Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Cuerpo de Muerte - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
1 ... 108 109 110 111 112 113 114 115 116 ... 185
Перейти на страницу:

Yolanda se escondió tras el escaparate por un momento. Lynley oyó que encendía una cerilla. Pensó que estaba encendiendo incienso o una vela -podía ser cualquiera de ambas, pues ya había un palito de incienso quemándose entre las piernas cruzadas de la estatua de un Buda-, pero apareció con un cigarrillo.

– Es bueno que lo hayas dejado. No te veo muriéndote de una enfermedad pulmonar.

– ¿Y qué hay de Jemima? -preguntó.

– Ella no fumaba.

– Eso no la ayudó mucho al final, ¿verdad?

Yolanda dio una larga calada al cigarrillo.

– Ya he hablado con la policía -dijo-. Ese tipo negro. Una de las auras más fuertes que he visto en años. Quizás en la vida, si le digo la verdad. Pero ¿esa mujer que iba con él? ¿Esa del diente? Diría que tiene asuntos pendientes que le impiden crecer como persona, y que no son exactamente dentales. ¿Qué iba a decir?

– ¿La puedo llamar señora Price? Entiendo que ése es su verdadero nombre.

– No puede. No en este local. Aquí soy Yolanda.

– Muy bien, Yolanda. Hoy por la mañana estuvo en Oxford Road. He de preguntarle por eso, también por el asunto de Jemima Hastings. ¿Le parece bien aquí o prefiere contestarme en otro sitio?

– ¿Otro sitio como…?

– Hay una sala de interrogatorios en la estación de Ladbroke Grove. Podemos ir allí si lo prefiere.

Ella se rió.

– Polis. Sería mejor que vigilaras tu manera de actuar. Hay una cosa llamada karma, señor Lynley. Es así como dijiste que te llamabas, ¿no?

– Eso es lo que dije.

Le examinó.

– No pareces un poli. No hablas como un poli. No eres como ellos.

Tenía razón, pensó. Pero tampoco se trataba de una deducción completamente desconcertante.

– ¿Dónde le gustaría hablar, Yolanda? -le preguntó.

Fue hacia la cortina de cuentas. Él la siguió.

Había una mesa en el centro de la habitación interior, pero no se sentó allí. En vez de eso, fue hacia un sillón confortable situado enfrente de un diván victoriano. Se dejó caer en este último y cerró los ojos mientras seguía fumando el cigarrillo.

Lynley cogió una silla y le dijo:

– Cuénteme primero lo de Oxford Road. Nos pondremos con lo de Jemima después.

No había mucho que contar, según Yolanda. Había estado en Oxford Road por el mal inherente de la casa, declaró. Pese a haberla alertado de que tenía que marcharse de allí, no pudo salvar a Jemima; después de que hubiera sido víctima de la depravación, se sintió en la obligación de intentar salvar al resto. Claramente, no estaban dispuestos a abandonar el lugar, así que trató de purificarlo desde fuera: estuvo quemando savia.

– Aunque esa maldita mujer se negara a escuchar cualquier cosa que tratara de decirle -le dijo-. Aunque se negara a reconocer mis esfuerzos a su favor.

– ¿Qué tipo de mal? -le preguntó.

Yolanda abrió los ojos.

– No hay diferentes tipos de mal -respondió-. Sólo hay uno. Uno. Y, de momento, se ha llevado a dos personas que vivían en esa casa, y va en busca de más. Su marido murió allí, ¿sabe?

– ¿El marido de la señora McHaggis?

– ¿Y cree que ella se ha dignado a purificar el sitio? No. Es demasiado tonta como para ver lo importante que es eso. Ahora Jemima se ha ido también… y habrá más. Es cuestión de tiempo.

– Y usted estaba allí exclusivamente para… -Lynley buscó la palabra que mejor pudiera definir «quemar savia en el jardín»-, ¿para practicar algún tipo de rito?

– No algún tipo. Oh, ya veo qué piensa de la gente como yo. Nadie suele creer en estas cosas hasta que al final la vida le doblega a uno de tal manera que entonces acude corriendo, ¿no es cierto?

– ¿Es lo que le sucedió a Jemima? ¿Por qué acudió a usted? La primera vez, me refiero.

– No hablo de mis clientes.

– Ya sé que eso es lo que le dijo a los otros policías, pero tenemos un problema, como ve, en tanto que usted no es ni psiquiatra, ni psicóloga, ni abogada… No tiene ningún secreto profesional al que acogerse, según me consta.

– ¿Y eso qué significa exactamente?

– Significa que cualquier negativa a proporcionar información puede ser interpretada como obstaculización de una investigación policial.

Ella se quedó en silencio. Se acercó el cigarrillo y le dio una calada mirando al cielo, pensativamente.

Lynley continuó.

– Así pues, le sugiero que cuente cualquier cosa que crea relevante. ¿Por qué vino a verla?

Yolanda continuó callada durante un rato. Parecía debatirse y sopesar los pros y los contras entre hablar o callarse. Finalmente dijo:

– Ya se lo conté a los otros: amor. Es el motivo por el que siempre vienen.

– ¿A quién amaba?

De nuevo dudó antes de decir:

– Al irlandés. El tipo que trabaja en la pista de hielo.

– ¿Frazer Chaplin?

– Quería saber lo que todo el mundo quiere saber. -Yolanda se movió inquieta en el sofá. Cogió un cenicero que estaba debajo y apagó el cigarrillo-. Le conté esto a los otros, más o menos. Al tipo negro y a la mujer de los dientes. No veo porqué darle más vueltas a este asunto con usted vaya a aportar algo.

Lynley tuvo un pensamiento irónico y fugaz sobre cómo reaccionaría Barbara Havers al saber que la llamaban «la mujer de los dientes». Dejó que esa idea se esfumara.

– Piénselo desde una nueva perspectiva: la mía. ¿Qué es exactamente lo que le dijo?

– El amor es un riesgo -murmuró. «Pues sí», pensó Lynley-. Como tema, quiero decir -continuó-. Resulta imposible acertar en cuestiones sentimentales. Hay demasiadas variables, siempre se dan situaciones inesperadas, sobre todo si no se tiene a la otra persona para…, bueno, para examinarla, ya sabe. Así que una acaba optando por cosas vagas, por decirlo de alguna manera. Eso es lo que hice.

– Para que el cliente vuelva una y otra vez, imagino.

Le miró, como para juzgar su tono de voz. Él se mantuvo impasible.

– Esto es un negocio. No lo niego. Pero también es un servicio y, créame, la gente lo necesita. Además, muchas otras cosas surgen con un cliente fijo. Ellos vienen a verme por un asunto, pero al final aparecen otros. No se trata de que yo les haga volver, se lo puedo asegurar. Es lo que les digo que sé.

– ¿Y Jemima?

– ¿Qué pasa con ella?

– ¿Había otros asuntos, más allá de sus dudas sentimentales?

– Sí.

– ¿Y cuáles eran?

Yolanda se sentó. Cruzó sus piernas. Eran fornidas, sin tobillos, una línea recta que iba de las rodillas a sus pies. Dejó caer sus manos a ambos lados de los muslos, como si equilibrara su cuerpo, y mientras se ponía de nuevo recta, agachó su cabeza. La agitó.

Lynley pensó que no contestaría a esa pregunta, que diría «no tengo más información, agente». Sin embargo, anunció:

– Hay algo entre los otros y yo. Todo se ha quedado tranquilo. Pero yo no quería hacer daño. No lo sabía.

Lynley trató de no seguirle el juego.

– Señorita Price, si sabe alguna cosa, le insisto…

– ¡Yolanda! -dijo mientras alzaba su cabeza bruscamente-. Aquí soy Yolanda. Ya estoy teniendo suficientes problemas con el mundo espiritual y no necesito a alguien más en este cuarto que me recuerde que tengo una vida allá fuera, ¿lo entiende? Desde que murió, desde que me dijeron que murió, todo se ha vuelto oscuro y tranquilo. Lo hago todo mecánicamente, y no soy capaz de comprender qué es lo que no puedo ver.

Entonces se levantó. La habitación estaba poco iluminada, oscura, se suponía que para facilitarle el trabajo; y ella cruzó la cortina para encender la lámpara de techo. La luz trajo a esa sombría habitación un aspecto desolador: polvo en los muebles, bolas de pelusa en las esquinas, objetos de segunda mano desconchados y desvencijados. Yolanda caminó por la habitación. Lynley esperaba a que hablara, pese a que su paciencia se estaba agotando.

– Vienen a por consejo -dijo finalmente-. Intento no ser demasiado directa. No suele funcionar. No obstante, en su caso, pude sentir algo más, y necesitaba saber de qué se trataba para poder seguir trabajando con ella. Tenía información que podría haberme ayudado, pero no quiso compartirla conmigo.

1 ... 108 109 110 111 112 113 114 115 116 ... 185
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)