Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Esclavos de la oscuridad
Esclavos de la oscuridad - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
1 ... 104 105 106 107 108 109 110 111 112 ... 162
Перейти на страницу:

– ¿Cuándo se enteraron de que Manon estaba viva?

– En el momento de la muerte de Sylvie Simonis.

– ¿Sabe cómo llegaron a saberlo?

– Por Stéphane Sarrazin.

El nombre del gendarme me explotó en la cara.

– ¿Por qué él? ¿Por qué les habría avisado?

El nuncio contuvo una sonrisa.

– Porque era su cómplice. Stéphane Sarrazin, cuando todavía se llamaba Thomas Longhini, también era un Siervo. Formaba equipo con los otros dos, para corromper a la niña.

Otra verdad fallida. Siempre había percibido la complicidad de los tres hombres, pero sin poder probarla. El famoso axioma del treinta por ciento. Los tres, Moraz, Cazeviel y Longhini, habían provocado, indirectamente, la muerte de Manon. Pero yo todavía era escéptico.

– En 1988 -proseguí-.Thomas Longhini tenía trece años. Era un adolescente. Moraz era relojero. Cazeviel, chatarrero. ¿Cómo habrían podido conocerse?

– No ha buscado lo suficiente en su pasado. Richard Moraz no era solamente relojero. Era coleccionista e incluso encubridor. Así conoció a Cazeviel, que le vendía objetos robados.

– ¿Y Thomas?

– Thomas era un pervertido. Un vicioso. Lo que lo excitaba era penetrar en casa de la gente por la noche. Observarla. Sustraerle sus bibelots. Así conoció a Moraz. Le vendía las piezas hurtadas.

Moraz, Cazeviel, Longhini: tres aves nocturnas asociadas para el robo e intrusión. Más tarde habían descubierto otro interés común: el culto al diablo.

Imaginaba el resto. Con el paso de los meses, Thomas Longhini había debido de encariñarse con Manon y no quiso seguir descarriándola. Tuvo miedo. Habló con sus padres y luego con su psiquiatra, Ali Azoun, pero sin poder confesar toda la verdad. Únicamente insinuaba, pero lo esencial estaba allí. Longhini quería detener el maleficio de Manon. Lo que había empezado como un juego perverso -la corrupción de la niña- se estaba volviendo peligroso. Manon actuaba realmente como una posesa. Y su madre, que había perdido el control, estaba dispuesta a destruirla.

– Sí, comprendo -proseguí-. Los tres cómplices no descubrieron que Manon estaba viva hasta el verano pasado. Entonces, pensaron que podía ser una Sin Luz. Una criatura que el demonio había salvado. Por lo tanto, un ser que les interesaba extremadamente.

– Exacto. Salvo que, entretanto, Manon desapareció. O bien sintió la amenaza de esos fanáticos o bien temía al asesino de su madre.

Tomé nota de que Zamorski no consideraba la culpabilidad de Manon, lo cual me alivió, de una manera oscura, inexplicable. Ya no quería que Manon fuera culpable.

En cuanto al resto, mis datos encajaban con esos elementos. El trío buscaba a Manon, como yo. Moraz y Cazeviel habían decidido matarme para impedir que la encontrara antes que ellos. En cambio, Longhini, alias Sarrazin, había decidido asociarse conmigo. ¿Por qué? ¿Preveía matarme, una vez hubiera cumplido mi misión? ¿O contaba conmigo para que hiciera salir a la superficie a otros Sin Luz?

Volví al punto primordial. ¿Sabía Zamorski dónde se escondía Manon? La duda me consumía, pero primero quería sondear a mi posible asociado.

– ¿Por qué me cuenta todo esto?

– Ya se lo he dicho: me interesan sus informaciones.

– Parece usted saber mucho más que yo.

– Sobre la investigación Simonis es cierto. Pero hay otras ramificaciones en el expediente.

– ¿Agostina Gedda?

– Por ejemplo. Sabemos que usted la interrogó en Malaspina. Queremos una transcripción de ese testimonio.

– Entonces, ¿Van Dieterling no coopera con usted?

– Tenemos puntos de vista distintos sobre el problema, se lo repito. Él lo recibió a usted en la Curia romana. En la biblioteca apostólica del Vaticano se guardan archivos de la mayor importancia. Documentos que usted ha consultado.

El cardenal no me había dejado hacer nada pero decidí marcarme un farol.

– Es cierto que poseo textos que podrían enriquecer sus expedientes. ¿Y usted? ¿Qué tiene para mí? Revelarme la existencia de los Siervos no es suficiente. Tarde o temprano, lo habría descubierto.

– Esa era la parte gratuita de nuestro acuerdo. Algo necesario para convencerlo de que no avanzamos a ciegas.

– ¿Dispone de otra moneda de cambio?

– Una moneda irresistible.

– ¿Cuál?

– Manon Simonis.

– ¿Sabe dónde se encuentra?

– En realidad, la tenemos bajo nuestra protección.

La noticia me bloqueó la respiración, pero conseguí decir:

– ¿Dónde?

Zamorski cogió mi impermeable y me lo lanzó.

– ¿Le da miedo viajar en avión?

83

En el corazón de la noche, el aeropuerto de Bourget parecía como lo que era: un museo al aire libre. Un Louvre de la aeronáutica, donde las esculturas eran los Mirage, los Boeing, los cohetes Ariane. En la oscuridad lluviosa se presentían los aviones bajo las cubiertas de lona, los hangares llenos de máquinas voladoras, los fuselajes brillantes y las alas con escarapelas pintadas.

El Mercedes negro de Andrzej Zamorski se deslizaba por la avenida inundada. Admiraba, una vez más, el lujo del habitáculo: cristales tintados, asientos de piel, techo acolchado, puertas forradas con palo de rosa.

– Mi pequeño país tiene recursos -comentó el emisario del Vaticano-. Me proporcionan los medios necesarios cuando me envían a tierras hostiles.

– ¿Francia es territorio hostil?

– Aquí solo estoy de paso. Vamos. Hemos llegado.

El coche se detuvo delante de un edificio con la planta baja iluminada. Saqué mi bolsa del maletero. Zamorski había aceptado pasar por mi domicilio para permitirme recoger algunas cosas, entre ellas mi expediente.

En la sala, dos pilotos repasaban el plan de vuelo; unos auxiliares con aspecto de guardaespaldas nos invitaron a champán, café y a un tentempié. A la una de la mañana, hacían lo posible por mostrarse más frescos que una rosa.

Un Falcon 50EX maniobraba en la desierta zona de aparcamiento de los aviones, hiriendo la noche con sus luces. De pie delante de los cristales, reflexioné. Un prelado capaz de fletar un jet privado en plena noche; decididamente, Zamorski no era un religioso corriente. Pero ya nada me asombraba. Me dejaba llevar por los acontecimientos; me dejé acunar, incluso, por una sensación de irrealidad, observando las luces que se reflejaban sobre la pista mojada.

– Vamos. El piloto se impacienta.

– ¿No hay control de aduana?

– Pasaporte diplomático, querido amigo.

– ¿Adónde vamos?

– Se lo diré durante el vuelo.

A mi pesar, me rebelé.

– No pondré un pie a bordo sin saber adónde vamos.

El polaco cogió mi bolsa.

– Vamos a Cracovia. Manon está escondida allí. En un monasterio. Un lugar totalmente seguro.

Seguí al eclesiástico por la zona de estacionamiento. Su traje negro brillaba tanto como el asfalto húmedo. Observando su puño cerrado sobre el asa de mi bolsa, me dije que un arma automática en esa mano no quedaría fuera de lugar. Inmediatamente, asocié esa idea a la Glock que llevaba en el cinturón. Esa salida clandestina tenía una ventaja: nadie me había registrado.

La cabina del Falcon albergaba seis asientos de piel con brazos y mesitas de caoba barnizada. Las luces del techo, minúsculas, brillaban como pepitas doradas. Unas cestas de fruta nos esperaban, al lado de unas botellas de champán que se mantenían frescas en la cubitera. Seis butacas, seis privilegios por encima de las nubes.

– Acomódese donde desee.

Escogí el primer asiento a mi izquierda. Los dos sacerdotes que nos acompañaban desde la iglesia polaca se sentaron detrás de mí. Dos colosos que solo tenían de religiosos el alzacuello y que todavía no habían dicho ni una palabra. Zamorski se sentó frente a mí y luego se ajustó el cinturón. El chasquido fue como una señal; los motores bramaron inmediatamente.

1 ... 104 105 106 107 108 109 110 111 112 ... 162
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)