El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Hubo una discreta llamada a la puerta; el cardenal Vittorio guardó silencio y observó cómo era depositado el té sobre una mesita taraceada…
– Ya lo ve, Ralph. Desde mi estancia en Australia, he conservado el hábito de tomar té por la tarde. En mi cocina lo hacen muy bien, aunque al principio no podía decirse lo mismo. -Levantó una mano al iniciar el arzobispo Ralph un movimiento en dirección a la tetera-. ¡Oh, no! Yo lo serviré. Me divierte hacer el papel de «madre».
– He visto muchas camisas negras en las calles de Genova y de Roma -dijo el arzobispo Ralph, mientras observaba cómo servía el té el cardenal Vittorio.
– Son las cohortes especiales de «II Duce». Nos esperan tiempos muy difíciles, Ralph. El Santo Padre está resuelto a que no haya ruptura entre la Iglesia y el Gobierno secular de Italia, y en esto, como en todo, tiene toda la razón. Suceda io que suceda, nosotros debemos permanecer libres para ejercer nuestro ministerio con todos nuestros hijos, aunque una guerra signifique que nuestros hijos se dividirán y lucharán entre ellos, en nombre de un Dios católico. Dondequiera que estén nuestros corazones y nuestras simpatías, debemos esforzarnos siempre en mantener a la Iglesia alejada de las ideologías políticas y de los conflictos internacionales. Yo quería tenerle aquí conmigo, porque puedo confiar en que su cara no delatará lo que piense su cerebro, con independencia de todo lo que puedan ver sus ojos, y porque tiene usted la mejor mentalidad diplomática con que nunca me haya tropezado.
El arzobispo Ralph sonrió tristemente.
– Hará usted que avance en mi carrera aunque sea a pesar mío, ¿no es cierto? Me pregunto qué habría sido de mí si nunca le hubiese conocido.
– ¡Oh! Habría sido arzobispo de Sydney, que es un cargo bueno e importante -dijo Su Eminencia, con meliflua sonrisa-. Pero el rumbo de nuestras vidas no depende de nosotros. Nos conocimos porque estaba escrito, como está escrito que trabajemos ahora juntos para el Santo Padre.
– No creo que el final sea muy feliz -repuso el arzobispo Ralph-. Creo que obtendremos el resultado que se obtiene siempre con la imparcialidad. Nadie nos dará las gracias, y todos nos criticarán.
– Lo sé, y también lo sabe Su Santidad. Pero es lo único que podemos hacer. Y nada nos impide rezar en privado por la rápida caída de «II Duce» y de «Der Führer», ¿verdad?
– ¿Piensa realmente que habrá guerra?
– No veo posibilidad de evitarla.
El gato de Su Eminencia se levantó del soleado rincón donde había estado durmiendo, y saltó sobre la falda escarlata con cierta torpeza, porque era viejo.
– ¡Hola, Saba! Saluda a nuestro viejo amigo Ralph, a quien solías preferir más que a mí.
Los satánicos ojos amarillos miraron altivamente al arzobispo Ralph, y se cerraron. Los dos hombres se echaron a reír.
15
En Drogheda había un aparato de radio. Por fin había llegado el progreso a Gillanbone, en forma de una emisora de la «Australian Broadcasting Commis-sion», y contaban con algo para distraerse, además de las fiestas acostumbradas. El aparato era un objeto bastante feo, montado en una caja de nogal y colocado sobre una pequeña y exquisita mesa del salón con las pilas ocultas en un armario inferior.
Cada mañana, la señora Smith, Fee y Meggie conectaban el aparato para escuchar el boletín de noticias de Gillanbone y el parte meteorológico, y, cada noche, lo hacían Fee y Meggie para oír las noticias nacionales de la ABC. Qué extraño resultaba verse conectado instantáneamente con el exterior; enterarse de las inundaciones, los incendios y las lluvias de todas las partes de la nación, de lo que pasaba en la inquieta Europa, de la política australiana, sin intervención de Bluey Williams y de sus periódicos atrasados.
Cuando el noticiario del viernes, primero de setiembre, informó que Hitler había invadido Polonia, sólo Fee y Meggie estaban en casa para oírlo, y ninguna de las dos le prestó mucha atención. Hacía meses que se especulaba sobre esto, y, además, Europa estaba al otro lado del mundo. Nada tenía que ver con Drogheda, que era el centro del universo. Pero el domingo, tres de setiembre, todos los hombres habían venido del campo a oír la misa del padre Watty Thomas, y los hombres estaban más interesados en Europa. Ni Fee ni Meggie pensaron en contarles las noli cias del viernes, y el padre Watty, que tal vez lo hu biese hecho, había salido a toda prisa para Narren gang.
Como de costumbre, pusieron aquella noche la radio para oír las noticias nacionales. Pero, en vez de la voz almidonada y con puro acento de Oxford del locutor, se oyó la voz inconfundiblemente australiana del Primer Ministro, Robert Gordon Menzies.
«Compañeros australianos: tengo el triste deber de informarles que, a consecuencia de la invasión de Polonia por Alemania, Gran Bretaña ha declarado la guerra a Alemania, por lo cual Australia está también en guerra…
»Está demostrado que Hitler no ambiciona unir a todo el pueblo alemán bajo un nuevo régimen, sino imponer este régimen a cuantos países pueda dominar por la fuerza. Si esto continúa, no habrá seguridad en Europa ni paz en el mundo,… Indudablemente, donde esté Gran Bretaña, allí estará el pueblo de todo el mundo británico.
»Nuestro poder actual, y el de la madre patria, se verán reforzados si proseguimos nuestra producción, si continuamos nuestras tareas y negocios, si mantenemos nuestro empleo y, con él, nuestra fuerza. Sé que, a pesar de las emociones que sentimos, Australia está dispuesta a llegar hasta el fin.
»Que Dios, en su piedad y su misericordia, haga que el mundo se vea pronto libre de esta angustia.»
Se hizo un largo silencio en el salón, interrumpido por el tono gangoso de una emisora de onda corta que transmitía un discurso de Neville Chamberlain al pueblo británico; Fee y Meggie miraban a sus hombres.
– Contando a Frank, somos seis -dijo Bob, rompiendo el silencio-. Todos, salvo Frank, trabajamos en el campo, lo cual quiere decir que no nos querrán para el servicio militar. De los ganaderos que tenemos actualmente, supongo que seis desearan ir a luchar, y dos querrán quedarse.
– ¡Yo-quiero ir! -declaró Jack, bollándole los ojos.
– ¡Y yo! -aseguró gravemente Hughie.
– ¡Y nosotros! -declaró Jims, hablando por él y por el callado Patsy.
Pero todos miraron a Bob, que era el jefe.
– Tenemos que ser sensatos -manifestó éste-. La lana es un artículo de guerra, y no sólo para la ropa. También se emplea en el embalaje de municiones y explosivos y, seguramente, en otra serie de cosas extrañas que ignoramos. Además, tenemos ganado bovino para carne, y ovejas y carneros viejos para cuero, cola, sebo, lanolina…, otros tantos artículos de guerra.
»Por tanto no podemos largarnos v dejar que Drogheda se desenvuelva sola, por mucho que deseemos hacerlo. Mientras haya guerra, nos será muy difícil remplazar los ganaderos que sin duda perderemos. La sequía está en su tercer año, esiamos cortando matorrales, y los conejos nos vuelven locos. De momento, nuestro puesto está en Drogheda; algo mucho menos excitante que entrar en acción, pero igualmente necesario. Haremos aquí todo lo que podamos.
Los rostros de los varones se nublaron, y los de las mujeres se animaron.