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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– No niegas que estuviste allí. En Londres.

– Quería hablar con ella, Rob. Durante meses había tratado de encontrarla. De repente, me llamaron por teléfono… Un tipo había visto las tarjetas que había colgado. Me dejó un mensaje en el que me decía dónde estaba Jemima, dónde trabajaba, en Covent Garden. La llamé (un estanco), pero no quería hablar conmigo. Me llamó varios días después y me dijo que sí, que de acuerdo, que estaba dispuesta a verme. Pero no en su lugar de trabajo, sino en otro sitio.

En el cementerio, pensó Rob. Pero lo que contaba Jossie no tenía sentido. Jemima estaba con otra persona. Jossie estaba con otra persona. ¿De qué iban a hablar entonces?

Rob caminó hacia la cerca, donde los ponis habían regresado para pastar. Se paró en la valla y los miró. Estaban muy bien cuidados, demasiado bien alimentados. Gordon no los ayudaba teniéndolos allí encerrados. Se suponía que debían estar buscando comida todo el año por sí mismos; formaban parte de una manada. Rob abrió la puerta de la valla y entró.

– ¿Qué estás haciendo?

– Mi trabajo. -Tras él, escuchó cómo Jossie le seguía hacia el prado-. ¿Por qué están aquí? -le preguntó-. Se supone que deberían estar en el bosque con el resto.

– Estaban cojos.

Rob se acercó a los ponis. Los tranquilizó suavemente. Detrás de él, Jossie cerró la puerta del cercado. A Rob no le costó ni un minuto ver que los ponis se encontraban bien, y pudo sentir que estaban inquietos, deseosos de estar allá fuera, con el resto de la manada.

– Ya no están cojos. Así que porque no…

Y entonces vio algo más raro, que varios ponis sanos estaban encerrados en una cerca en pleno mes de julio. Vio que sus colas habían sido cortadas. Pese a la longitud de su pelo, los ponis fueron marcados el pasado otoño, la señal en sus colas era reconocible, y lo que decía era que ninguno de esos animales pertenecía a la zona de New Forest. Los ponis estaban marcados, en efecto, y esa marca indicaba que provenían de la parte norte de Perambulation, cerca de Minstead, de unos terrenos al lado de Boldre Gardens.

– Estos ponis no son tuyos -dijo, innecesariamente-. ¿Qué demonios estás tramando?

Jossie no contestó nada.

Robbie esperó. Hubo un momento de impasse. Pensó que cualquier discusión con Jossie no iba a ir a ninguna parte. También pensó que no importaba. La Policía estaba detrás de él.

– Bien, entonces. Lo que tú quieras. Vendré mañana con un trailer para recogerlos. Necesitan regresar a donde pertenecen. Y tú necesitas dejar de echarle mano al ganado de los demás.

* * *

Al principio, Gordon intentó pensar que Robbie Hastings le estaba colando un farol. Si se equivocaba y no era así, sólo podía significar dos cosas. O que había confiado ciegamente en alguien y se había vuelto a equivocar, o que alguien había entrado en casa, había encontrado pruebas, pruebas que jamás hubiera imaginado que pudieran inculparle, y se las había llevado en el momento oportuno para presentárselas a la Policía, para ganar tiempo, justo en el momento en que podría hacerle más daño.

De las dos posibilidades, se quedó con la segunda, porque, aunque le hacía pensar que el final estaba cerca, al menos no significaba que alguien en quien confiaba le había traicionado. Si, por el contrario, había sucedido lo primero, pensó que no podría recuperarse del golpe.

Sabía que era más que probable que hubiera sido Gina la que había encontrado los billetes de tren y el recibo de hotel antes que esa Meredith Powell u otra persona a la que tampoco le caía bien hubiera entrado en casa, rebuscado en la basura y se los hubiera llevado sin que él lo supiera. Así que cuando Gina regresó a casa, él la estaba esperando.

Oyó su coche. Y lo siguiente resultó extraño: Gina paró el motor antes de llegar a la entrada y dejó el coche detrás de su camioneta. Cuando salió, cerró la puerta tan suavemente que apenas pudo oír el golpe. Como tampoco sus pasos en la gravilla o el de la puerta de atrás al abrirse.

No gritó su nombre como normalmente hacía al llegar. En vez de ello, subió las escaleras hacia su habitación y allí se pegó un susto de muerte cuando le vio por la ventana, con el sol detrás de él, apenas una silueta. Se recuperó rápido:

– Estás aquí -dijo, y le sonrió como si no hubiera nada raro.

Le hubiera gustado creer que ella no le había delatado a la Policía.

No dijo nada mientras intentaba ordenar lo que pasaba por su cabeza. Ella se cepilló el pelo, apartándose de la mejilla un mechón rebelde. Le llamó por su nombre. Como no le contestó, se le acercó y le preguntó:

– ¿Algo va mal, Gordon?

Algo. Todo. ¿Alguna vez llegó a pensar que las cosas irían bien? ¿Y por qué pensó eso? La sonrisa de una mujer, quizás, el tacto de su mano, suave y delicado contra su piel, su boca en la dulzura de sus pechos, sus manos en sus amplias nalgas y caderas… ¿Había sido tan idiota que el mero acto de tener una mujer podía de algún modo borrar todo lo que había pasado antes?

Se preguntó qué es lo que Gina sabía a estas alturas. El hecho de que estuviera allí le hizo pensar que no mucho, pero la posibilidad de que ella, probablemente, encontrara los billetes de tren, el recibo del hotel, y los escondiera hasta que pudiera usarlos para hacerle daño… ¿Y por qué no los había tirado en Sway, a su regreso? Esa era la pregunta. Si hubiera reparado en ello entonces, él y esa mujer no estarían de pie en esa habitación, bajo ese insufrible calor estival, mirándose con el peso del pecado de la traición en sus corazones, no sólo en el de ella.

No tiró los billetes en el andén de la estación y no se deshizo del recibo del hotel porque no pensó que le podría pasar algo a Jemima; no pensó que llevar encima esos pedazos de papel le inculparían, que Gina los encontraría y los guardaría, y que no le diría nada acerca de su mentira de que había ido a Holanda, que dejaría que él se fuera hundiendo y que no diría ni una palabra acerca de que sabía dónde había estado realmente, que no era en Holanda, que no había estado en una granja hablando sobre carrizos, que no había estado fuera del país, sino en el centro de un cementerio de Londres, tratando de quitarle a Jemima aquellas cosas que podía usar para destruirle si ella hubiera querido.

– Gordon, ¿por qué no me respondes? ¿Por qué me miras de esta manera?

– ¿De qué manera?

– Como si… -Se cepilló el pelo de nuevo, aunque esta vez no había ningún mechón fuera de lugar. Sus labios se curvaron, pero su sonrisa titubeó-. ¿Por qué no me respondes? ¿Por qué estás ahí parado? ¿Algo va mal?

– Fui a hablar con ella, Gina -dijo-. Es todo lo que hice.

Ella frunció el ceño.

– ¿Con quién?

– Necesitaba hablar con ella. Quedamos en vernos. No te lo dije porque no pensaba que fuera necesario. Todo había terminado entre nosotros, pero ella tenía una cosa que quería que me devolviera.

Gina, como si se estuviera dando cuenta de todo en ese momento, dijo:

– ¿Viste a Jemima? ¿Cuándo?

– No hagas como si no lo hubieras sospechado. Rob Hastings estuvo aquí.

– Gordon, no entiendo cómo… ¿Rob Hastings? -Se rió levemente, pero sin gracia-. ¿Sabes?, me estás asustando. Suenas…, no sé…, ¿violento? ¿Te ha dicho Rob Hastings algo sobre mí? ¿Ha hecho algo? ¿Habéis discutido?

– Me ha contado lo de los billetes de tren y el recibo del hotel.

– ¿Qué billetes de tren? ¿Qué recibo?

– Los que encontraste. Los que le diste.

Ella movió su mano hacia arriba y situó las puntas de sus dedos entre los pechos.

– Gordon, de verdad. Eres… ¿De qué estás hablando? ¿Te ha contado Rob Hastings que le di algo, algo tuyo?

– Los polis -dijo.

– ¿Qué pasa con ellos?

– Les diste los billetes de tren y el recibo del hotel. Si me hubieras preguntado por ello, te hubiera contado la verdad. No lo hice antes porque no quería que te preocuparas. No quería que pensaras que todavía podría haber algo entre nosotros, porque no lo había.

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