estaba atado con una cadena. Una varilla de hierro negro pasaba a lo largo de la madera donde se alineaban los anillos. Había oído hablar de ese tipo de bibliotecas que databan del Renacimiento. Lugares donde los libros eran prisioneros.
– La sala se construyó en el siglo XV -confirmó el nuncio-. Se ha conservado a pesar de las guerras, las invasiones, el nazismo, el comunismo. Un lugar simbólico que nos interesa en grado sumo.
– ¿Quieren ustedes hacer un museo? -pregunté en tono irónico.
Dejó el pesado volumen infolio produciendo un ruido lúgubre.
– Este lugar es emblemático de nuestra lucha, Mathieu. En 1450, después de la guerra husita que había destruido numerosos centros religiosos, el príncipe Jabelowski hizo construir este claustro. Tenía un proyecto. Fundar una congregación nueva, después de haber sufrido una experiencia mental digamos, particular.
– Quiere usted decir…
– Un Sin Luz, sí. Después de caer de un caballo, Jabelowski entró en coma. Cuando se despertó, pretendió haber visto al diablo. Debió de ser convincente, ya que numerosos monjes lo siguieron y cambiaron el hábito. Su monasterio tenía como misión recopilar la palabra del Maligno. En ese sentido, se puede considerar a Jabelowski el fundador de la secta de los Siervos de Satán.
Todo se relacionaba: un Sin Luz había fundado la orden de los Siervos. Y, ahora, estos últimos perseguían a los Sin Luz. Zamorski estaba a varios metros de mí. El frío de la nave se erigía entre los dos.
– Si es un monasterio maldito, ¿por qué se instalaron ustedes en él?
– Sin duda por la afición a las paradojas.
– Deje de jugar conmigo. A los ojos de los Siervos, Scholastyka debe de tener una enorme importancia, ¿no?
– ¡Es su basílica de San Pedro! Se supone que Jabelowski está enterrado bajo la estructura del edificio.
– ¿No tratan de comprarlo? ¿De visitarlo?
Zamorski hizo gala de una sonrisa elocuente. Por fin comprendí.
– Ustedes han transformado este lugar en un búnker porque los están esperando.
– Sí, podemos suponer que algún día intentarán penetrar aquí.
– Y ustedes los están esperando. Este monasterio es una trampa. Una trampa en la que han puesto un cebo: Manon.
El polaco soltó una carcajada.
– ¿Dónde crees que estás? ¿En Fort Alamo?
Por más que fingiera divertirse, sabía que había acertado. Los sacerdotes querían atraer a los satanistas a su bastión. Se avecinaba una batalla medieval. Di algunos pasos hacia él. Ahora estábamos frente a frente.
– Los Siervos también tienen otras actividades -susurró-. Principalmente, tratamos de obstaculizar su carrera.
– ¿Qué carrera?
– La carrera hacia el mal. Ciega, desenfrenada.
Abrió otro pupitre, no contenía incunables encadenados, sino carpetas con espirales de metal. Abrió una de ellas y me mostró una fotografía plastificada.
– ¿Conoces la cita: «No hay ideas, solo hay actos»?
Me pasó la carpeta. El rostro de un cadáver, con la boca abierta y un gancho hundido en la lengua. Pensé en los Apocalipsis, escritos apócrifos que describían el infierno: «Algunos de ellos pendían de sus lenguas».
El polaco volvió la página, con un chasquido de la hoja. Un tronco humano; sus cuatro miembros estaban desperdigados en un vertedero municipal. Otro chasquido. El cuerpo de un niño, minúsculo, desecado como una momia, hecho jirones, atado a una picota. Luego, un caballo con los ojos arrancados y los genitales cortados. La bestia parecía flotar sobre un inmenso charco negro.
Alcé la vista, apenas perturbado. Estaba anestesiado contra el horror.