Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Cuando lo hizo, Isabelle le pidió a la mujer que le contase cómo lo había encontrado. Bella McHaggis estaba encantada de hacerlo. Les contó con pelos y señales lo del reciclaje y lo de salvar el planeta, de lo cual Isabelle concluyó que el bolso venía de un contenedor que no sólo estaba situado frente a la casa de Bella McHaggis, sino que era accesible a cualquiera que pasase y mirase. Aparentemente, había un apunte que la propia Bella deseaba aportar, porque había una cosa que era «lo más importante de todo».
– ¿Y es…? -inquirió Isabelle.
– Yolanda.
Al parecer la médium había estado rondando el jardín delantero de Bella otra vez, y había estado allí momentos antes de que Bella descubriese el bolso de Jemima. Claramente, teniendo «una especie de experiencia psíquica», se mofó Bella, caracterizada por murmurar, gemir, rezar y agitar un palito humeante de lo que sea que provoque algo mágico o «basura de esa». Bella le había dirigido algunas palabras, y la médium se fue disparada. Momentos más tarde, al mirar dentro del cubo de Oxfam, Bella había descubierto el bolso.
– ¿Por qué estaba comprobando el contenedor? -preguntó Lynley.
– Para ver cuándo necesitaría vaciarse, obviamente -respondió.
Al parecer, el resto de los cubos de reciclaje se llenaban mucho más rápido que el de Oxfam. Mientras que éstos los vaciaban cada mes, el de Oxfam no.
– No había manera de que ella supiese eso -dijo Bella.
– Queremos registrar ese cubo -dijo Isabelle-. No ha hecho nada con su contenido, ¿no?
No había tirado nada, gracias a Dios. Le dijo a Bella que no debería haber abierto de nuevo el bolso, ni siquiera haberlo tocado.
– Es importante, ¿verdad? -Bella se sintió muy satisfecha consigo misma-. Sabía que era importante, lo sabía.
No había ninguna duda al respecto, aunque Lynley e Isabelle no estaban de acuerdo en cuán importante era la aparición del bolso. Mientras subían en el ascensor, ella le dijo:
– Él tenía que saber dónde vivía ella, Thomas.
– ¿Quién? -preguntó Lynley, y la manera en que lo soltó le hizo adivinar que pensaba de manera completamente opuesta.
– Matsumoto. Hubiera sido muy sencillo para él meter el bolso en ese cubo.
– ¿Y quedarse con el arma del crimen? -preguntó Lynley-. ¿Cómo puede llegar a justificarse algo así?
– Está más loco que una cabra. No piensa. No lo pensó. O si lo hizo, pensó en hacer lo que los ángeles le ordenaban: «Deshazte de esto, guárdalo, corre, escóndete, síguela, lo que sea».
Le miró atentamente. Él estaba con los ojos fijos en el suelo del ascensor, el ceño fruncido y el nudillo de su dedo índice entre los labios, en una postura que decía que estaba considerando sus palabras y todo lo demás.
– ¿Y bien?
– Tenemos a Paolo di Fazio en esa casa. Tenemos a Frazer Chaplin también ahí metido. Y está, asimismo, el asunto de Yolanda.
– No puedes estar sugiriendo que otra mujer mató a Jemima Hastings. ¿Clavándole un punzón en la carótida? Cielos, Thomas, este asesinato tiene de todo menos algo femenino, y me atrevería a decir que lo sabes.
– Estoy de acuerdo en que no lo parece. Pero no quiero pasar por alto el hecho de que Yolanda pueda estar protegiendo a alguien que le trajo la bolsa y le pidió que se deshiciera de ella. Ella quería hablar.
– Oh, por amor de Dios…
Entonces vio su expresión. Sabía por esa cara que él estaba sopesando algo, y también sabía qué era lo que estaba sopesando. Sintió una rabia enorme al darse cuenta de que estaba siendo juzgada, cosa que no sucedería si en vez de ella se tratara de otro hombre.
– Quiero mirar con detenimiento las cosas del bolso antes de que se lo entreguemos a los forenses. Y no me digas que es una irregularidad, Thomas. No hace falta que vayamos hasta la esquina de esos bloques para darnos cuenta de que cada una de las huellas dactilares no sirven. Necesitamos un resultado.
– Estás…
– Nos pondremos guantes, ¿de acuerdo? Y ni tú ni yo perderemos de vista el bolso. ¿Te parece bien o necesitas más garantías?
– Iba a decirte que tú mandas. Tú das las órdenes -contestó-. Estaba a punto de decirte que es tu caso.
Lo dudaba. Era evidente que era frío y tan elegante como el hielo.
– Lo es. Que no se te olvide -contestó mientras salían juntos del ascensor.
El teléfono móvil era lo más importante que habían encontrado. Isabelle se lo entregó a John Stewart y le ordenó que lo estudiara a fondo: tenía que escuchar los mensajes de voz, localizar las llamadas, leer y anotar cada uno de los mensajes de texto y sacar las huellas que estaban en él.
– Tenemos que usar también las torres de telefonía móvil -añadió-. El pinging, o como diablos lo llamen.
Se dedicaron a rebuscar entre el resto de las cosas, muchas de ellas, parecían las típicas: un pequeño mapa de Londres, una novela de bolsillo de misterio, una billetera con treinta y cinco libras y dos tarjetas de crédito, tres bolígrafos, un lápiz roto, un par de gafas de sol en un estuche, un cepillo del pelo, un peine, cuatro barras de labios y un espejo. También había una lista de productos del estanco, junto con un papel que anunciaba: «Queen's Ice and Bowclass="underline" ¡Buena comida! ¡Cumpleaños! ¡Eventos de empresa!», una oferta de inscripción para el gimnasio y spa Putney, tarjetas de visita de Yolanda, la Médium, del Centro de Patinaje de Londres, de Abott Langer (instructor profesional de patinaje), y del centro numismático de Sheldon Pockworth.
Isabelle observó esa última tarjeta y pensó en el significado de numismática. Sellos. Lynley dijo monedas.
Le comentó que fueran a echar un vistazo.
– ¿Además de lo de Yolanda? Porque aún creo… -dijo él.
– Está bien. Además de lo de Yolanda. Pero juro que no tiene nada que ver con esto, Thomas. Este crimen no fue cometido por una mujer.
Lynley encontró sin apenas problemas el negocio de Yolanda, la Médium, en Queensway, pero tuvo que esperar fuera del edificio de falsos establos, donde estaba el local, porque un letrero en la puerta anunciaba En una sesión. No entrar, con lo que imaginó que Yolanda estaba en mitad de aquello que se suponía que hacía un médium: hojas de té, palmas, o cualquier cosa parecida. Se fue a por un café a una cafetería rusa situada en el cruce de dos pasajes interiores del mercado, y volvió a la tienda de la médium con una taza en la mano. Para entonces había quitado el letrero, así que se acabó el café rápidamente y entró.
– ¿Eres tú, querido? -gritó Yolanda desde el cuarto interior, que quedaba escondido de la recepción tras una cortina de cuentas-. Has llegado temprano, ¿no?
– No -respondió Lynley a la primera pregunta-. Agente Lynley, New Scotland Yard.
Yolanda apareció tras la cortina. Se fijó en su estridente cabello pelirrojo y en su traje a medida que reconoció -gracias a su mujer- como un Coco Chanel vintage o inspirado en Coco Chanel. No era como se la había imaginado.
Ella se detuvo en seco al verle.
– Vibra -dijo.
Él parpadeó.
– ¿Perdón?
– Tu aura. Ha sufrido un golpe terrible. Quiere recobrar su fuerza, pero algo se ha interpuesto. -Levantó la mano antes de que él pudiera responderle. Ladeó la cabeza como si estuviera escuchando algo-. Mmmm. Sí -dijo-. No es porque sí. Ella trata de regresar. Mientras tanto, tú te estás preparando. Es un mensaje recíproco.
– ¿Del más allá? -preguntó, tomándoselo a la ligera. Sin embargo, pensó por un momento en Helen, sin importar lo disparatada que sonara la idea de que alguien que se ha ido para siempre regresara.
– Sería más inteligente por tu parte no hacer bromas con estas cosas. Quienes lo han hecho, se suelen arrepentir. Así que, ¿cuál es tu nombre?
– Agente Lynley. ¿Eso fue lo que le sucedió a Jemima Hastings? ¿Se tomó todo esto a broma?