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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Fue hacia el garaje y abrió la puerta. Se metió en el coche de su hermana, vio que las llaves estaban puestas, algo que le extrañó, pero la única explicación que se le ocurrió no tenía ningún sentido: que Jemima nunca había ido a Londres, que había sido asesinada y enterrada allí; por supuesto, eso no tenía sentido. Entonces vio que en la anilla de las llaves del coche habían otras. Pensó que debían de ser las de la casa. Robbie las cogió y corrió hacia la puerta principal.

No sabía qué era lo que estaba buscando. Sólo que tenía que hacer algo. Así que abrió los cajones de la cocina. Abrió la nevera. Miró dentro del horno. De allí fue al salón y miró debajo de los cojines y tras las sillas. Al no encontrar ninguna prueba, subió las escaleras. La ropa del armario estaba ordenada. Los bolsillos, vacíos. No había nada debajo de las camas. Las toallas del baño estaban húmedas. Un anillo de suciedad en la taza del retrete indicaba que el baño necesitaba una buena limpieza. Deseó que hubiera algo escondido en la cisterna, pero no encontró nada.

Frank empezó a ladrarle desde fuera. Entonces, otro perro comenzó también a ladrar. Robbie se acercó a una ventana desde donde vio dos cosas simultáneamente. La primera, que Gordon Jossie llegaba a casa junto a su golden retriever. La otra, que los ponis del prado estaban justo ahí: aún en el maldito prado, pese a que Rob hubiera jurado por Dios que su lugar era el bosque. ¿Qué demonios hacían allí todavía?

Los ladridos eran cada vez más frenéticos. Rob bajó las escaleras. Daba igual que hubiera cometido allanamiento. Había ido en busca de respuestas.

Frank ladraba como un loco; también el otro perro. Mientras salía de la casa, vio que, por alguna razón estúpida, Jossie había abierto la puerta del Land Rover, había sacado por la fuerza a Frank y estaba dentro del vehículo buscando algo, como si no supiera perfectamente quién era el maldito dueño.

El weimaraner aullaba. Rob pensó que el animal no aullaba al otro perro, sino a Jossie. Su rabia fue en aumento: si Frank aullaba era porque había sido golpeado, y nadie pegaba a su perro, ni tan siquiera Jossie, cuyas manos se posaban en todas partes y solamente traían la muerte.

El retriever ladraba porque Frank también lo hacía. Dos perros de la propiedad de más allá de la carretera se unieron a los ladridos, y el cacofónico espectáculo movilizó a los ponis campo adentro. Empezaron a trotar de un lado a otro de la cerca, agitando sus cabezas, relinchando.

– ¿Qué coño hacen? -preguntó Robbie.

Jossie salió del Land Rover y preguntó algo parecido a lo de Robbie, sin duda con más razón, al ver la puerta de la casa medio abierta e imaginar claramente lo que Rob había estado haciendo. Rob le ordenó a Frank que se quedara quieto, lo que sólo provocó que el perro se pusiera a ladrar aún más. Mandó al weimaraner entrar en el vehículo, pero en vez de ello, Frank fue hacia Jossie, con la intención de saltarle directamente al cuello.

– Tess, ya está bien -dijo Jossie, y el animal dejó de ladrar.

Rob pensó en el poder y el control de ese hombre, y cómo esa necesidad podía estar en la raíz de lo que le había sucedido a Jemima. Entonces se acordó de los billetes de tren, del recibo del hotel, del viaje a Londres de Jossie y de sus mentiras. Se lanzó encima de él y le empujó hacia uno de los lados del Land Rover.

– Londres, cabronazo -dijo entre dientes.

– ¿Qué demonios…? -chilló Jossie.

– Ella no te dejó porque tuviera a otra persona. Quería casarse contigo, sólo Dios sabe por qué. -Le empujó violentamente contra el coche, con el brazo presionándole la garganta de tal manera que Jossie no podía defenderse. Con la otra mano, tiró al suelo las gafas de sol que llevaba puestas, porque quería de una vez verle los malditos ojos. El sombrero de Jossie también acabó en el suelo, una gorra de béisbol que le dejó una línea en la frente como si fuera la marca de Caín-. Pero tú no querías, ¿verdad? Tú no la querías. Primero la usaste, entonces la dejaste tirada, y después fuiste a por ella.

Jossie se zafó de Rob. Le costaba respirar. A Rob le pareció más fuerte de lo que aparentaba.

– ¿De qué estás hablando? ¿Usarla para qué, por el amor de Dios?

– Me imagino cómo fue todo, bastardo. -Le parecía tan obvio que se preguntaba en qué había estado pensando-. Querías este lugar, estos terrenos, ¿no?, y creíste que podría ayudarte, porque es parte de mi zona. La tierra con derechos comunes es difícil de conseguir. Y que yo ayudaría a Jemima, ¿verdad? Ahora todo encaja.

– Te estás volviendo loco. Lárgate de aquí.

Rob no se movió.

– Si no te vas de una vez de esta propiedad, tendré que… -dijo Jossie.

– ¿Qué? ¿Llamar a la Policía? No creo que lo hagas. Estuviste en Londres, Jossie, y ellos ya lo saben.

Esa frase le dejó helado. Se quedó parado, sin poder moverse. No dijo nada, pero Robbie sabía que su cabeza echaba humo.

Como Rob llevaba ventaja, decidió continuar pinchándole.

– Estabas en Londres el mismo día que ella fue asesinada. Tienen tus billetes de tren. ¿Qué te parece? Tienen el recibo del hotel, y me imagino que tu nombre está allí escrito, en letras grandes, ¿eh? ¿Cuánto crees que tardarán en venir para charlar un rato contigo? ¿Una hora? ¿Más? ¿Una tarde? ¿Un día?

Si Jossie pensó en mentir a estas alturas, su cara le traicionó. También su cuerpo, que flaqueó, sin fuerzas para continuar. Sabía que le tenían. Se agachó, cogió sus gafas de sol, las limpió con la camiseta, que estaba manchada de sudor y grasa del trabajo. Se puso las gafas en la cara, como si intentara esconder esa mirada desconfiada. Sin embargo, ya daba igual, porque Rob había visto en ellos lo que quería ver.

– Sí -dijo Robbie-. Fin del juego, Gordon. Y no pienses que puedes escapar, porque te seguiré hasta el Infierno, y si me veo obligado, te traeré de vuelta.

Jossie fue en busca de su gorra y la golpeó sobre sus vaqueros, pero no se la volvió a poner. Se había quitado la cazadora y la había dejado en un montón en el asiento del Land Rover. La agarró y dijo:

– Muy bien, Rob. -Su voz parecía tranquila, y Rob se fijó en que sus labios se habían puesto morados-. Muy bien -dijo de nuevo.

– ¿Qué quieres decir?

– Ya sabes.

– Estuviste allí.

– Si estuve, cualquier cosa que diga dará igual.

– Has mentido desde el principio sobre Jemima.

– No he…

– Ella no fue a Londres detrás de alguien. Ella no te dejó por eso. No tenía a nadie más, en Londres o donde fuera. Sólo estabas tú, y tú eras a quien quería. Pero tú no la querías: compromiso, matrimonio, esas cosas… Así que la dejaste tirada.

Jossie miró hacia los ponis del prado.

– No fue así.

– ¿Estás negando que estuviste allí, tío? Los polis verán las cámaras de la estación de tren (en Sway en Londres), y ¿no saldrás en las grabaciones el día que ella murió? Llevarán tu foto a ese hotel, ¿crees que nadie recordará que estuviste allí esa noche?

– No tenía ningún motivo para matar a Jemima. -Gordon se humedeció los labios. Miró por encima de su hombro, de nuevo hacia el campo, como si buscara que alguien le salvara de esa confrontación-. ¿Por qué demonios querría que muriera?

– Ella había conocido a alguien cuando fue a Londres. Llegó a decirme eso. Y entonces te sentiste como el perro del hortelano, ¿no? No la querías, pero Dios, nadie iba a tenerla.

– No tenía ni idea de si se veía con otra persona. Y sigo sin tenerla. ¿Cómo podría haberlo sabido?

– Porque la seguías. La encontraste y hablasteis. Ella te lo habría dicho.

– Y si eso fue lo que sucedió, ¿por qué debería importarme? Yo también me estoy viendo con alguien. Tengo a otra persona. No la maté. Lo juro por Dios…

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