Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– ¿Información sobre quién? ¿Sobre qué?
– ¿Quién sabe? No quiso decírmelo. Pero me preguntó el mejor lugar para encontrarse con alguien con quien tenía que hablar de verdades difíciles, verdades que le daba miedo contar.
– ¿Un hombre?
– No quiso decírmelo. Le dije lo más obvio, lo que todo el mundo diría: has de citarte en un espacio público.
– ¿Le aconsejó…?
– No le dije que fuera al cementerio. -Paró de caminar de un lado al otro. Estaba al otro lado de la mesa y le miró desde allí, como si necesitara la seguridad de la distancia-. ¿Por qué iba a recomendarle el cementerio?
– Me hago cargo de que tampoco le recomendó el Starbucks del barrio -apuntó Lynley.
– Le dije que escogiera un lugar donde reinara la paz y pudiera sentirla. No sé por qué escogió el cementerio. No tengo ni siquiera idea de cómo se le ocurrió. -Continuó caminando. Rodeó la mesa una vez, dos veces, antes de decir-: Debería haberle aconsejado otra cosa. Debería haberlo visto. O sentido. Pero no le dije que se mantuviera alejada de ese sitio, porque no vi el peligro. -Dio vueltas alrededor de él-. ¿Entiende qué significa que no viera el peligro, agente Lynley? ¿Entiende en qué situación me deja esto? Nunca he dudado de mi don, hasta ahora. No diferencio entre la verdad y las mentiras. No puedo verlas. Y si no pude protegerla del peligro, no puedo proteger a nadie.
Sonaba tan desdichada que Lynley sintió un atisbo de compasión, pese a que no creyera en ningún momento en la parapsicología. La idea de proteger a alguien, además, le hizo pensar en la piedra que llevaba encima Jemima. ¿Un talismán, un amuleto de buena suerte?
– ¿Trataba usted de protegerla?
– Por supuesto que sí.
– ¿Le dio algo que la fuera a proteger antes de ese encuentro?
Pero no lo había hecho. Había tratado de proteger a Jemima sólo con palabras de consejo. «Vagos murmullos e imaginaciones», se dijo Lynley, y no habían servido para nada.
Por lo menos, ya sabían qué es lo que Jemima había ido a hacer al cementerio de Abney Park. Por otra parte, tenían que fiarse de lo que les había contado Yolanda sobre qué había estado haciendo en Oxford Road aquel día. Le preguntó sobre ello y también acerca de qué había estado haciendo en el momento de la muerte de Jemima. A esto último respondió que estaba donde siempre solía estar: con clientes. Tenía la agenda con las citas para probarlo, y si quería telefonear a los clientes, no tenía ningún problema en darle los números. A la primera pregunta, ella volvió a decirle que intentaba purificar la maldita casa antes de que alguien volviera a morir inesperadamente: McHaggis, Frazer, el italiano.
Lynley le preguntó si los conocía a todos.
De vista, no les habían presentado. Con McHaggis y Frazer sí que había intercambiado algunas palabras. No con el italiano.
¿Y había intentado abrir alguno de los cubos de reciclaje de su jardín?
Le miró como si Lynley estuviera loco. ¿Por qué demonios iba a husmear en la basura? Las basuras no necesitan ser purificadas, la casa sí.
No quiso seguir por esa vía de nuevo. Se dio cuenta de que no podía sonsacarle nada más a Yolanda, la Médium. Por lo menos hasta que el otro mundo le revelara algo más, Yolanda seguiría siendo un libro bien cerrado.
Capítulo 21
Cuando Robbie Hastings llegó a los terrenos de Gordon Jossie, no estaba seguro de cuáles eran sus intenciones. Jossie le había mentido al decirle que quería continuar con Jemima, pero también -tal y como se demostró- sobre cuándo fue la última vez que la vio. La información le había llegado de Meredith Powell. De hecho, fue tras hablar con ella por teléfono cuando decidió ir hasta la casa de Jossie. Ella había acudido a la Policía de Lyndhurst; les había dado las pruebas que demostraban que Gordon había viajado a Londres la mañana de la muerte de Jemima. Pasó incluso aquella noche en un hotel, le explicó a Rob; algo que también le contó a la Policía.
– Pero, Rob, creo que hemos cometido un error -le había dicho. Pudo notar la ansiedad en su voz por teléfono.
– ¿Hemos?
La mitad de ese «hemos» resultó ser Gina Dickens. Junto a ella, Meredith se había presentado al comisario jefe Whiting -«porque quedamos, Rob, que no hablaríamos con nadie que no fuera un alto cargo»- y ahora estaban intentando averiguar el paradero de los dos detectives que habían llegado a New Forest de New Scotland Yard. Tenían algo de vital importancia que entregarles a esos detectives, le contaron, y, claro, él les preguntó de qué se trataba. Cuando lo supo, les preguntó si podía verlo. Cuando lo vio, lo puso en una carpeta de archivo y les preguntó de dónde había salido.
– Gina no quiso decírselo, Rob. Parecía que le tenía miedo. Más tarde me contó que él había estado en la propiedad de Gordon y que cuando se acercó a hablar con Gordon, no tenía ni idea de que era policía. No se lo dijo, tampoco Gordon. Me contó que se quedó helada cuando fue hacia su despacho y le vio, porque creyó que él debía saber quién era desde el principio. Así que ahora está a punto de volverse loca, porque si este tipo aparece por la propiedad y se lleva consigo las pruebas, entonces Gordon sabrá de dónde las ha sacado, porque ¿quién podría habérsela proporcionado sino Gina?
A medida que la información iba amontonándose, Robbie era incapaz de retenerlo todo. Billetes de tren, el recibo de un hotel, todo en manos de Gina Dickens, Gordon Jossie, el comisario jefe Whiting, New Scotland Yard… Y también estaba la no menos importante mentira de Gordon sobre la marcha de Jemima: le había dicho que tenía a otro en Londres o en algún lugar, que él había querido continuar con ella, y que ella le había abandonado, aunque, en realidad, él la había obligado a marcharse.
Meredith continuó explicándole que el comisario jefe Whiting se había quedado los billetes de tren y el recibo del hotel, pero cuando ella y Gina le dejaron, cuando ésta se dio cuenta de la conexión con Gordon Jossie, Meredith supo que él no iba a hablar con New Scotland Yard, pese a que no podía saber por qué.
– Y no sabemos dónde encontrarles -se lamentó Meredith-, a esos detectives, Rob. Ni siquiera he hablado aún con ellos, así que no sé quiénes son, no podría reconocerlos si los viera por la calle. ¿Por qué no han venido a hablar conmigo? Yo era su mejor amiga, su mejor amiga, Rob.
A Rob sólo le importaba un detalle. Y no era que el comisario jefe Whiting tuviera en sus manos posibles pruebas, como tampoco lo era el paradero de los detectives de Scotland Yard o por qué no habían hablado todavía con Meredith Powell. Lo que le importaba era que Gordon Jossie había estado en Londres.
Rob estuvo hablando con Meredith al salir de una reunión con los administradores de New Forest, que había tenido lugar, como siempre, en Queen House. Aunque el lugar no se encontraba muy lejos de la comisaría, donde trabajaba el comisario jefe, a Rob no se le pasó por la cabeza ir a preguntarle qué pensaba hacer con las pruebas que le habían dado Meredith y Gina Dickens. Sólo tenía un destino en mente. Puso en marcha el Land Rover para dirigirse hacia allí, con un chirrido de los neumáticos, y con Frank tambaleándose en el asiento de al lado.
Cuando se percató de que no había nadie en casa de Jossie, pues vio que no había vehículos aparcados en el terreno, Rob husmeó por los alrededores para ver si podía encontrar alguna prueba de su culpabilidad en los setos de flores. Miró a través de las ventanas y trató de abrir la puerta. Que estuviera cerrada en un lugar donde aparentemente nadie cierra las puertas le hizo sospechar lo peor.