Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Lo que había descubierto era poco, le dijo Lynley. Todo el entrenamiento de Whiting como oficial de Policía había seguido un patrón normal y legítimo: había cumplido sus semanas de entrenamiento en Centrex, había hecho una instrucción adicional en varias unidades y había asistido a un admirable número de cursos en Bramshill. Tenía veintitrés años de servicio a sus espaldas, todos ellos en Hampshire. Si estaba envuelto en algo que resultara inconveniente, Lynley no había descubierto qué era. «Puede ser un poco tirano en ocasiones» era el único comentario negativo que había escuchado sobre el tipo, aunque «A veces es demasiado entusiasta con lo que tenga entre manos» podía, y Lynley lo sabía, tener varias interpretaciones.
En cuanto a Ringo Heath, no había nada. En especial no había conexión entre Heath y el jefe superintendente Whiting. Una conexión entre Whiting y Gordon Jossie, fuese la que fuese, tendría que venir por parte del historial de Jossie. No vendría desde Whiting.
– Así que la cosa está jodida, ¿eh? -dijo Havers-. Supongo que la orden de volver a casa tiene sentido.
– Estás de camino, ¿no? -le preguntó Lynley.
– ¿Con Winston al volante? ¿A usted que le parece?
Lo que quería decir que Nkata, que a diferencia de Havers era conocido por tomarse las órdenes en serio, los estaba devolviendo a Londres. De haber decidido ella, habría estado fisgoneando hasta quedarse satisfecha, para poder conocer a cualquiera que en Hampshire estuviese conectado, aunque fuera remotamente, con la muerte de Jemima Hastings.
Concluyó su llamada en cuanto Isabelle Ardery volvió de su reunión con Hillier y Stephenson Deacon. No parecía más molesta que de costumbre, así que dedujo que la reunión había ido mínimamente bien. Entonces John Stewart hizo una llamada desde el SO7 que puso un freno total al caso, al menos en lo que concernía a Ardery. Tenían los análisis de los dos pelos encontrados en el cuerpo de Jemima Hastings.
– Bueno, gracias a Dios -declaró Ardery-. ¿Qué tenemos?
– Oriental -le informó.
– Aleluya.
Habría sido el momento para cerrarlo todo y marcharse, y Lynley pudo ver que Ardery estaba dispuesta a hacerlo. Sin embargo, Dorothea Harriman entró en la habitación en ese mismo momento y, con sus palabras, lo volvió a complicar todo.
Una tal Bella McHaggis estaba abajo en recepción, les contó Harriman, y quería hablar con Barbara Havers.
– Le han dicho que la sargento está en Hampshire, así que ha pedido ver a alguien que esté al cargo del caso -dijo Harriman-. Tiene pruebas, dice, y no está dispuesta a dárselas a cualquiera.
Bella ya no sospechaba de Paolo di Fazio. Eso terminó en el momento en que vio el error en sus cavilaciones. No se arrepentía de haber mandado a los polis tras él, ya que había visto las suficientes series policiales en la tele como para saber que todos han de ser eliminados como sospechosos para encontrar al culpable y, le gustase o no, él era un sospechoso. Y ella también, supuso. De todos modos, consideró que se sobrepondría fuera cual fuese la ofensa que estaría sintiendo por sus sospechas y que si no era así, encontraría otro alojamiento, pero que, en cualquier caso, a ella le daba igual, porque tenía que entregar el bolso de Jemima a los oficiales que investigaban el caso.
Como no tenía intención de esperar en casa a que finalmente asomasen la cabeza, no se molestó ni en llamar por teléfono. En lugar de eso, metió el bolso de Jemima dentro del cesto que utilizaba para hacer la compra y se encaminó a New Scotland Yard, porque de allí era de donde había venido esa sargento Havers.
Cuando se enteró de que no estaba, preguntó por alguien más. El cabecilla, el jefe, el-que-manda, le dijo al policía uniformado de la recepción. Y no se iba a ir hasta que no hablara con esa persona, «en persona». No por teléfono. Se aposentó al lado de la llama eterna situada en la recepción y decidió quedarse allí.
Tuvo que esperar, exactamente, cuarenta y tres minutos a que apareciera finalmente algún responsable. Incluso cuando esto sucedió, no creyó que pareciese el responsable que esperaba. Un hombre alto y guapo se acercó a ella y, cuando le habló desde esa cabeza de un cabello hermosamente rubio, no le recordó a nadie que ella hubiese oído ladrar alguna vez en The Bill. [21] Era el inspector Lynley, le dijo con ese tono pastoso que anunciaba un pasado de escuela privada. ¿Tenía ella algo relacionado con la investigación?
– ¿Está usted al mando? -preguntó.
Cuando él le dijo que no, le contestó que buscase a quien sí lo estuviese. Así, le aseguró, es como iban a ir las cosas. Necesitaba protección policial del asesino de Jemima Hastings, le dijo, y tenía el pálpito de que él no iba a ser capaz de proporcionársela.
– Sé quién lo hizo -le dijo mientras se acercaba el bolso al pecho-, y esto que tengo aquí lo demuestra.
– Ah -respondió él educadamente-. ¿Y qué es lo que tiene ahí?
– No soy una loca -le dijo abruptamente, ya que era capaz de adivinar lo que estaba pensando sobre ella-. Busque a quien tenga que buscar, buen hombre.
Lynley se fue a hacer una llamada telefónica. La miró desde el extremo del vestíbulo mientras hablaba con quienquiera que estuviese al otro lado de la línea.
Lo que fuese que dijera probó dar sus frutos. Al cabo de tres minutos, una mujer salió del ascensor y dejó atrás el torno que separaba a la gente de los misteriosos trabajos de New Scotland Yard. Esta persona se acercó y se les unió. Era, le dijo el inspector Lynley a Bella, la detective superintendente Ardery.
– ¿Y es usted la persona al mando? -preguntó Bella.
– Lo soy -replicó ella. Su expresión facial completó el comentario: y más le vale que esto merezca mi tiempo, señora.
De acuerdo, pensó Bella, lo merecería.
El bolso estaba tan irremediablemente lleno de pruebas que Isabelle quiso estrujar a esa mujer estúpida. No hacerlo hablaba a favor de su autocontrol.
– Es de Jemima -anunció Bella McHaggis con una floritura, con la que añadió sus dactilares, una vez más, al bolso, quizás tapando las del asesino-. Lo encontré con las cosas de Oxfam.
– ¿Es un bolso desechado o es el que llevaba diariamente? -preguntó Lynley.
– Es su bolso de diario. Y no lo tiró, pues tiene todas sus cosas dentro.
– ¿Lo ha registrado? -Isabelle hizo rechinar sus dientes, pues anticipaba la respuesta, que era, naturalmente, que la mujer lo había manoseado todo: más huellas dactilares, más pruebas comprometidas.
– Bueno, por supuesto que lo he registrado -aseveró Bella-. ¿De qué otro modo iba a saber que era de Jemima?
– Claro, ¿de qué otro modo? -corroboró Isabelle.
Bella McHaggis le dirigió una mirada escrutadora. La mujer parecía haber llegado a la conclusión de que no había ofensa en el tono de Isabelle y, antes de que se lo impidieran, abrió el bolso y dijo:
– Mírelo.
Volcó su contenido en el asiento en que había estado esperándoles.
– Por favor no… -soltó Isabelle.
– Todo esto debería ir a… -intentó decir Lynley.
Bella cogió un teléfono móvil y se lo enseñó.
– Es suyo. Y éste es su monedero y su cartera -dijo, y siguió manoseándolo todo.
No había nada más que hacer, excepto agarrarle las manos con la incierta esperanza de que quedase algo que no hubiese tocado.
– Sí, sí, gracias -dijo Isabelle. Inclinó la cabeza hacia Lynley para volver a meter dentro el contenido del bolso y para meter el mismo bolso dentro del cesto.
[21] Serie británica dramática que trata sobre los entresijos y la vida en una comisaría británica. Lleva en antena desde 1984.