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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Un hombre de mediana edad llegó al lugar con una pequeña botella de gaseosa sujeta bajo el brazo.

– Entre, señor Deacon -le dijo Judi.

Era el jefe de prensa, enviado allí por el Directorio de Asuntos Públicos para tomar cartas en el asunto. Extrañamente, Stephen Deacon tenía una barriga como una pelota de fútbol, aunque por lo demás era tan fino como una toalla en un hotel de tercera categoría. Parecía una mujer embarazada ciegamente determinada a vigilar su peso.

Deacon desapareció en el despacho de Hillier. Isabelle esperó durante un agonizante cuarto de hora a ver qué pasaba después. Lo que pasó fue que a Judi Macintosh se le pidió que hiciese entrar a Isabelle, aunque cómo recibió la mujer esa información era un misterio, ya que nada parecía haber interrumpido lo que estaba haciendo -que era pelearse con el teclado del ordenador- cuando la miró y dijo:

– Entre, superintendente Ardery.

Isabelle así lo hizo. Le presentaron a Stephenson Deacon y se le pidió que se uniese a él y a Hillier en la mesa de conferencias que había a un lado del despacho del subinspector. Allí fue sometida a un interrogatorio exhaustivo por ambos hombres acerca de qué había pasado, cuándo, dónde, por qué, quién le hizo qué a quién, qué clase de persecución, cuántos testigos, cuál había sido la alternativa a empezar una persecución, si el sospechoso hablaba inglés, si el policía se identificó, si era alguien de uniforme, etcétera.

Isabelle explicó que el sospechoso en cuestión se había desbocado de improviso. Le estaban vigilando cuando, aparentemente, algo le asustó.

– ¿Alguna idea de qué? -quiso saber Hillier.

¿Alguna idea de cómo? Ninguna en absoluto. Ella había enviado hombres allí con instrucciones estrictas de no acercarse, de no llevar uniforme y de no montar una escena.

– Lo que obviamente sucedió -apuntó Deacon.

De algún modo se asustó. Parecía que hubiese tomado a la Policía por ángeles invasores.

– ¿Ángeles? Pero ¿qué…?

– Es un tipo un poco extraño, señor, según hemos comprobado. Si hubiésemos sabido algo sobre eso, si hubiésemos sabido que iba a malinterpretar cualquier acercamiento, si hubiésemos sabido que de ver a alguien acercándose lo interpretaría como que estaba en peligro…

– ¿Ángeles invasores? ¿Ángeles invasores? ¿Qué coño pintan los ángeles con lo que ha pasado?

Isabelle explicó el estado de Yukio Matsumoto. Describió los dibujos en las paredes. Les explicó la interpretación de Hiro Matsumoto sobre la representación de los ángeles que su hermano había dibujado, y concluyó con la conexión que existía entre el violinista y Jemima Hastings, según lo que habían encontrado en la habitación.

Al final, se hizo el silencio, lo que alegró a Isabelle. Se había sujetado las manos fuertemente en el regazo, pues se había dado cuenta de que habían empezado a temblar. Y aquello no era una buena señal. Era el resultado de no desayunar, decidió, una simple cuestión de falta de azúcar en la sangre.

Finalmente, Stephen Deacon habló. El abogado de Hiro Matsumoto, le dijo mirando lo que parecía ser un mensaje del teléfono, iba a dar una rueda de prensa al cabo de sólo tres horas. El violonchelista estaría allí, pero no hablaría. Zaynab Bourne iba a echar las culpas de lo sucedido en Shaftesbury Avenue directamente a la Met.

Isabelle empezó a hablar, pero Deacon levantó una mano para detenerla.

Ellos mismos se iban a preparar para una contrarrueda de prensa -se refirió a ello como un ataque preventivo-. La iban a dar dentro de, exactamente, diecinueve minutos.

En ese momento, Isabelle sintió una sequedad repentina en su garganta.

– Me imagino que quieren que esté allí.

Deacon negó con la cabeza.

– Ni por asomo.

Él ofrecería la información relevante que acababa de obtener de la superintendente. Si quería algo más de ella, se lo haría saber.

Así la despacharon. Mientras dejaba la habitación vio a los dos hombres inclinarse el uno frente al otro en una especie de corrillo que indicaba que estaban haciendo una suerte de evaluación. Era una señal desconcertante.

* * *

– ¿Qué haces aquí? -inquirió Bella McHaggis.

No le gustaban las sorpresas en general, y ésta en particular la molestó. Se suponía que Paolo di Fazio tenía que estar en el trabajo, no que iba a entrar por la puerta a esa hora del día. La presencia de Paolo en Putney y encontrar el bolso de Jemima le causaron una sensación de alarma que recorrió todo su cuerpo.

Paolo no contestó a su pregunta. Sus ojos estaban fijos -absolutamente paralizados, pensó Bella- en el bolso.

– Es de Jemima -dijo.

– Es interesante que lo sepas -respondió ella-. Yo he tenido que mirar dentro. -Y entonces repitió la pregunta-: ¿Qué estás haciendo aquí?

Su respuesta de «Vivo aquí» no resultó divertida.

– ¿Ha mirado dentro? -preguntó, como si nada.

– Te acabo de decir que he mirado el interior.

– ¿Y?

– ¿Y qué?

– Hay…, ¿había algo?

– ¿Qué clase de pregunta es ésa? -le respondió-. ¿Y por qué no estás en el trabajo, donde se supone que deberías estar?

– ¿Dónde lo encontró? ¿Qué va a hacer con él?

Lo que le faltaba.

– No tengo intención…

– ¿Quién más lo sabe? -la cortó él-. ¿Ha llamado a la Policía? ¿Por qué lo sujeta de ese modo?

– ¿De qué modo? ¿Cómo quieres que lo sujete?

Él rebuscó en su bolsillo y sacó un pañuelo.

– Aquí. Démelo.

Aquello encendió todas las alarmas. De repente, la mente de Bella se llenó de detalles; recordó el test de embarazo, que se mezclaba con otros igualmente peligrosos: todos los compromisos de matrimonio de Paolo di Fazio, la discusión que Bella oyó entre él y Jemima, el hecho de que Paolo fuera el que trajo a Jemima a la casa por primera vez…, y probablemente había más si pudiese aguzar el ingenio, pero no podía permitirse que su rostro reflejase lo que estaba pensando. No había visto nunca a Paolo tan tenso.

– Tú lo pusiste ahí, ¿no? Con todo lo de Oxfam. Te haces el tonto con estas preguntas, pero no me puedes engañar, Paolo.

– ¿Yo? Debe de estar loca. ¿Por qué iba a poner el bolso de Jemima en el cubo de Oxfam?

– Ambos sabemos por qué. Es el sitio perfecto para el bolso. Aquí mismo, en casa.

Podía ver, de hecho, cómo habría funcionado el plan. Nadie buscaría el bolso muy lejos del sitio donde Jemima había muerto, y si alguien lo encontraba por casualidad -como le había pasado a ella-, entonces era fácilmente explicable: la misma Jemima lo había tirado, ¡sin importarle nada que contuviese sus efectos personales! Pero si nadie lo encontraba antes de que fuese enviado a Oxfam, pues mejor. Para cuando se vaciase el cubo habrían pasado meses desde el asesinato. Se habrían llevado el contenido y puede que abriesen el bolso y distribuyesen las cosas por las tiendas. Para entonces nadie sabría de dónde había venido y, quizá, ni siquiera se acordarían de la muerte de Stoke Newington. Nadie pensaría que el bolso tenía algo que ver con un asesinato. Oh, está todo tan bien pensado, ¿no?

– ¿Cree que le hice daño a Jemima? -preguntó Paolo-. ¿Cree que la maté? -Se pasó la mano por la cabeza en un gesto que ella sabía que indicaba agitación-. ¡Pazza donna! ¿Por qué iba a hacerle daño a Jemima?

Ella estrechó los ojos. Sonaba tan convincente… Cómo no iba a ser así, con sus cinco o quince o cincuenta compromisos con mujeres que siempre le dejaban y por qué, por qué, por qué. ¿Qué es lo que pasaba con el señor Di Fazio? ¿Qué les hacía? ¿Qué quería de ellas? O mejor aún, ¿qué es lo que ellas acababan sabiendo de él?

Se acercó un paso a ella.

– Señora McHaggis, por lo menos vamos a…

– ¡No! -retrocedió ella-. ¡Quédate donde estás! No te acerques un centímetro más o gritaré hasta que me estalle la cabeza. Conozco a los de tu clase.

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