Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– ¿A los de mi clase? ¿Qué clase es ésa?
– No te hagas el tonto conmigo.
– Entonces tenemos un problema -suspiró él.
– ¿Cómo? ¿Por qué? Oh, no intentes pasarte de listo.
– Necesito entrar en la casa -dijo-. No puedo hacerlo si no me permite acercarme y pasar. -Volvió a meterse el pañuelo en el bolsillo. Lo había estado sujetando todo el tiempo (y sabía que lo había querido utilizar para limpiar las huellas dactilares del bolso, porque no era un maldito idiota, y ella tampoco), pero seguramente se había dado cuenta de lo que estaba intentando hacer-. Me he dejado en la habitación un giro postal que querría enviar a Sicilia. Debería ir a buscarlo, señora McHaggis.
– No te creo. Podrías haberlo enviado inmediatamente cuando lo pagaste.
– Sí, podría. Pero también quería escribir una carta. ¿Quiere verla? Señora McHaggis, se está comportando como una tonta.
– No uses esas tretas conmigo, jovencito.
– Por favor piense un poco. Lo que usted ha concluido no tiene sentido. Si el asesino de Jemima vive en esta casa, como usted parece pensar, hay sitios mucho, mucho mejores para dejar el bolso que el jardín delantero. ¿No está de acuerdo?
Bella no dijo nada. Estaba intentando confundirla. Eso era lo que los asesinos siempre hacían cuando estaban entre la espada y la pared.
– Para ser sincero, pensé que Frazer era probablemente el responsable de lo que había pasado, pero este bolso me dice…
– ¡No te atrevas a culpar a Frazer! -Porque eso es lo mismo que él había hecho. Trataban de culparse entre ellos, trataban de dividir las sospechas. Oh, era rematadamente listo, de hecho.
– Tampoco tiene sentido que él sea el culpable. ¿Por qué iba Frazer a matarla, traer aquí el bolso y ponerlo en la basura frente a la casa en la que vive?
– No es basura -dijo de un modo inane-. Es para reciclar. No voy a permitir que lo llames basura. La gente no piensa a priori que sea útil. Y si la gente simplemente empezase a reciclar, podríamos salvar el planeta. ¿No lo entiendes?
Él elevó sus ojos al cielo. A Bella le pareció, por un momento, exactamente como una de esas imágenes de santos martirizados. Tenía la piel oscura por ser italiano, y la mayoría de mártires eran italianos, ¿no? Pero ¿era realmente italiano? Puede que simplemente lo aparentase. Señor, ¿qué le estaba pasando? ¿Era esto lo que un terror abyecto provocaba en la gente? Pero tal vez no estaba tan aterrorizada como lo había estado antes o como se supone que debía estarlo.
– Señora McHaggis -dijo Paolo tranquilamente-, por favor considere que otra persona pudo haber metido el bolso de Jemima en ese cubo.
– Ridículo. ¿Por qué iba otra persona…?
– Y si otra persona puso el bolso ahí, ¿quién puede ser? ¿Hay alguien que quiere que uno de nosotros parezca culpable?
– Sólo una persona parece culpable, muchacho, y esa persona eres tú.
– No. ¿Es que no lo ve? Ese bolso también hace que usted lo parezca, ¿no? Igual que yo, al menos a sus ojos. Igual que Frazer.
– ¡Estás repartiendo las culpas! Te dije que no lo hicieras. Te dije…
De repente se dio cuenta: los vagos murmullos sobre lo oscuro, la noche, el sol y el cieno; las oraciones y el cigarro verde.
– Oh, Dios mío -murmuró Bella.
Se alejó de Paolo y fue a tientas hacia la puerta para entrar en la casa. Sabía que el que él la siguiera o no hasta el interior ya no tenía importancia.
Capítulo 20
– Creo que lo mejor que puedes hacer es conseguir que alguien de Christie's le eche un vistazo -dijo Saint James-. O, si eso falla, alguien del Museo Británico. Puedes sacarlo del Departamento de Pruebas, ¿no?
– No estoy exactamente en posición de tomar esa decisión -repuso Lynley.
– Ah. La nueva superintendente. ¿Cómo va la cosa?
– De manera irregular, me temo. -Lynley miró alrededor.
Él y Saint James estaban hablando por teléfono. Las referencias a Isabelle Ardery tenían que ser prudentes. Además, sufría por la posición de la superintendente. No la envidiaba por tener que enfrentarse a Stephenson Deacon y al Directorio de Asuntos Públicos justo al haber entrado en Yard. Una vez la prensa entraba aullando en una investigación, la presión para conseguir resultados aumentaba. Con alguien en el hospital, Ardery iba a sentir esa presión desde cada rincón.
– Ya veo -dijo Saint James-. Bueno, si no puede ser la piedra, ¿qué hay de la foto que me enseñaste? Es bastante nítida y se puede ver la escala. Puede que sólo se necesite eso.
– Para el Museo Británico, posiblemente. Pero ciertamente no para Christie's.
Saint James se calló por un momento antes de decir:
– Me gustaría ser de más ayuda, Tommy. Pero no quiero mandarte hacia la dirección equivocada.
– No hay nada de lo que disculparse -le contestó-. Puede que, de todos modos, no signifique nada.
– Pero no es lo que piensas.
– No. Por otra parte, puede que me esté agarrando a un clavo ardiendo.
Definitivamente es lo que parecía, pues mirase donde mirase todo era totalmente confuso o inconsecuente. No había término medio entre los extremos.
Las investigaciones sobre el historial sirvieron como prueba de esto: de las personas importantes de Londres involucradas en el caso, tangencialmente o no, todo el mundo acababa mostrando ser exactamente quien parecía ser. Todavía quedaba la cuestión de los supuestos matrimonios de Abbot Langer, y Matt Jones -amante de la hermana de Saint James-. Continuaba siendo un misterio, ya que había más de cuatrocientos Matthew Jones diseminados por el Reino Unido, así que investigar a cada uno de ellos estaba siendo un problema. Además de eso, ninguno tenía ni siquiera una multa de aparcamiento. Todo conducía a pensar que las cosas tenían una pinta horrible para Yukio Matsumoto, a pesar de las protestas de su hermano sobre la naturaleza inofensiva del violinista. Con todo el mundo limpio y nadie en Londres que tuviese un motivo aparente para matar a Jemima Hastings, o el asesinato tenía que haber sido cometido como un acto de locura, que uno podía asociar fácilmente con Yukio Matsumoto y sus ángeles, o tuvo que haber surgido de algo y alguien conectados con Hampshire.
Sobre las personas importantes de Hampshire, había dos cuestiones curiosas que habían estado al descubierto y sólo una de ellas parecía llevar a alguna parte. La primera cuestión era que Gina Dickens había sido imposible de rastrear en Hampshire, aunque se habían utilizado distintas variantes de su nombre: Regina, Jean, Virginia, etcétera. La segunda -y más interesante- cuestión concernía a Robert Hastings, quien, como se había descubierto, había sido entrenado para ser herrero antes de que ocupase el puesto de su padre como granjero. Ese aspecto podría haberse desechado como otro dato inútil si los forenses hubiesen facilitado una evaluación preliminar del arma homicida. De acuerdo con un examen microscópico, el objeto se forjó a mano, y la sangre que tenía era de Jemima Hastings. Cuando esta información fuese añadida al hecho de que Yukio Matsumoto estaba en posesión del clavo, de que testigos oculares informaron de que un hombre oriental iba dando tumbos desde el cementerio de Abney Park, al E-FIT generado por esas informaciones y a lo que parecían restos de sangre en la ropa y los zapatos del violinista, sería difícil estar en desacuerdo con la conclusión de Isabelle Ardery acerca de que ya tenían a quien buscaban.
Sin embargo, a Lynley le gastaba tenerlo todo en cuenta, así que volvió a la piedra que Jemima Hastings llevaba en su bolsillo. No es que considerase que era valiosa y, posiblemente, la razón de su muerte. Es que la piedra era un cabo suelto que quería atar.
Estaba una vez más estudiando la foto de la piedra cuando recibió una llamada telefónica de Barbara Havers. Le habían ordenado que volviera a Londres, pero antes de que lo hiciese quería saber si había oído algo sobre el superintendente jefe Zachary Whiting. O, ya que estaban, algo sobre Ringo Heath, porque podría ser que hubiese una conexión entre esos dos, algo que le gustaría investigar.